jueves, 18 de agosto de 2011

A mis amigos del blog "Mundosilvia"

Así como me complace en lo cotidiano el desafío de escribir, me gratifica profundamente saber que me leen en el inmenso universo de la web. Ellos son de mi país, Argentina, de Estados Unidos, Reino Unido, Singapur, Alemania, España, Colombia, Dinamarca, México, Francia y Perú.
Estoy explorando con la escritura de ficción algunas veces, otras veces algo autoreferencial sobre diferentes temáticas; hago re-escritura tratando de probar estilos diferentes de decir, puntos de vista diversos, sin estereotipos y dando al mensaje tanta importancia como a la forma, sin priorizar uno sobre otro y sin burdas imitaciones. Pero, fundamentalmente, con la intención de perseguir el sentido estético, la poesía y el humor.
Pronto "Mundosilvia" irá terminando, ya que estoy pensando en producir un nuevo blog con otra fisonomía. Por eso, para conocer sus opiniones y sus críticas, para alimentar mi autoestima, para revisar defectos de estilo, para retroalimentarnos, me gustaría que me envíen sus comentarios. No duden en hacerlo, aún si son ásperos y negativos, porque me ayudan a crecer.

Un saludo cybernético.
                                               Lilián

miércoles, 17 de agosto de 2011

Padre (última entrega)

-¿Y qué más?
Pareciera que las imágenes se escapan al infinito, como esas pompas de jabón que al tratar de tomarlas con la mano, se esfuman y sólo queda la ilusión y un poquito de humedad en la palma de la mano.

Un vaso lleno. Un vaso vacío.
Algunas veces, el vaso estaba lleno, como cuando en la Patagonia el viento fresco me pegaba en la cara curtida por el sol, mientras abría caminos y el olor de los matorrales mustios despedía sus últimos aromas al costado de la senda polvorienta.
Otras veces, el vaso quedaba vacío y lo volvia a llenar, mientras en la gamela con los muchachos de la obra, pasábamos las horas entre cartas, apuestas, anécdotas y nostalgias.

Un vaso lleno es dulce
y te da gran alegría.
Un vaso vacío
es triste.
Sólo
hay
que
 llenar
y beberlo
hasta el final.

Llueve. Hay poco trabajo; nos pasamos el día jugando al truco o escribiendo luengas cartas a lejanos amores imposibles; mientras, afuera sopla un gélido viento que se lleva las últimas hojas, algún paraguas y un diario viejo.

Encontré en el baúl de los recuerdos algunas cosas que tu padre escribía cuando se sentía abrumado y sólo el alcohol colmaba los huecos de su soledad.
"... en ese tremendo río, que competía con el Nilo en tamaño y no en hipopótamos, él alguna vez había palpado la blanca arena, los secos excrementos del ganado, el duro pasto azotado por el viento y había sentido en la piel los rayos del sol septentrional, verticales, quemantes.
Ahora ya se había caído el último grano de arena de sus sandalias agujereadas; su piel se blanqueó en los humbredales de las bibliotecas escondidas y sólo perduraba su recuerdo, como un archivo de olvidados y apretados recuerdos.
Fue entonces, cuando sintió el frío de la muerte en su cuarta costilla y se encogió en su esterilla.
A la tarde de ese mismo día, decidió recorrer sus ancestros, preparó su carro de guerra, tomó su alforja y su corto puñal. Llenó la vejiga con bebida para la larga marcha de tres días a través del desierto...
Fue en ese momento que algo extraño le pasó, quedó como suspendido en el tiempo. Saltó a su carro y bajo las nubes, iluminado por un relámpago y acompañado por un trueno, partió".   

-Mamá, pero yo nunca lo vi escribir.
-Acá en el sur dejó de escribir y dejó de pintar. Yo una vez le puse en el plato un ramito de nomeolvides para sustraerlo de los abismos en que caía.
-Como dice la canción flamenca:
"Que cómo quieres 
que amemos,
si no comemos.
Que cómo quieres
que cantemos,
si no amemos".

Un rostro de mujer, enmarcado en una larga cabellera negra. Un solo ojo, como una oscura oquedad. Una boca roja, cerrada e indiferente. Un hombro sensual, marmóreo. Betún sobre cartón rígido en bastidor negro.
El cuadro y su sombrero de fieltro nos recuerdan su presencia. 

martes, 16 de agosto de 2011

Padre (2º parte)

-¿Y, qué más?
Como desenrollando un pergamino gastado y amarillento, cada vez más atrás, se confundn las palabras entre las anédotas contadas y las sensaciones que habían sido guardadas en el archivo más recóndito. Afloran y se develan.
-Era un soñador, y un solitario, como su hermano quince años más grande, navegante que murió solo en las costas de Carmelo.
Lo admiraba, lo imitaba y, a grandes zancadas, intentaba superar etapas. Hacerse hombre, a los ponchazos.
-Nos prestábamos las chicas -su amigo Rodolfo sonríe, mientras recuerda.- Un día nos juramos amistad y prometimos que el que muriera primero le iba a pagar al otro, un peso fuerte argentino -sus ojos celestes, también cansados, saben que el alma de su amigo está volando, quién sabe dónde.
-Su madre, la gringa viuda y vieja, nunca se integró al país. No lo guió, Martín creció a los tumbos. -continúa- Por eso éramos amigos y deambulábamos por los arrabales,de vino y ginebra, a caballo por los descampados, y sufríamos, y soñábamos...

Entonces me presenté. Llevaba en el bolsillo del gabán el aviso clasificado arrancado de un diario leído por ahí y dije que era especializado en el manejo de la retroexcavadora. Me tomaron a prueba, y aprendí con el capataz, en la Panamericana.
Los americanos recorrían la obra por el camino accesorio en sus largos coches, fumando cigarros cubanos y me enseñaron a trabajar en la luz del día y bajo las farolas en la noche. Lleno de tierra, y sin francos, abandoné la escuela nocturna. Con unos mangos en la bolsa marinera me compré un viejo cachivache.
Un embrollo de polleras me hizo juntar valor y los bártulos, y me fui a recorrer las pampas con la cucaracha negra que tuve que reparar, para que no me deje en la orilla de los caminos. Me jugué el resto al azar, que se parece al deseo, pero perdí.
Mandé después mis huesos cansados a una oficina del centro; el judío me tomó, porque después de la prueba, comprobó que tenía pasta para el dibujo técnico. Cuando con la vieja fuimos a Europa, allá con los primos aprendí en una escuela técnica algunas líneas.
"Acuarela mecánica" es el nombre del cuadro. Martín dibujó engranajes, bujes, manivelas, cables, como un futurible que intentara poner en marcha un alma descompaginada, y Cata los pintó con colores intensos.
En la pared del frente, cuelga el cuadro con flores que Magdalena había pintado cuando niña, sobre tela y con bastidor.
Él me contaba que el ruido, los olores de la ciudad, las luces del centro, las chicas de plástico, el escape negro de los colectivos, los rostros anónimos en el gentío, los ebrios y las galerías de arte, lo hastiaron.
Y otra vez, el trabajo rudo y solitario montado en una topadora para abrir caminos y para construir puentes sobre las aguas pedregosas y frías de un río cordillerano.
-Había que entibiar el motor de la máquina para poder ponerla en marcha en las madrugadas; había que prender un fuego con jarilla y ramas secas para derretir el hielo y para calentarse las manos.
-El frío te calaba los huesos y penetraba con alfileres punzantes, hasta el alma.

Y esas lejanías, esas montañas violetas y azules iban tiñéndose de rosa, cuando por el este, el sol iba despuntando.
Pero una madrugada, mientras lidiaba con los fierros, una masa pesada se desprendió sobre la pierna derecha.
Después, cuando lo hallaron aplastado y dolorido, vino el viaje entre ayes y huesos quebrados, y la gangrena que avanzaba y la amenaza de amputar. Y de nuevo, el viaje en tren, y la vieja que ya no estaba en la casa materna, sólo hojas volantes en la entrada, las ventanas trancadas, y las muletas a cuesta, deambulando sin poder reposar los huesos y los músculos cansados. Y el calor de Buenos Aires, y el sudor pegajoso, y la humedad, y...



lunes, 15 de agosto de 2011

Padre (en tres entregas)

-¿Cómo era papá, mamacita? -Cata le preguntó a su madre, años después. Había visto morir esa cáscara seca. Su cuerpo hacía rato había puesto a volar su alma.
Una sucesión de imágenes se agolparon en la mente de Silvia, y porque no había necesidad de levantar las entretelas de la memoria, fue desgranando para su hija los haceres, los sentires, los no haceres y los sentimientos no expresados.
Unas, acuarelas multicolores de alhelíes, violetas y azucenas custodiadas por un zorzal, una gata curiosa y con sigilo y aromas gratos a la memoria. Otras, en sepia, grises, opacas, que como pinchazos, hacían doler los párpados y las sienes.
-Tu padre vivió una vida muy intensa, matizada de penas y reveses -decía, mientras llegaban a la memoria dos hechos trascendentales de su niñez, como él los había narrado.

No sé qué hacía, cómo era antes de que yo nazca. No lo conocí. Lo conocí viejo, nomás, ya enfermo, sin perspectivas, sólo sus nostalgias del pasado. Me contaba, a veces, anécdotas graciosas y plenas de vivencias con mucho humor.
Me acuerdo cuando fuimos juntos a tomar un café, y en el bar, los chicos de la mesa de al lado le dijeron: "Qué linda es su nieta!", y me sentí tan avergonzada...
Yo tenía dieciséis, creo, y papá andaba ya por los sesenta y uno.
Sacaba mentalmente las cuentas y la amplitud entre las edades era una brecha cada vez mayor.
Mis compañeras tenían unos papás atléticos, y sin canas; con el papá de Sabrina íbamos a hacer skí acuático, o recorríamos el cerro con los padres de Maru, o el padre de Gaby nos entretenía en las kermeses escolares.
Igual yo me divertía mucho cuando papá me contaba sus aventuras con su caballo Pitanguá; en el lugar donde hoy hay un gran centro comercial, él andaba recorriendo los bañados de la ribera. Se encendían, en esos momentos, mis deseos de ser una amazona con mi propio caballo.

-Llevame al hipódromo...
-Voy con Elisa a alquilar un caballo.
-¿Me comprás uno, sólo para mí?
-Si tenés un caballo, tendrás que trabajar, y mucho. ¿Estás segura? ¿Lo vas a cuidar? Hay que saber alimentarlo y herrarlo, hay que cepillarlo, hay que tratarlo con firmeza y con cariño, hay que variarlo... -me decía.
Y yo sé que el caballo para mí iba a ser también para él, para hacer revivir sus recuerdos.
Me regaló uno. Le pusimos Capitán. Construyó la caballeriza y me enseñó tantas cosas...   

Como el vaho que se levanta en una mañana de rocío, cuando el sol despunta detrás del cerro, tras la neblina, las imágenes se presentaron.
Un niño en una playa solitaria hace castillos y recolecta caracoles. Después, una cama de yeso, como un sarcófago. Ese niño yació por un año, luego de que sus piernas se doblaron sobre la arena. Y los trapos calientes como fomento estimularon esos miembros tiesos y escépticos y su columna indiferente.
Tiempo después, las ansias de caminar y una voluntad de hierro, tras continuas caídas, hicieron que su cuerpo reaccione y se conmueva. Aunque gibosa, su espalda se irguió y se estimuló sin doblegarse, hasta el final.
-Moriré con las botas puestas -decía.

Como en un cofre en el que se guarda un tesoro, los vericuetos de la memoria, esos eléctricos filamentos -positivo/negativo- conceden la gracia de una revelación.
Un chico de nueve años, se concentra en sus juegos, subido al viejo paraíso y se afirma en unas piernas flacas y arañadas, que se dejan ver por el pantalón cortito y raído...
Una maestra pasa cada día de semana y lo ve haraganeando a la hora de clases.
-¿No vas a la escuela, nene?
-No, aprendo solo en casa. Mi papá murió en un accidente, y mi mamá está muy triste.
-Llamala, por favor. Tenés que ir a la escuela, sin falta.

Los gritos de exaltación tapan el colchón de silencio de la nieve nueva.
Estoy jugando con mi hermana en el trineo que papá había construido a Magdalena cuando era chiquita, con un par de esquíes viejos y un cajoncito. Nos largamos por la pendiente de la calle sin salida.
-Correte, Guido! -y caemos y nos revolcamos y nos reímos.
Magdalena me enseña a sostenerme sobre las tablas, porque ella tiene diez años más que yo. Había aprendido con papá. Él también me enseñó a deslizarme por la nieve plana, y a subir, paso tijera, por la ladera, en el bosque.

Acá, en la Patagonia, los años fueron doblegándolo. Se cansó de tanto trabajar acá y allá y fue perdiendo el humor y con él, la libertad. Su sonrisa detrás de la barba y su mirada atenta, fueron transformándose en una mueca de dolor y en  una turbia y sórdida pequeñez, que ya no deseaba abarcar el ancho horizonte de la llanura.¿Serán las montañas las culpables de ese agobio que no podía ocultarse bajo las arrugas, huellas indelebles, y la barba tordilla?

Aprendí el pelaje de los caballos con una canción que él nos cantaba con la guitarra. Moro, pangaré, ruano, bayo, moteado, alazán, tordillo, picazo, tobiano.
Aprendí cómo acariciar a Capitán, su lomo, su nariz, su quijada y qué hacer cuando el animal se empacaba, cómo conducirlo sin violencia, cómo armar el recado.
-Cuando empieces a encontrar las palabras que te gusta usar, encimera, bajeras, bocado, herradura, te va a encantar! -decía la dedicatoria del libro que María le regaló para su cumpleaños a su media hermana.
Aprendí a conducir a Capitán. Yo notaba que papá me transmitía todo eso, vaya a saber por qué, todo lo que hay que saber para la combinación perfecta entre caballo y jinete. El recordaba, lo sé, cuando a mi edad vagaba por el bajo, en el juncal del río barroso y nostálgico de las mañanas bonaerenses.
Ya me alejé con mi alazán por el bosque de cipreses, por los senderos, crines al viento, de las tardes soleadas y largas del verano.
Nuevamente, la curiosidad, ese bichito inquieto, me atenacea y me lleva otra vez junto a mi mamá.


viernes, 12 de agosto de 2011

La serpiente y las embajadas.

Encanto y hechizo de sikus, charango, un huayno, yaraví de quena, tambor de piel de puma, como una quimera, es fiebre de ensueños, alucinaciones de coca y maraña de las selvas perdidas y secretas.
Iram Birgham, hipnotizador de Melchor Arteaga, por una moneda, por un sol, descubrió desde la ceja de la selva profunda, los vestigios de la ciudad fantasma, testimonios del monumental Inca, majestuosos templos y rocas sagradas.
La neblina va despejándose en Ollantaytambo y el grandioso sol del Perú ilumnina al rumoroso Urubamba, plata torrencial, sueño de orquídias, cedros, romerillos; el amor del hijo del inca por la joven quechua. Quiñuas y laureles idolatran al amor.
Inktipunku místico y ritual se yergue entre la niebla que allá arriba permanece densa y quieta. Se abre la puerta del sol hacia el esplendor de Machu Picchu, la pirámide trunca de la montaña vieja. Los temporales de lluvia y lodo ya han pasado como torrentes y vías de escape. No hay peligro, ni vértigo, ni barro ancestral.
Intihuatana, "donde se amarra el sol", expande toda su energía hacia los cuatro puntos. Norte, sur, este y oeste imperiales. El Templo del Sol es el que indaga a los astros del firmamento; el Templo del Cóndor es una gran masa pétrea de alas majestuosas esculpidas; el Templo de la Pachamama está callado y terco para ofrendar a la tierra; hasta los calabozos y los nichos de encarcelamiento, todo. Todo parece mantener un orden eterno.
Un mítico silencio granítico viene a explicar el magnetismo ritual y místico de las tres ventanas, de las deidades supremas. Tres, número mágico, tres guardianes del mundo de arriba, del presente y del inframundo; protector de la libertad, el cóndor; custodio de la fuerza, el puma; vigía de la inteligencia, la serpiente. Chacana de granito verde de equinoccios y solsticios.
Coherencia de volúmenes, de piedras superpuestas, milimétricas, sin rueda, coordinación de los trabajos, las calzadas, las escalinatas, los sudores, los pórticos, las graderías, los canales y los ductos, las terrazas, las qolqas y los graneros. Andenes, anfiteatros, explanadas, murallas, observatorios, atalayas, labores titánicas, morteros, tinturas y torreones. Todo parece transmitir aquiescencia, un bálsamo que trasunta paz en las aguas claras y mansas que fluyen.
-Inti, Quilla, Chaska, Illaka, te invocamos.
-¡Sáciate, halcón! Sacsayhuaman! -es el grito ritual de las moles mudas que contornean al puma y los murallones erizan su plumaje.
-¡Pásate el cuy! Conejillo de los Andes, quítame los maleficios, la fatiga, el dolor y las penas.
-Apacheta de piedras apiladas, Pikillacta de piedras pequeñas adheridas al barro de los tiempos.
-Chicha, pisco, cerveza y hojas de coca para la Madre Tierra.
-Inti Raymi de Sacsayhuaman, ofrendemos al Padre Inti por la multiplicación del ganado y las buenas cosechas de papa y maíz; Vírgenes del Sol, llamas y pastoras, tejidos del arco iris.

-¿Le interesaría el ascenso al Wayna Picchu?
-No, lo he estado pensando, pero sé que no podría disfrutar ni del paisaje, ni del asombro.- La montaña joven, una pirámide con senderos de caracol en vertiginoso ascenso por la ladera enhiesta; hacia abajo, un abismo inconmensurable de verde profundo y difuso. -No, no sería capaz.
Selva lujuriosa de escalones enmohecidos y naturaleza virgen de flores y pájaros cantores, en el regreso.

-Le dejo la carta -la camarera extiende el listado: locro carretero, pollo al plátano, especialidades culinarias de cuy, rajas de queso de chivo con papas al rescoldo -Le recomiendo cuy asado con batatas.
-No voy a comer cuy; prefiero trucha del Urubamba con humita salada, zumo de limón y de postre, fresas en almíbar de maíz morado.
Concluida la comida, las pozas de aguas termales del manantial son un descanso para el cuerpo exhausto. Aguas tibias, cabeza en reposo, ojos cerrados, aunque por la mente pasan rápidas imágenes. Piedras, cobres, joyas, cerámicas, objetos ceremoniales y huesos de ñustas, las mujeres elegidas para servir a los dioses, y también a los incas.

Hoy esos tesoros están en un museo de Nueva York.
La serpiente de los incas, las supercherías, la diplomacia, los equecos, los talismanes, las embajadas y los fetiches, los harán retornar.

lunes, 8 de agosto de 2011

Ese aire tibio, íntimo, de la esencia femenina. (última parte)

Ahora se sumergen en un silencio placentero y recuerdan.
El, un muchachito inquieto de rulos al sol y de traviesa camiseta transpirada.
-¿Corremos una carrera? -y las bicicletas van a toda máquina por el campo de las margaritas y sus perros lanudos saltan las matas a la hora de la siesta, entre los cerezos de primavera.
-Coloquemos la ventana de la cocina- y él se enoja al recordar que es la segunda ventana que fabrica, porque la primera, que ya estaba lista, la robaron con otros materiales.
Gubia, cincel y serrucho en mano, él solía construir un charango de madera porosa de radal, una pulsera de tronco de retamo, o un anillo de oloroso ciprés, un a alianza de compromiso y va soñando en la familia que está creando.
Ella, una nena imaginativa, ve pasar, como un caleidoscopio, imágenes de su infancia. Con su amiga Ana arman pulseras tricolores con hilos delgados, o collares de caracoles y mostacillas. Acaricia al búho que le regaló el chico de al lado, porque su madre no quiere ese bicho en casa; o lleva bajo el brazo al gato gris y blanco, y lo acaricia con su mano suave.
Todo a su alrededor era dulzura y ausencia de los fantasmas de miedo y de peligro. Su niñez, una bóveda de fantasías, un arcoiris brillante de ensoñaciones y quimeras.
-¿Y si largamos al pato en el lago? Es su lugar, acá está muy triste.
-Se me perdió la tortuga!, ayudame, Miguelina. Vamos a buscarla, pero la amiga ya está deteniendo a los coches para ofrecer sus productos artesanales: colgantes de piedras, soga y maderitas pulidas, que buscaron en la orilla del lago.
Hoy tiene una sensación turgia que la inquieta, son los temores por la vida que se está gestando. Un súbito agotamiento, en el que hay cierta voluptuosidad y bienestar, la van adormeciendo, mientras va pensando nombres para su hijo, enn ese aire tibio, íntimo y brillante, de la esencia femenina. Es curioso, aparecen nombres para niña, nombres de flores. Amancay, Lila, Clara, Mora; se le ocurren nombres de agua, Irupé, Aluminé y va sintiendo una alegría contagiosa. No aparecen nombres de varón, como presagiando, intuyendo que será mujer.
-Soñé con dos varoncitos de cabezas enruladas y reconcentradas, que jugaban con piedras de colores y maderitas -dijo la otra mamá.
-Será nena, entonces, porque los sueños son siempre al revés -por un instante, su rostro reluce en un vago fulgor y en una inefable perplejidad.
Sus pensamientos, como el perfume de una flor, la llevan hacia una tristeza absorta. Fluctúa entre sorpresa y obstinación, y ahí va, entre cristales y caireles, a elaborar una masa dulce de crema y poesía de cerezas. Está hambrienta y devora el arroz con leche y canela en rama. Luego, se arrepiente y comen juntos, algo frugal, mientras imaginan al niño que vendrá.
El desgrana, entonces, unas notas y un rasguido suave, lento y sensual. Un cansancio, un perfume alado, la sumerge en su mansedumbre. Ëxtasis de agotamiento y vuelo. Sueña con orejas de osito, con un babero bordado, con una muñeca de trapo, ojos de botones y poelos de lana, con un bolsillo de apliques en punto cruz.
Apacigua sus sensaciones y queda en calma, como un estanque cubierto de hojas húmedas.

domingo, 7 de agosto de 2011

Ese aire tibio, íntimo, de la esencia femenina. (en dos entregas)

Cava con los dedos y las uñas, la tierra pálida y el limo lavado del río. Mueve los dedos menudos con excitación; como una liturgia mezcla el agua y la arcilla, hasta conseguir la proporción exacta de barro, agua y paja, que es cebada, de tallos huecos. Para hacer adobe es el ideal, porque la argamasa lograda mantendrá el calor o la frescura. Ella quiere modelar el universo, que es su casa, su nido de hornero. Recuerda, al agregar paja mojada, a su caballo, su fiel compañero que la llevaba al galope, pelos al viento, para soñar, para aprender de su nobleza y de los consejos de su padre.
De niña le viene el placer de trabajar con barro; amasando con paciencia, conseguía formas misteriosas, encantados muñecos, flores misteriosas, barcos de pirata, perros mansos, una cacerola para jugar a la mamá, un pino chato y triangular, una medialuna de cuarto creciente, un gato sin bigotes, una cuna con bebé. Luego, los colocaba al sol y se secaban con mansedumbre, en tonos claros, sin quebrarse, sin arrugarse.
-Nunca dejes de galopar, nena! -su madre le decía. Y ella le enseñaba a su Capitán, a pararse en dos patas y a saltar los tocones en el claro del bosque, mientras su perro fiel los acompañaba saltando y ladrando. Después le limpiaba las pezuñas y las herraduras. Aún sueña mientras recuerda, cepillo en mano, el pelaje rojizo que acariciaba. Ella clavó en la cruz del cementerio, junto a la tumba de su padre, una herradura como homenaje.
Prosigue concentrada en una fuerza viva de esperanza; dedos de seda acarician la masa en entrega y le da color al corazón y sonido al cansancio. ¿Qué estará imaginando mientras, con ojos entrecerrados de amor, va dando consistencia hasta lograr una superficie lisa, unida y serena, como la vida que va creciendo?
Le añade a la pared, piedras o vidrio, y como una mantis religiosa está mansa y dulce, como una canción de amor. Levanta ahora la cabeza graciosa desde el suelo trémulo, hacia el cielo de verano, mira, escudriña el azul y percibe desde su centro ¡tantas cosas que antes no veía! y las imagina doradas de luz, como la carita de ese niño que pronto irá a nacer. Una felicidad extraña y nueva.
De pronto, como susurros, escucha la voz de su padre, el capataz de obra. Quién sabe desde qué nube sigue enseñándole y reconviniéndola.
-Agregá más agua a esa pasta -y lo ve señalando con el índice, la batea con el material -para distribuirla más fácilmente.
-Y vos, pibe, tenés que soldar mejor esa estructura. Pensá que la casa deberá ser firme, y ésta es zona sísmica.
-En la obra, es necesario mantener ordenado, guardar las herramientas limpias y retirar la basura para evitar accidentes ... y veo que Uds. no se preocupan por eso, viejo!
Se seca las manos embarradas en el pantalón raído, se saca las botas de goma, se lava y prosigue con otro trabajo. El tejido a dos agujas en nuevas creaciones y fantasías de color.
-Para una bufanda, punto Santa Clara, porque no se enrolla -le decía su mamá -y para la mantita verde, cuatro puntos al derecho, y cuatro, al revés. En cada lazada va imaginando cómo será su hijo. Carita redonda y sonrosada, llena de pecas, las del papá y las de la mamá, ojos verdes o azules, redondos o rasgados y cabello rubio enrulado o lacio y con hoyuelos simpáticos en cada sonrisa.
-Iremos a caminar por la montaña con nuestro hijo -el padre se imagina -y nos quedaremos a dormir en los refugios para ver el amanecer.
-Y patinaremos en la laguna verde helada, allá arriba -sigue tejiendo la mantita verde.
-Le voy a enseñar a montar, y lo llevaré a pasear al trotecito -ahora dibuja mansamente, cuadros al crochet, recordando las instrucciones de la abuela alemana, y en cada cuadro, ve la cubrecama de vivos colores en su cama de niña.
-También haremos castillos de arena en la playa con puente y almenas, para que los decore con caracoles de  nácar.