lunes, 2 de julio de 2018

El clamor seguirá

¿De qué sirven los tibios besos del sol?
Sucia nieve, como una mujerzuela te arrastras en el lodazal.
Ya no eres la prístina muchacha que antes fuiste.
Te han llevado por andurriales y callejones oscuros.
¿Por qué esa cínica sonrisa?
Indigna eres vendiéndote
al primer postor, y lo sabías.
No has podido tapar el sol con el dedo. Y ahora,
por tu culpa aparecen
los charcos sospechosos,
los harapos indecentes,
las barriguitas hinchadas,
los baches indigentes,
los ojos azorados,
el bienestar engañoso,
la olla vacía, el frío cortante.
Y el clamor seguirá.

Al ras

Desperté en medio de un silencio profundo y supe. Ya no se oía el repicar de la lluvia sobre los techos, como anoche.
Desde mi ventana, un resplandor blanco me encandiló. Una admiración nueva, como la sorpresa de la primera vez que vi nevar. Siempre sucede lo mismo. Como el fuego crepitando en la chimenea, subyuga ver caer la nieve pausada, sutil, cubriendo todas las irregularidades, todas las miserias.
Es la hora de escuchar la blanca parsimonia, de palpar la lisura del horizonte gris, de vislumbrar al perro solitario que interrumpe con su negrura y los ladridos, tanta nostalgia. Pronto se oirá la algarabía de los niños jugando con los trineos, culipatinando, sin tiritar, y después...
-¡A casa, niños, que se van a enfermar!
No es el momento ahora de la sola contemplación.
Más tarde sobreviene la tristeza de pensar en tanta familia humilde, viviendo a puro mate cocido recalentado, con pobres techos llenos de goteras, con escasos leños, sin abrigo y con dolor.
A lo lejos, una hacha desolada parte la leña bajo la nieve, para entibiar, apenas, el pobre hogar. El frío da largas cuchilladas y el sol hoy no quiere alumbrar.

El coraje de vivir

Por las rendijas de una casucha ruin penetra el frío de la noche. Han cortado la luz por falta de pago y ya no puede ver la vida que pasa en el monitor.
Por la calle corren el policía y el ladrón. Por la ruta, el ulular de las sirenas aturde. ¿Será un accidente? ¿Una ambulancia? ¿Los bomberos?
Se hace el silencio. En la penumbra se oye el sollozo apagado del niño, al que le chiflan las tripas. Al lado, el jadeo de los amantes.
Se cubre con la cobija corta y tirita.
Ahora, el viento sopla con más intensidad. La luna sigue escondida tras una nube oscura

martes, 26 de junio de 2018

Cavilaciones de invierno

Al calor del hogar, frente a los leños encendidos, fuma, envuelto en un poncho de lana que le cubre la espalda; casi se mete en el hueco de la chimenea. Y bebe su ginebra. En el interior de la cabaña, el frío se hace sentir. En la otra ventana, la blancura gélida ha formado extraños dibujos de hielo, estrellas de escarcha que se fijaron allí, para no dejarlo ver, para exigirle mirar hacia adentro.
Afuera, la nieva acalla los ruidos. Es una nada blanca que no lo perturba, pero siente un vacío emocional, un silencio inconmensurable, un monumental sigilo que por ahora no lo inquieta.

Las dunas eran acariciadas por el viento del sur. Un calor abrasador obligaba a darse un chapuzón en el mar. Era también la ocasión para disfrutar de un amor de verano. Rocki, guitarreadas, fogón en la playa. Arena y besos. Despertar luego en el hueco de la caleta, al alba, cuando el sol comenzaba a calentar.
Ella se fue y unos meses después, la responsabilidad de ser padre a los veinte años.¿Qué habrá sido de ella?
Conoció al chico en su aniversario número veinte. Rasgos suaves, nariz afilada y frente abultada, como su madre, y rizos rubios... ¡Lo dejó ir! Sin palabras, insensible y vacuo.

Abajo, el agua fría y negra; arriba, la luz cálida y amarilla. Quiere subir, coloca ambas piernas en las salientes irregulares de los ladrillos musgosos del aljibe; se sostiene con una mano en el hueco que dejó el bloque ausente, y con la otra, se topa con la lisura resbalosa. Pedruscos sueltos caen al fondo del agua helada.
No puede avanzar. Si mira hacia arriba, la altura lejana lo marea; si mira hacia abajo, un círculo concéntrico quiere tragarlo. Se tensan los músculos hasta la extenuación. Luego, una mano se desprende y lo hace girar hasta golpear la cabeza en la pared circular. Se toca la frente ensangrentada y sudorosa. Arriba, la luz se está tornando opaca. Nuevamente se derrumba  y cae en la profundidad oscura. Quiere descansar... se revuelve sobre la almohada, se agarra a la boca del brocal... ¡Siempre vuelven esas imágenes!.

Se sobresalta. ¿Quién es esa casquivana, esa sombra negra que osa presentarse así, tan de sorpresa? Misteriosamente, otra vez aparece. En esta ocasión, ataviada con una túnica negra, una capellina al tono, y una máscara. De la boca que no puede ver, exhala el humo de un cigarro con olor a incienso.Ella es todos sus sueños. Es un espejismo que quiere borrarle esos días iguales, esas tardes eternas, esas noches tan largas. Ahora, entre las llamas, percibe como un susurro: " Se derrama la espuma de tu memoria, y no habrá mañana".

Los tres chicos vecinos han ido a visitarlo para escuchar sus anécdotas y reírse al calor del fuego, pero el viejo está demasiado borracho para articular palabras, o hilar con coherencia esos lindos giros verbales que solía emplear. 
-Nos vamos, le dicen cuando él ha dejado de mirarlos, porque está comenzando la secuencia de la añoranza y la tristeza, ésas que se materializan en lentas lágrimas, que ruedan por su barba blanca, cuando bebe del gollete del porrón de ginebra. 


LUNFARDEANDO

Chapo la pluma y el pelpa y te escribo un poema lunfa.
Voy a chamuyarte un poco. No soy versero. Tengo un berretín.
Escribo al vesre pa lo chochamu.
Lo gomía no saben niente... pa'enamorar a las pebetas. Escriben paroles cachuzas, y las percantas le dan el raje a escobazos.
Pa' mí esto es un yeite. Me dan unas chirolas, o unos buenos morlacos, que es guita, eh?
Terminé de morfar. Me tiré en la catrera, no pa'apoliyar. Pa' pensar nomá. Y mi jermu, que no está.  Menefrega.
Más tarde prendo un faso, me calzo los lompas rayados, me aliso las crenchas y me voy pa' la yeca o al trocén.
-No seás gilún - me dicen - que la cheno está finiquitando.
Los cafiolos se yevan a las namis por el cayejón y me junan con displicencia.
Me duele el marote y se escucha un tango bien compadrón al salir del cabaré. Me tomo un feca, y ya me voy pa mi bulín.

jueves, 14 de junio de 2018

Naderías que se olvidan

¡Cómo que nada! Nada de nada, dices.
¿Nada te quedó de la infancia? ¿Objetos, juguetes, imágenes?
Prueba como yo. Un restgregar de párpados, y ¡listo!
La muñeca articulada con ganchos en las piernas, en los brazos, en las caderas, ésa que se le había caído el pelo de tanto peinarla... y que mamá después le confeccionó una peluca con los mechones de mi propia cabellera, que quedaron tirados en la peluquería. Ésa de los ojos saltones que se movían de un lado a otro y que después le hice un agujerito en el cráneo para investigar el mecanismo, total la peluca tapaba todo. Ésa que lucía un primoroso vestido blanco confeccionado por mamá, y los calzones grandes para tapar los fierritos...Me llevé la muñeca y la tenía guardada hasta que mis hijas un día la tiraron por fea y anticuada...
Otra friega en los ojos y ahí está el camioncito azul de madera que le habían dado a los empleados del correo para Navidad. Era fabricado por los presos y se los regalaban sin preguntar si era para nena o para varón. Mi papá me lo dio igual. A mí me hubiera gustado una muñeca, pero en fin... lo guardé y después se lo di a mi hermanito que nació unos años después.
La caja de los recuerdos está vacía, pero veo igualmente, el largavistas de plástico rojo que me regaló el padrino. Con él miraba a la distancia y en el horizonte veía paisajes bellísimos, un tren entre las montañas nevadas, un elefante mojando a sus hijitos, un delfín rosada saltanto junto a la barca, una indiecita eligiendo piedrecitas de colores... 
Veo ahora el vestido de danzas suizas con todos los detalles y las castañuelas y los tacones de bailar flamenco... y la bicicleta flamante, sin rueditas... y los duraznos maduros que comía a la hora de la siesta, y el boletín de notas escolares, y la libreta llena de estampillas de la Caja de Ahorro Postal, mi primer cuaderno de clases y el album de figuritas (siempre me faltaba la difícil) y la oveja negra que visitaba todas las mañanas...
Otro pestañeo y alcanzo a divisar el picnic de la primavera y el primer beso. Ahora me toco los labios y todavía lo siento... las revistas Crisis que escondía debajo del colchón en la pensión, y los panfletos, y la servilleta del bar de los estudiantes, que me recuerda mis primeros escarceos amorosos y tantas cosas...
Ahora que puedo buscar tranquila, ahí veo las cartas que me escribía el que fuera después el padre de mis hijas. ¡Ésas sí que perduran! Atadas con una cinta azul. 

Toda la luz

Hubo un tiempo en que él se sumergía en remolinos turbios; se abrazaba las rodillas para darse calor; el frío intenso condenaba hasta los carámbanos.
Ni un torbellino incipiente de turbio polvo pudo cubrir su irreverente desnudez; ni las pesadillas repetidas y monótonas calmaron el temblor y el mido.
La epopeya ensordecedora estaba concluyendo. Un mito indescifrable comenzaba a aliviarlo.
-¡143! Sígame.
El llamado lo sobresaltó, a la vez que interrumpía el silencio musical del aire... el aire ya no estaba contaminado, cuando se limitó a beber la fragancia de todo lo vivo, a tragar bocanadas y expulsarlas laxamente.
Y la luz, de sagrada belleza enmudeció al sol; la iridiscente placidez llegaba hasta herirle las pupilas. Dejaba atrás, al fin, el dolor y el encierro. Hasta el hielo de los barrotes se estaba derritiendo.
Se oían los ladridos de los perros. El crujido de la nieve helada en cada pisada, estaba dando testimonio. No era magia, era una contundente verdad, su libertad.