sábado, 9 de mayo de 2020

Reflexiones de un viejo sabio


Reflexiones de un viejo sabio
Me miro al espejo para no sentirme tan solo. Tengo que cortarme la barba que se puso bastante tordilla y el pelo, cada vez más ralo. Sentado, siento que las rodillas me crujen. La bicicleta está arrumbada hace varios días, así que me ejercito en la silla. Todavía conservo los hombros anchos y altivos. Nada de joroba. ¿Y esa panza fofa? Habrá que hacer abdominales. Debajo de la escalera guardo el monopatín con que solía recorrer la plaza y las calles de mi barrio. Ahora, esto se acabó.
Siento que estoy midiendo mi tiempo con un nuevo calendario, el de la cuarentena. El distanciamiento es una separación brutal, sin límites y sin futuro previsible. El pasado y sus recuerdos tienen sabor a nostalgia.
Solo bajo el sol, vivo al día y es momento de templar el carácter y comprender bien que el tiempo es fuente de alegría. ¡Tanto la necesitamos! Es lenta la espera. Estamos arrojados a un espeso silencio que invita a reflexionar.
Las tinieblas de la epidemia han ido penetrando pausadamente, como una cocción a fuego lento. Miro por la ventana el atardecer casi rojo y el vuelo de las golondrinas. Exiliado en mi propia casa. Un colibrí aletea y sé, me anuncia que mis muertos están bien.
Muchas han sido las acciones emprendidas, aunque lo que es cierto, es que esta pandemia iguala a los funcionarios, porque en materia de peste, todos somos ignorantes. Elocuentes, triviales, nihilistas (“es una gripecita nomás”), metódicos (la salud por sobre la economía (“Lo más urgente es curarlos”) Todos opinan, como si supieran.
Mi compañero de truco me habla por whatsapp. -¿Y si nos escapamos un rato hasta el bar a tomarnos una ginebrita?
De este otro lado, las reacciones son diversas. Los altavoces en la calle añaden confusión y malestar. Antes, todos nos sentíamos con derecho a la libertad. Ningún cesante, todos de vacaciones. –Es una enfermedad de “chetos”, son los que pueden irse de vacaciones afirman por TV, algunos políticos, sindicalistas. ¿Y los jubilados que cobramos el mínimo?
Prohibición de salir. Se pena a los contraventores. Los amigos, los parientes, los vecinos, todos son sospechosos. Cada uno lleva en sí mismo la peste, porque si en un minuto de distracción uno nos respira, nos tose, o estornuda en la cara, nos pega la infección, ¡Y chau!
Comienzan las acciones gubernamentales. Cambian las prioridades para atender a los marginados, al hacinamiento en las cárceles, en los hoteles donde se alojan los casos sospechosos, en los hospitales, en los barrios (En vez de “Quedate en casa”, ahora es “Quedate en tu barrio”.
Los eclesiásticos de cualquier rama empiezan a tocar el tambor del genio de la peste, como pedidos de socorro. “Es el azote de Dios”, dicen. “Los justos no temerán”. Imploran al ángel, a San  Roque, para pedir que nos libre de enfermedades y contagios del cuerpo y del alma. Tocan en sordina los órganos de la catedral, lo puedo oír. Hay plegarias  colectivas. –Yo creía que habíamos pasado la etapa del Teocentrismo!
-“Dios no existiría, porque si existiese no serían necesarios los curas. –asevera Juancito y le sobreviene el malhumor por las frecuentes colectas por diferentes organizaciones para cubrir la ausencia del Estado. Ni héroes ni santos. Y el Papa sigue orando frente a una plaza vacía.
Se acrecienta la solidaridad, sin intervención de la Iglesia. Las profecías y los vaticinios han sustituido a la religión. Hasta los pronósticos del clima dan una cuota de esperanza, o aumentan el miedo. ¿El frío favorece la expansión de la pandemia? No, el calor mata al virus. –otros afirman con absoluta certeza.
Todos valoran, creen, insisten, cuando el abatimiento ya es generalizado. Una hilaridad muda se contrapone con la toma de conciencia. Hay que responder, de alguna manera, al silbido de la plaga que se esparce con el viento (“las gotícolas”). Cuarentenados y cuarentenandos son los olvidados que miramos, errantes, con aires de desconfianza.
Aparecen palabras de aliento y consejos por las redes: consumir cítricos, tomar infusiones con limón, hacerse buches con bicarbonato de sodio. Me acuerdo de las gárgaras con sal que la abuela nos exigía a todos, sin excepción, cuando empezaban los fríos. Consumir frutas y verduras con alto contenido alcalino… ¡tantas recomendaciones! La Farmacopea no se queda quieta y pugna por sacar a la venta diferentes sueros provenientes del microbio, que no es lo mismo que el bacilo. Pero, después están los intereses políticos y económicos y la OMS no lo acepta.
Al amanecer parece que la peste suspende por un momento su esfuerzo para luego tomar aliento. Durante la noche nos preguntamos, en las entretelas del desvelo ¿Creemos conocer todo de la vida? Definitivamente no. Deberemos tener la humildad de asumir la ignorancia y seguir sorprendiéndonos en cada instante. Los moralistas van diciéndonos que nada sirve, sólo ponerse de rodillas.
Mañana tendré que salir embutido en una máscara casera, como la escafandra de un astronauta. Tal vez me encuentre con algún conocido. La larga cola a la madrugada es el retrato vivo de la vejez y de la espera. Cuando se ve la miseria, la separación esencial  y el sufrimiento que acarrea; hay que ser ciego o cobarde para resignarse.
A fuerza de esperar, se acaba por no esperar, llegar a vivir sin futuro. Hay una vieja y tibia esperanza, la que impide abandonarse a la muerte. Es una oda, una obstinación por vivir.
De regreso, al atardecer, tomo el bus que está repleto desde los estribos, hasta los topes. Los ocupantes vuelven la espalda al otro. Hay angustia en los ojos.
Me aprovisiono y pago a precios fabulosos, pero no me privo de un vino caro, que beberé en soledad para espantar al miedo y los fantasmas.
Adormeciéndome echo a patadas borrachas, cada vez más débiles, a la pandemia, para que vaya yéndose por donde vino. Me atormento con el canto lastimero de Feliz Cumpleaños, de mi vecino, solo en el balcón. Ha tendido una mesa primorosa con torta de festejo y ha fabricado cuatro acompañantes con palos de escoba, pelucas rojas y verdes, ataviados con barbijos blancos. Es que la peste está dejando huellas: la esperanza de la liberación definitiva o la resignación. Así es como veo formas distintas de sobrevivir, en medio de la locura.
Un haz de fuerzas se trenzan en lucha. Un incendio se desata en una vivienda pobre, como para hacerse la ilusión de matar al virus. Son los incendiarios inocentes. Un humo negro no anuncia que tenemos nuevo Papa. Los curas hoy dan misas por video conferencias.
Casas abandonadas en pleno toque de queda son saqueadas salvajemente, porque hay intentos de huida para salir de la ciudad. Hay un motín en la Penitenciaría, que no pueden contener.
No es vergonzoso elegir la felicidad. Los amantes separados sufren. Los parientes separados sufren. Los amigos separados sufren. Un mundo sin amor es un amor muerto. Uno se cansa de la prisión y no exige más que el rostro del ser querido y el hechizo de la ternura en el corazón.
¿Es insomnio? ¿Es la duermevela? ¿Es la vigilia de la noche? Una especie de gas venenoso está flotando en el aire, curiosea en los recuerdos más amargos y castiga la memoria de un tiempo feliz. Las palabras enmudecen y viene a perturbar el descanso. Un olor nauseabundo viene con el viento del sur. Son los enterrados en fosas cubiertos con cal y tierra; son camadas en la trinchera. Una gigante lasagna de la muerte.
A lo lejos se oye el tren de medianoche que acarrea los féretros apilados con sus muertos sin mortaja. La sociedad de los vivos va dejando paso a la sociedad de los muertos, los de las cárceles, los fugitivos, los de los hospitales de campaña.
¿Es la guerra biológica? Sigo desvelado. Un monstruo coronado apoya un tentáculo en mi hombro, aunque no tengo fiebre, ni tos. ¡Estoy sano! Ya me despierto y desaparecen esos olores tan ásperos.
¿Llegó el final? Hay rumor de pasos. Voces sordas. Pisadas apresuradas. Gritos de alegría desde las terrazas. Una gozosa agitación, tras la vigilia silenciosa que va a mitad de camino entre la agonía y la felicidad.  ¿O es parte del sueño este júbilo generalizado, esta obsesión ciega por vivir, por recuperar la amistad y las confidencias?
La frente arde y suda, la boca está seca y pide agua. Me restriego los ojos y sigo viendo imágenes, ahora más agradables. Voy hacia la ventana y ¡tan azul está el cielo! Los chimangos compiten con las gaviotas por la comida. Un ciervo juguetea con las olas del mar. Los delfines hacen acrobacia y los cardúmenes avanzan.
Me refresco la cara y sí, es verdad. ¿Habremos ganado la partida? Es imperioso, entonces, guardar en la memoria los sucesos pasados, como un mal recuerdo. Afuera la algarabía se adueña de las calles. Me sumo y me dejo llevar con la tranquilidad de saber que aprendimos con la humildad de quien valora la vida. La multitud me empuja hacia el bar del vecindario, que está abierto. Veo a Juancito que mira azorado cómo la vida renace.
No me dejan detenerme, sólo para dar un abrazo. ¡Cómo nos hacían falta los abrazos! Quien recibe más abrazos es el cura, que avanza a contramano con su sotana habitual, un medallón hippie de paz y amor reemplaza al crucifijo. Al que esquivan, sin duda, es el que anda disfrazado de bacteria que lleva como accesorio, una corona cruel.
Reconozco al sepulturero que lleva de la mano a la pitonisa. Rumbo a la estación de tren se siente, se percibe ¡Qué no daría yo por un beso tuyo! Y los amantes separados, al fin, se encuentran para amarse con fervor.
Suenan las sirenas de los barcos que van arribando. En el campanario de la catedral los médicos aplauden.

Retrato de una guerrera


Retrato de una guerrera
Sí, efectivamente, Olivia escribe poemas. También pinta. “El arte sana” le decía una amiga. Este tiempo de cuarentena es el más propicio para crear. Mientras diseña, los pinceles vuelan en alas de libertad. ¡Tantas veces estuvo haciendo pie para salir del limo de las arenas movedizas!
Desde el fatal accidente que se llevó a la madre, dice que lleva impresas esas ojeras oscuras. Es su seña particular que resalta unos ojos amarronados inquietos, que nunca abandonaron el estupor y la zozobra.
Si antes pintaba aguas turbulentas, donde un barco pirata navegaba con un clan intrépido, si antes fue la capitana de esa armada invencible, hoy pinta aguas claras que están en calma. Es la calma del guerrero que ha concluido mil batallas.
Deja los pinceles y escudriña unas patas de gallo impertinentes y unas canas pertinaces. No importa, se dice, son las marcas de la experiencia. De nariz aguileña, de pómulos desafiantes y mandíbula altiva, su boca se distingue con agresiva provocación.
Ella sabe que en sus luchas ha perdido mucho, pero son muchas más las ganancias en el balance actual. Ve a esa gran familia que constituyó solita, siendo madre y padre a la vez. Ha ganado, sí. “El amor se ha colado hasta mis huesos, sin pedirme permiso”, dice. También ha ganado unos kilos de más, que engrosan su cintura, pero ¡qué importa!, porque sigue cimbreándole a la vida.

Voces desorientadas


Voces desorientadas
Busco la caja de té de la abuela Margarita donde están guardadas las fotos amarillas. Hoy la comunicación virtual compite con los recuerdos. Las voces llegan ralentizadas, aunque las recibimos sin quejas y enviamos mensajes al aire.
-Sonría y afronte con optimismo cada mañana.
-Si te disfrazás de princesa, te podés agarrar el coronavirus, abuela.
-Mirá, hoy preparamos compost para la “uretra”.
-Recién me detuvo la Policía cuando salí un ratito a ventilarme. No me correspondía salir. Soy impar.
-¡Qué elegante era mi mamá! Y yo, tan desarreglada…
-Los kits que enviaron los chinos son fallados en un 99%.
-¿Cómo podré hacerlo, si yo misma me asusto viendo mi semblante?
-Los chinos nos mandaron ese bicho maldito.
-No me disfrazo, me quedo en pijama y pantuflas para andar en mi casa.
-¡Ahora entiendo, quisiste decir “huerta”! y lo escribiste sin h, entonces la máquina lo corrigió.
-Prohibido todo. No hacer caso a las “fakenews”. No es momento de transgredir.
-Supe que ayer murió Graciela…
-Guardo los abrazos en varias perchas, cuando nos veamos.
-Vino un zorzal a mi ventana, dos veces. Imaginé que me daba aliento para seguir.
-¿Qué es el 5 G? ¿Electromagnetismo?
-Me enteré y lloré mucho, porque no pude siquiera despedirla.
-Vi ayer unos lobos marinos asoleándose en las calles del puerto, ¡y ningún pescador!
-Por ahora, guardo en un tarrito todos los besos que no di.
-En esa otra foto, mi hermano juega con el camioncito azul que fabricaron los presos.
-Ahí estoy tocando la guitarra y mi hermano toca el tambor de juguete.
-Están armando cubículos en los restaurantes, como esas esferas que cubren los sándwiches, para que no lleguen las moscas.
-¿Viste a mi gato Zenón?
-Un picaflor revoloteaba en mi balcón. Dicen que si ves uno, tus muertos te anuncian que están bien.
-¿Y cuando vuelva a levantarse el telón?
-No pidas “la sopa de Wuhan”, please!.
-Mi papá estaba haciendo el asado dominguero.
-Dos pavos juegan con las gallinas y los perros. Se dispensan amor. ¿Y nosotros?
-Los culpables de la pandemia: 5G y electromagnetismo.
-Contagian las ganas de vivir. ¡Tenemos tanto que aprender!
-Ahora el gobierno autoriza el sexo virtual, y yo no me bañé todavía!
-Lo vi en el pasillo, frente al 5º D. Está jugando con mi mascota. Se amigaron, parece.
-En esa foto estoy jugando con la muñeca articulada. Se perdió el chupete.

Golpean en la puerta. Es la vecina del E. Escafandra y guantes, casi la desconocí.
-Hola, a cambio de una tacita de yerba, te traje esta porción de budín de naranja- solamente cuando habló la distinguí.
-Claro. No te hago pasar, ya sabes –y le entrega un poco de yerba en una bolsa herméticamente cerrada.

Plan onírico


Plan onírico

Él está sentado sosteniendo su cabeza hueca, en donde bullen imágenes fatídicas.
Sus ojos verdes se disparan como enajenado y no sabe el motivo de su furia. Golpea con frenesí a la mujer que está cursando el cuarto embarazo. Gritos de angustia y dolor, mientras amamanta a la tercera de sus niñas, que se asusta. Los otros chiquitos corren a esconderse debajo de la cama. Un portazo impertinente da por finalizada la escena. El silencio posterior es el protagonista de la obra.

No es capaz de disimular o ignorar a las chicas que le coquetean, porque es un Don Juan. ¡Es tan lindo! Dicen cuando lo ven en la cancha, donde él es el rey; los festejos por la goleada no pueden despreciarse. Baile de seducción y amoríos lujuriosos completan el cuadro.

La adolescente huye de las miradas libidinosas de su padre que le desnuda su pobre almita. La nueva esposa, que está embarazada la cela y grita ¡No la quiero en mi casa! La despiden en la terminal de colectivos para regresar con su mamá.

Tres pesadillas y otra, que es anticipo, como una premonición.
Su primera esposa llega y se instala junto a él, que sigue sosteniendo su cabeza hueca, sin pelos, casi. La mirada extraviada, las cejas blancas, el ceño liso, de los que no se sienten culpables, la boca entreabierta que deja ver unos huecos obscenos y una lengua exhausta. La barba blanca con la desprolijidad de los abandonados. Encorvado, el torso. Raídos los zapatos de tanto caminar sin norte. Ella no ve debajo del pantalón raído, pero imagina el miembro fláccido de la decrepitud.
Radiante y triunfal, en los albores de la edad madura, lo sorprende con un golpe de prosa, que lo aturde. Se tapa los oídos para no escuchar las tempestades de la mente, que ahora sí lo atormentan.

Disyuntivas


Disyuntivas

La paz de los monasterios. El silencio de los cementerios.
Campanas de perdón. Traición de medias mentiras.
Incienso de las ceremonias. Desasosiego de los impíos.
Molde enmantecado y enharinado. Laxa fragilidad del miedo.
Álgebra de símbolos y confusiones. Los algoritmos y las incógnitas.
Certezas de los horóscopos. Incordios de la ignorancia.
Inocencia de los culpables. Indulto de los prisioneros.
Columpios de risas infantiles. Tobogán de gilletes afiladas.
Brújula hacia el ignoto norte. Torcido fiel de la balanza.
Calibres de caramelos. Agrias epopeyas de los mediocres.
Calma chicha de las barcazas. Estampidas de bélicas explosiones.
Arco iris de la intersección. La nada del conjunto vacío.
Cuerno de la abundancia. Espartana bitácora de vidas.
Firme elástico de los acróbatas. Calabrote de jinetear tormentas.
Cóncavo cuenco de ilusiones. Convexa tapa de truenos y fuego.

Hallar el término medio, difícil tarea.
Eufemismos y sesgos.
Líneas rectas infinitas.
Las paralelas no se cruzan.
Conjuntos disyuntivos.

domingo, 26 de abril de 2020

Perfume de labios oxidados


Perfume de labios oxidados
Enfermedad, decrepitud, muerte
Danzan como doncellas inocentes.
Nicanor Parra
Hoy la señora está apesadumbrada. Mira con abulia desde el ventanal, como disimulando esa tristeza abismal. Espera con un sopor grave que algo la sustraiga de esa fría pesadilla.
Quiere gritar y su voz se ahoga hundiéndose en las profundidades del alma. Es como si llevara una bolsa al hombro cargada de soledad. Sé que está a su lado acompañándolo con plegarias, a ese hombre recio y duro que una vez fue. Custodia su espíritu, como si una turmalina con pequeñas porciones de hierro debiera ser retenida, antes de que las esquirlas de cristal trisado la hieran.
Ella está ajada y se queda sola mirando la garúa que no cesa. Prueba, con escafandra y oxígeno, como un buzo entre los corales y los huecos de barracudas y anémonas de mar. Lo persigue. Sabe, sin embargo, que cuando llueve y aún cuando no llueve, siempre debe haber un yo, para que sea, y siempre debe haber un tú, para contárselo. Tantea, con la templanza de un monje, diferentes modos de retenerlo; se muerde la lengua para que no salgan las verdades que hay en su corazón herido. Una máscara de vida fingida ha sido especialmente diseñada para esconder esos secretos, como efluvios del perfume de labios oxidados.
Ensaya, recuerda, prueba, busca en la  dimensión del sueño. Un ruidazal se agiganta; la atormenta; fija imágenes remotas, hasta que en tropel se atropellan en su garganta las palabras, y grita: “De todo, pero no me prives del calor de tu presencia”.
Y lo ve cuando sus ojos se opacan y pierden su esplendor, como si adivinaran la oscuridad que sobrevendrá. Después, el silencio, el inabarcable silencio.
Ella sabe que el hierro se oxida, porque es reactivo a la intemperie y a las tempestades. Un día, el carro de la vida lo llevó sin quererlo. Ahora sabe que él la espera junto al hito que señala el comienzo del cielo.

miércoles, 15 de abril de 2020

Disquisiciones y diatribas de cuarentena.


Disquisiciones y diatribas de cuarentena
Atar cabos. Levar anclas. ¡A estribor! ¡A babor! No. Esto no sirve para esta cuarentena, porque no estamos en el mar, aunque sí , es un mar de incertidumbre, el que nos tiene atados y encerrados.
Por eso, a desplegar las alas, a prendernos al barrilete azul, a abordar el barquito de papel de los sueños. Aunque, no puedo ni lo uno, ni lo otro, porque no soy etérea, ni leve, más bien plúmbea y rellenita. Imposible hacer semejantes cabriolas.
Sin embargo, atando cabos, recordaba el cuento de ciencia-ficción “Cómo se divertían” de Isaac Asimov, publicado en 1951 y ambientado en 2157. Pensaba en la educación a distancia, en las clases sincrónicas que hoy los alumnos se ven obligados a realizar desde sus casa, o al menos, los de clase acomodada. Las escuelas están cerradas por la cuarentena.
Se quedó corto el autor, ya que se cumplió con mucha antelación el tema de la desaparición de las escuelas y de los docentes. ¿Edificios y profesionales obsoletos? Hoy veo a mis nietas cómo estudian con responsabilidad a la hora indicada, y no añoran la escuela, ni a sus profesores. Un poco a sus compañeros. “Cómo se divertían” pensaba la niña del cuento, cuando iban o regresaban juntos de la escuela.
En la historia, el mayor de los chicos había encontrado en el altillo “un libro de verdad” que había pertenecido al tatarabuelo, que hablaba de la escuela, de las clases impartidas por un profesor, en un edificio al que concurrían los niños todos los días.
“Tenían un edificio especial y todos los chicos iban igual” “¡Claro que había un profesor”! Pero no se trataba de un maestro normal. Era un hombre”… “¿Cómo podía ser profesor, un hombre? Ellos nunca podían imaginar la sensación de mirar a los ojos a la maestra, de escuchar su voz cálida, de verla caminar entre los bancos, de percibir el olor a tiza y pizarrón, o bien, sentir la silueta autoritaria del director, que llegaba para recriminarnos… Claro, no podían imaginar…”
Así comenzaban las discusiones sobre la sabiduría o no de un hombre frente a la de una máquina. Del mismo modo, acerca de la función del libro impreso en papel, donde las páginas quedaban fijas y podías volver a leer, si fuera necesario. Y lo más asombroso, no se tiraban al finalizar la lectura. Todo tan diferente a los telelibros  a los que acudían en diferentes horarios, en sus casas y a través de la pantalla. –“Maggie, escuela! (avisaba la madre y ella, aburría, se sentaba frente al monitor.
¿Será la era de la extinción del libro? Una vez leí acerca del destino de los libros que no se venden en las librerías o que están arrumbados en depósitos, húmedos, comidos por los insectos o mojados. Son reciclados.

Así que levé las anclas y me fui navegando en el barquito de papel de los sueños. Escribí.
En la víspera
Dos opciones me dieron como libro que no se vende: guillotina o maple de huevos.
Le habían preguntado a mi progenitor, pero fue tal la desolación que se suicidó en las aguas contaminadas del Riachuelo, donde van a parar las cosas inservibles. Así que tengo la responsabilidad de decidir.
¿Dónde van los pájaros para morir? Los árboles mueren de pie, ¿y los libros? Una vez, viajando por las rutas patagónicas detuve el coche y ¿qué encontré en la doble línea amarilla de la carretera? ¡Un “Martín Fierro! Me tranquilicé. ¿También los clásicos se arrojan sin vergüenza?
Estamos en la era de la “despapelización” como si fuera una Inquisición contemporánea: la destrucción de libros por razones ideológicas o por pérdidas económicas.
En las ferias del libro que anualmente se celebran, sólo se presentan los nuevos títulos. ¿Alguien ha pensado dónde queda el alma del autor cuando dicen como un eufemismo: ”No se destruyen, se reciclan”. ¿Será una situación tan traumática que los autores prefieren suicidarse?
Es la era del “fast food”y el libro, como alimento del alma se destruye por estar deteriorado, roto, con humedad o picado por los insectos, junto a tantos otros, abarrotados en grandes depósitos o contenedores.
 La guillotina de Robespierre o la máquina picapapeles que elimina las evidencias de los delitos son procedimientos muy crueles. Así que, en la víspera, un shock emocional menor sería reciclarme en un maple de huevos, al menos, me ahogaría suavemente en aguas claras y tibias.