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jueves, 10 de octubre de 2013

Eternidad

Piedra burda y torpe que se desbarranca
hasta partirse,
y es geoda brillante de las eras.
Piedra acanalada, 
atada a los tientos de la historia,
que bolea las patas de los caballos cimarrones.
Piedra rústica, canto rodado
que rodó y se redondeó
a lo largo de los siglos.
Bosque petrificado,
estalactitas de las minas,
estalacnitas de los ciclos.
Piedra distraída que una vez,
hizo tropezar al caminante.
Una y otra vez,
cuando sólo miraba el horizonte lejano.
Piedra de los condenados,
que desaparecen en el fondo de las aguas.
Piedra de los senderos
que engalanan los jardines y envilecen
las miguitas que señalan el camino del terruño.
Piedra de las hondas que no perforan ruiseñores,
pero fulminan palomas y gorriones.
Piedra de una cultura, piedra de los incas.
Piedra sobre piedra de la gesta evangelizadora.
Piedra de los incas, abajo.
Piedra de los inca-paces, encima.
Piedra pepita de oro
que cuelan los afiebrados con sombrero y asoleados
en la orilla de los ríos.
Piedra eruptada del cráter,
lava candente que pule los talones y
los juanetes de las señoras.
Piedra pulida ónix, rubí, lapislázuli,
que enjoya las vitrinas de Villa Lajoyosa.
Rodocrosita y esmeralda,
ágata y turmalina
que enciende el cuello de las cortesanas,
con la plata del Perú,
los antebrazos de las presidentas,
con el oro de la ciudad perdida
y el anular de las prometidas.
Piedra souvenir del muro de Berlín.
Piedra musgosa de los castillos y las albercas.
Piedra caliza, polvo, tiza y tiempo.
Piedra lisa y laja de los cementerios.
Piedra de los museos y de los antropólogos,
algas calcificadas.
Piedra del picapedrero
que construye mausoleos y lápidas.
Piedra partida, raspador y punta de flecha
de los picaderos a la vera del río.
Piedra fundamental
de los púlpitos y los proscenios.
Piedra filosofal
que estrella
el pensamiento y las conjeturas.
Hipótesis, tesis y validaciones.
Tiemblan los científicos y los silogismos.
Piedra chiquita que molesta en mis zapatos
y entorpece el caminar.
Piedra de los vándalos sobre el puente,
que triza los parabrisas.
Piquetes de las carreteras y cubiertas humeantes.
Cristales rotos de los comercios y
vitrales de las iglesias.
Piedras minúsculas que de tanto deambular,
abonan las dunas del desierto
que el viento alisa.
Hasta hoy, la eternidad.
Ahora, he logrado quitar
el último grano de arena
de mi sandalia agujereada.


viernes, 12 de agosto de 2011

La serpiente y las embajadas.

Encanto y hechizo de sikus, charango, un huayno, yaraví de quena, tambor de piel de puma, como una quimera, es fiebre de ensueños, alucinaciones de coca y maraña de las selvas perdidas y secretas.
Iram Birgham, hipnotizador de Melchor Arteaga, por una moneda, por un sol, descubrió desde la ceja de la selva profunda, los vestigios de la ciudad fantasma, testimonios del monumental Inca, majestuosos templos y rocas sagradas.
La neblina va despejándose en Ollantaytambo y el grandioso sol del Perú ilumnina al rumoroso Urubamba, plata torrencial, sueño de orquídias, cedros, romerillos; el amor del hijo del inca por la joven quechua. Quiñuas y laureles idolatran al amor.
Inktipunku místico y ritual se yergue entre la niebla que allá arriba permanece densa y quieta. Se abre la puerta del sol hacia el esplendor de Machu Picchu, la pirámide trunca de la montaña vieja. Los temporales de lluvia y lodo ya han pasado como torrentes y vías de escape. No hay peligro, ni vértigo, ni barro ancestral.
Intihuatana, "donde se amarra el sol", expande toda su energía hacia los cuatro puntos. Norte, sur, este y oeste imperiales. El Templo del Sol es el que indaga a los astros del firmamento; el Templo del Cóndor es una gran masa pétrea de alas majestuosas esculpidas; el Templo de la Pachamama está callado y terco para ofrendar a la tierra; hasta los calabozos y los nichos de encarcelamiento, todo. Todo parece mantener un orden eterno.
Un mítico silencio granítico viene a explicar el magnetismo ritual y místico de las tres ventanas, de las deidades supremas. Tres, número mágico, tres guardianes del mundo de arriba, del presente y del inframundo; protector de la libertad, el cóndor; custodio de la fuerza, el puma; vigía de la inteligencia, la serpiente. Chacana de granito verde de equinoccios y solsticios.
Coherencia de volúmenes, de piedras superpuestas, milimétricas, sin rueda, coordinación de los trabajos, las calzadas, las escalinatas, los sudores, los pórticos, las graderías, los canales y los ductos, las terrazas, las qolqas y los graneros. Andenes, anfiteatros, explanadas, murallas, observatorios, atalayas, labores titánicas, morteros, tinturas y torreones. Todo parece transmitir aquiescencia, un bálsamo que trasunta paz en las aguas claras y mansas que fluyen.
-Inti, Quilla, Chaska, Illaka, te invocamos.
-¡Sáciate, halcón! Sacsayhuaman! -es el grito ritual de las moles mudas que contornean al puma y los murallones erizan su plumaje.
-¡Pásate el cuy! Conejillo de los Andes, quítame los maleficios, la fatiga, el dolor y las penas.
-Apacheta de piedras apiladas, Pikillacta de piedras pequeñas adheridas al barro de los tiempos.
-Chicha, pisco, cerveza y hojas de coca para la Madre Tierra.
-Inti Raymi de Sacsayhuaman, ofrendemos al Padre Inti por la multiplicación del ganado y las buenas cosechas de papa y maíz; Vírgenes del Sol, llamas y pastoras, tejidos del arco iris.

-¿Le interesaría el ascenso al Wayna Picchu?
-No, lo he estado pensando, pero sé que no podría disfrutar ni del paisaje, ni del asombro.- La montaña joven, una pirámide con senderos de caracol en vertiginoso ascenso por la ladera enhiesta; hacia abajo, un abismo inconmensurable de verde profundo y difuso. -No, no sería capaz.
Selva lujuriosa de escalones enmohecidos y naturaleza virgen de flores y pájaros cantores, en el regreso.

-Le dejo la carta -la camarera extiende el listado: locro carretero, pollo al plátano, especialidades culinarias de cuy, rajas de queso de chivo con papas al rescoldo -Le recomiendo cuy asado con batatas.
-No voy a comer cuy; prefiero trucha del Urubamba con humita salada, zumo de limón y de postre, fresas en almíbar de maíz morado.
Concluida la comida, las pozas de aguas termales del manantial son un descanso para el cuerpo exhausto. Aguas tibias, cabeza en reposo, ojos cerrados, aunque por la mente pasan rápidas imágenes. Piedras, cobres, joyas, cerámicas, objetos ceremoniales y huesos de ñustas, las mujeres elegidas para servir a los dioses, y también a los incas.

Hoy esos tesoros están en un museo de Nueva York.
La serpiente de los incas, las supercherías, la diplomacia, los equecos, los talismanes, las embajadas y los fetiches, los harán retornar.

miércoles, 27 de julio de 2011

Ayer soñé que soñaba un sueño febril.

Un arco iris vibrante se muestra con todos sus brillos sobre una pizarra de nubes amenazantes hacia el oeste. Me había acostado a todo lo largo del banco, el único desocupado. Ese arco en el cielo me hacía pensar en la bandera del Inca.
-¡Siéntese, señorita! -una mujer policía me obligó a interrumpir mis cavilaciones - En el Cuzco hay que estar sentados.
Me acordé, entonces, cuando una joven residente iba corriendo a su trabajo y la detuvieron por la calle Chiwanpata -Aquí está prohibido correr -le dijeron.
Vi también en la Iglesia de Chincheros el lienzo de la última cena. Ttito Quispe, creo, en la mesa de los apóstoles. El plato principal era un cuy, y me estremecí. Había visto ese conejito de los Andes en su jaula y tan tímido, se escurrió atrás, a una cueva junto al restaurant de comidas típicas. Ese día no comí conejo. Todavía sentía el regusto del té de coca. Soroche, le dicen al mal de las alturas. 3.600 m. Me sentí como un astronauta flotando en el espacio de rocas y cráteres,  y quería correr tras el guía que explicaba, pero no podía.  Saqsayhuaman, "halcón jaspeado". No caminen tan rápido, les decía y alcancé a oir algo sobre Francisco Pizarro. Ahora lo veo ahí, adusto, de sombrero emplumado y peto protector que mira hacia abajo, la celebración del Inti Rayni, que está empezando. Por la calle Juan de Dios vienen colores, danzas, cantos, banderas del Cuzco milenario Tawantinsuyo, que se mueven, pesados, lentos, acompasados. Las momias y las vírgenes del Sol, chirimías, chirimoyos y algodones de azúcar rosado. Es el solsticio de invierno y de la ladera de los cerros, Mama Killa, la luna, y los chiquillos con sus llamas.
-Una foto por un sol -implora una niña sonrisa de labios finos, carita redonda de cachetes colorados y ojos mansos achinados, sombrerito de ala corta y trenza de pelos renegridos, falda bordada con dibujos multicolores.
-Un recuerdo para Ud.- me extiende un jovencito sus dibujos -Esto lo aprendí en la escuela -Es el padre Inti que sostiene un sol desde uno de sus rayos; el otro, es Mama Ocllo, que mantiene en alto a la luna.
Manos gastadas y hábiles de mujeres andinas hilan, tejen y entrelazan los colores de su raza.
Me acuerdo que ayer nomás había visto a los acampados en la Plaza de Armas, alrededor de la fuente de la Catedral y las pancartas de los empleados de la salud. "Peligro, fiebre porcina". "Atrás, atrás, ministra incapaz" -gritan los manifestantes. A mi lado se sienta una anciana curtida por los años y los fríos de la montaña. Expone los productos de la sierra, sus papas, sus ajíes, sus tejidos, sus cebollas.
-Allá traen al Cristo de los Temblores -me dice la viejecita -Está estaquiado en su cruz. Es negro. ¿Por qué? Por el humo de las velas, que lo oscurece cada vez más, y yo no me lo creo. ¿Por qué se llama así? Fue capaz de detener la tormenta y los sismos, y al mar embravecido cuando lo traían desde España.
-¡Ministra Qurichón!, bajate el calzón! -pasa la manifestación y un borracho que ya no puede sostenerse, empina su botella con jugo de chicha morada, balbucea y babea. Las chicharronerías despiden sus olores. Un vaho de fritangas cruza la plaza y los guías de turismo entonan.
-¡Ministra, cuidado, calabaza, calabaza, vete a tu casa!
-... que los políticos no se lleven más dinero a sus bolsillos. Derramaremos sangre, si es preciso, para que al Perú no lo transformen en inculto -el altoparlante atrona. El Inca Tupac Amarú los aplaude encaramado en la cornisa del convento de Santa Catalina. Una ancestral épica de la sublevación que no cesa. Se alejan las guardias femeninas, pero desde la otra esquina aparecen unos hombres de negro y no los echan. Se incorporan a la celebración y a los ritmos, cabezas de cóndor-papel maché y alas de craquelé.
-Me robaron sesenta soles -es la letanía junto a las casas de cambio. La Mancomunidad de Wilcomayo, de las cuatro regiones, desde Calca a Urubamba vienen desde la plaza del Regocijo y se acoplan a la procesión. Bajan también los zombies de la calle de los Procuradores. "Aeropuerto" le dicen, porque los transeúntes vuelan y carretean por esa zona liberada de alcohol, sobornos y drogas.
-Come on, baby- un inglés mareado y confuso tira estocadas vanas hacia la cintura de una joven.
-No, no!. Son cincuenta soles, paga primero -le contesta una morenita de falda corta, piernas bien torneadas y hombros al descubierto.
-Mira, los echan hacia la cuesta de San Blas! Y allá van. "Vamos, guía, que el guía no se rinde". Los guías y los estudiantes de turismo se reúnen frente a la piedra de los doce ángulos y dicen:
-Estos son los trabajos de los incas, y aquellos, los trabajos de los inca-paces-señalando un monasterio cristiano implantado sobre las construcciones incas.
-Damas gratis. Clases de bossa-nova y salsa -dice el volante que promociona un pub, al lado de la Iglesia de la Compañía de Jesús.
La tarde se ha puesto de oropel, cuando un sopor va adormeciéndome. Un coche veloz que baja por el empedrado, por no atropellar a un paseante, derriba una mesa que expone en la acera, toda clase de muñecas de fieltro, símbolos de todas las comunidades. Un danzarín del Inti Rayni, sin proponérselo, le hace caer la máscara a una niña típica, llamativamente alta, de falda multicolor, que no es tal. Es Hiram Bingham travestido, que no lleva su sombrero de explorador, ni su chaleco, ni sus botas acordeonadas.Lleva en su morral un maíz amarillo, una vasija ceremonial de asas rotas, una pieza de oro y una cebolla roja; de un bolsillo asoma su cabeza una serpiente del inframundo, del silencio de los drenajes y de los acueductos. En tanto, Tadeo Escalante, el pintor, me invoca desde sus telas; el cóndor custodia el mundo de arriba; desde el altar de la Catedral, de finísimo oro repujado y plata, junto a un órgano imponente, un cura me convoca, mientras un puma feroz salta al púlpito. Han quedado las marcas de sus garras en la madera de cedro tallada. No se ha sabido qué fue del cura, sólo se halló su sotana. Un angelito rozagante sobrevuela por la calle Ataúd, entre nubes bajas, regordetas y blancas.
-Señorita, amiga!, despierte que es hora de partir. Y porque me agradó conversar con Ud, tome este presente. -y me da una miniatura de cerámica que intenta parecerse al cóndor de los Andes, pero con las alas bajas.
Ahora llueve una lluvia fina sobre el cementerio, pero yo sé que el mundo de arriba, el mundo de la tierra y el inframundo me protegen, como el sol y la luna, un cóndor, un puma y una serpiente, desde la vasija sola, abandonada sobre la manta a rayas, en la plaza. Desde el balcón de enfrente, en el pub, se escucha una canción en francés: "La mala reputación", y yo aprieto fuerte en mi mano la chacana de piedra verde, como un amuleto.



sábado, 23 de julio de 2011

Texturas, olores y sonidos de Lima (última parte)

Puentecito escondido suspira, y suspiro...
A la noche había llovido; la tierra y las flores despedían un agradable olor a humedad y las plantas lucían un verde brillante, intenso.
-¡Qué paz! ¿Será el descanso o es la tranquilidad de este barrio? -ella casi corre por un sendero tortuoso del parque y la falda marrón de amplio faralá se pega a sus piernas, contra el viento frío del mar; hiende su frente y alborota los bucles que asoman de la boina de terciopelo, algo requintado hacia un lado.
Detrás van otras dos mujeres; una, de coqueto conjunto deportivo; la otra, de larga toga hindú con muchos colgantes de bisutería barata y aros brillantes. Se detienen en una baranda del parque y están tomando una panorámica de la Costa Verde. La arena del malecón aún está mojada y los pajarracos picotean en voraz atolondramiento.
Es tan temprano que el sol comienza a aparecer a mi espalda; aún se oye el croar de los sapos entre la vegetación de los prolijos canteros. Sin que ellas lo adviertan, voy a sacarles una instantánea, allá en la escalinata, desde una pérgola de rosas.
Una anciana de negro, mantilla y bastón con empuñadura de oropel, arroja maíz a las palomas.
-¡Chicas, miren!, por allá viene Noelia -la de boina marrón señala hacia la galería, donde se exponen tejidos de alpaca, cerámicas y joyería.
Un chulo adolescente y distraído la mira con desinterés. Las pocas señoritas miraflorinas tampoco admiran a Noelia, de vestido azul sencillo, ajustado a un cuerpo todavía joven y un sombrerito al tono, con una azucena perfumada. Su aspecto es de romántico anacronismo que despierta un toque de ternura.
-Acá dice que éste es el parque Domodossola.
-En mi casa había hortensias blancas y azules, como éstas.
-¡Ah!, por eso nunca te casaste!. Dicen que en las casas donde hay hortensias, las hijas nunca se casan...
-A mí no me preocupa la soltería. Me debo a mi profesión.
-Y yo, ya tuve bastante con mi matrimonio anterior. Paso.
Ellas comentan todo eso, muy cerca de mí, como para que pueda escucharlas.
-Por favor, ¿nos sacaría una foto? -la más atrevida se me acerca y me extiende el aparato. Saco una foto muy poco original, donde las protagonistas posan con sonrisa fingida y complacencia forzada, junto a la fuente.
Me presento: Soy Andrés, fotógrafo aficionado del barrio de Miraflores. Colecciono imágenes y retratos de la ciudad. Ellas son Norma, Laura e Inés, turistas argentinas, de paso por Lima. En ese momento, mientras entablamos una ocasional conversación, llega Noelia, a quien me presentan.
-Soy limeña y anfitriona -me dice una mujer madura de cara lavada que, aunque trigueña de ojos rasgados y negros, ha empalidecido un poco cuando le extiendo mi mano, como si un íntimo temblor la hubiese conmovido.
Las acompaño y vamos en grupo a observar la playa. El mar se está retirando y los primeros bañistas comienzan a extenderse sobre la arena húmeda aún, y los surfistas se aventuran hacia las olas. Les sugiero algunos paseos por la zona, que no deben pasar por alto. "Para conocer la esencia de la ciudad, nuestra idiosincrasia y las tradiciones peruanas" -les digo.
-Quiero ver el Museo del Oro, el oro del Perú.
-Y yo, el museo arqueológico con todas las cerámicas.
-A mí me gustaría visitar el museo de sitio y los objetos pertenecientes al imperio del inca.
- Si de historia se trata, la Huaca Pucllana es un templo que expone todo lo referente a la cultura pre-incaica y objetos ceremoniales encontrados en sepulturas indígenas -les digo.
-Veo que están bien encaminadas. Yo prefiero quedarme aquí, en contacto con esta belleza natural -nos dice Noelia, señalando el paisaje. Sale de su ensoñación, mientrs su mirada profunda y discreta se posa en mí. Adivino un corazón vibrante y enamoradizo.
-A su regreso me encontrarán aquí - Una brisa tibia no alcanza a agitar los algarrobos del parque.
-Me quedo con Noelia, entonces -les digo. La brisa sí le agita el pelo y Noelia suspira -¿Aceptarías caminar por el barrio de Barranco? Quiero buscar algunas imágenes poéticas y contemplar todo desde el Puente de los Suspiros.
Su pecho se estremece y sus ojos me dicen que sí.

sábado, 28 de mayo de 2011

Un coprolito de dinosaurio (última parte)

Recostado bajo la sombra del alero, en su rancho, el abuelo Demetrio, el chascón sin chascas y protegida su cabeza con una boina gris de años y de vivencias, está sobando un cuero de guanaco y con el raspador, va dejando lisita y tersa la pieza. De vez en cuando cabecea, antes de dormirse y recupera la conciencia, cuando escucha a los perros que chumban el trote de un jinete, allá por el camino. En el aire queda flotando el polvo que se aleja más y más. Muchas veces ha deseado que su hijo esté entrando por el sendero, de regreso. Pero eso no sucede.
Sus manos marchitas van aflojando, de a poco, el cuero hasta que cae a sus pies, con el raspador. Ahora sus manos fuertes se aferran a la ventana oscura de vidrios rotos. Es el galpón de Parques Nacionales, donde trabajaba como sereno. Las puntas se le clavan en la espalda y desgarran el chaleco de lana cruda, pero con maña y tosudez, logra finalmente su cometido.
Una parvada de tordos negros picotea con avidez las semillas debajo del maitén. Antes, cuando todavía vivía la Casiana llegaban hasta el patio a comer y a arrasar con todo lo que encontraran.
Elisa, por su lado, y con mucha maña también, logra engañar a los guardias del complejo, que a esa hora ya no reciben a los turistas. Como un tesoro de oro viejo, algo brilla al pie de la cueva. El viento ha descubierto, en sus remolinos, una preciosa punta de flecha, chiquita, blanca, de bordes facetados a la perfección. Y también son perfectas las dos puntas inferiores, por donde se sujetaría firme con tientos, a un palo o una caña, para una promisoria cacería de chulengos, de choiques, o de liebres. 
Eso piensa ella cuando observa con atención su hallazgo, un premio a la desobediencia y a la aventura triunfante.
-Miren lo que encontré -le dijo a su mamá y a Efraín, extendiendo la flecha para que la aprecien. -Quiero regalársela al abuelo.
-Sí, hija. Mañana, que ustedes no tienen clases, iremos los tres con la yegua tobiana. ¡Quién sabe cómo andará el viejo!.
El cielo a esa hora era ya una fogata de estrellas.
-Cuando sea grande quiero investigar y dibujar fósiles y helechos y bichos petrificados -le pidió a una estrella fugaz que caía en el inmenso cielo.


viernes, 27 de mayo de 2011

Un coprolito de dinosaurio (1º parte)

Menudita, aunque vigorosa, Elisa entierra sus alpargatas bigotudas en el arenal. Está ofuscada y no puede pensar en otra cosa. Mejor sería sentarse al lado del arroyito, escuchar el murmullo entre las piedras, juntar berro para llevar a la casa y ver pasar el tren de las cuatro para responder al saludo de los pasajeros.
Hoy no fue a la escuela; salió de su casa como siempre y escondió la mochila con sus cosas detrás de la piedra grande. Arriba, planean varios aguiluchos en la tarde plácida.
-Unos señores del gobierno van a hacernos algunas preguntas y nos van a dar una beca, o algo así- le había contado a su mamá.
-M'hija, entonces nos van a dar plata, y la necesitamos tanto...!
-Los chicos ayer estaban todos alborotados -pensaba -y decían que les iban a contar dónde viven sus abuelos y sus tíos, por qué están allá en el campo, cerca de los mallines, pero no les van a decir que ellos y sus primos, hablan otro idioma.
-La maestra nos dijo que ellos quieren investigar sobre nuestros orígenes y quieren ayudarnos, pero yo creo que a ellos qué les importa, si el tata tiene que buscar los palos que deja el río en el recodo, y picar leña para calentarse y para que la abuela frite las tortas en la cocina a leña ... y no tienen televisión. ¿Qué les importa?
Camina con furia, sin tropezarse en las rocas, pero el canto rodado la hace deslizarse unos metros más abajo. A pocos pasos, un carancho desplumado se hunde en la carroña. Ella había aprendido a transitar la meseta lisa y recta, en compañía de su abuelo, cuando el cielo parecía hervir sin una nube, arriba. Y abajo, el río transparente y murmurante entre las rocas y la orilla verde y musgosa.
Don Demetrio, por aquellos tiempos gustaba de recorrer los pedreros y buscar esquirlas de piedras trabajadas. En aquella época le decían "el Chascón", no sólo por los pelos duros y rebeldes, sino por su torpeza habitual.
Algunas veces encontraba un raspador abandonado, porque en una esquina se había quebrado; otras veces, una bola de basalto partida, y él le contaba a Elisa que eran las bolas fijadas con tiento y que sus parientes mayores boleaban para enredar en las patas de los "ñandús", o para defenderse de los ataques. Muy a menudo tenían que echar a los soldados a toscazos, de sus tierras, porque querían apropiarse de su lugar, sus majadas y la caballada.
En una de esas andadas, Elisa había encontrado un botón de chapa con dos agujeros, allá, donde el viento del oeste había volado la arena, en la cima del Cerro Pelado.
-¿Qué es esto?
-Un botón de las pilchas que usaban los soldados que querían conquistar el desierto.
Otras veces, con el abuelo desenterraban fragmentos de alguna vasija de barro y arcilla, un asa rota...
-¡Ah!, y otra vuelta encontramos una cabeza chiquita de una víbora o de alguna clase de ratón. No supimos bien de qué se trataba. -Recuerda en voz alta y el viento que empieza a soplar, se lleva los sonidos al fondo del valle.
Ya pasó el tren de las cuatro, algunos paisanos se sacaron el sombrero para saludarla. Un ventarrón arrecia, entrecierra los ojos y con obstinación, sigue caminando. La arena vuela y le picotea las mejillas curtidas. Todo eso va recordando mientras trepa, como las cabras, hacia la boca de la cueva del Cerro Leones.
La Ceci, ayer durante el recreo le dijo que se papá le había contado...
-Si te metés en ese hueco, tenés que arrastrarte como diez metros panza abajo y con las rocas pinchudas lastimándote la espalda, hasta ver una inmensa abertura que no está oscura, porque del otro lado hay otra salida. Él había visto las cagadas blancas de las águilas que tienen ahí sus nidos, ¿o eran pinturas rupestres?. Para encontrar la salida hay que sumergirse en la laguna quieta y oscura, y salir mojados, al otro lado. Afuera, el viento obcecado quiere arremolinar el agua estancada y enceguecer a los valientes que cumplieron la travesía y la hazaña. -Imaginaba Elisa, cuando escuchaba el relato de la aventura.
-Antes había acceso libre, pero ahora te cobran la entrada -piensa mientras asciende - Así que tendré que escabullirme para que no me vean -y recordaba la charla con su hermano menor.
-Hoy toqué un coprolito de dinosaurio -había comentado en la casa, luego de la visita al museo con los chicos de su grado y la maestra.
-¿Y eso?
-Es una bosta de dinosaurio -Ella había aprendido una palabra nueva -pero no tenía olor, porque estaba petrificada... y la maestra me retó y me señaló un cartel que decía: "No tocar" - Efraín se reía frunciendo la nariz y dejando ver sus dientes desparejos. Él usa una boina roja que deja ver unas crenchas renegridas.
Lejos quedaron la mochila y los cuadernos; seguro que ya están tapados de arena, esas finas partículas, testigos del tiempo y de las pisadas de sus ancestros.