sábado, 23 de abril de 2011

Cicatrices del recuerdo ( en cuatro entregas)

"Estos días azules, y este sol de la infancia..." (versos inéditos de Antonio Machado, hallados en el bolsillo de su gabán cuando murió en Colliure)

Sonría, lo estamos filmando.
Sonría y diga treinta y tres.
Sonría y las expresiones de su rostro resaltarán su belleza.
Sonría y afronte con optimismo cada mañana.

No es un anuncio de una cámara activa en una farmacia para desalentar a los ladrones.
No es la fórmula perfecta para la foto grupal.
No es un jingle publicitario.
Todo lo antedicho, respectivamente, con el añadido de un consejo para el bienestar.

Me pregunto, ¿cómo les cuento esto, cómo expreso las diferencias entre una foto grupal en blanco y negro, con bordes ribeteados, ajada y aplastada por el peso de los años y de las otras fotos, y la foto actual del grupo, a todo color de las mismas personas, o casi todas, cuarenta años después?
Mirás una, mirás la otra y pensás ¿se trata de las mismas personas?

Dos amigas, Mabel y Silvia, quien suscribe, habían trabajado arduamente en la composición de una figura más o menos decorosa, a partir de una generosa carga de cremas humectantes y un toque de rubor.
-¿Qué te vas a poner?
-Mirá que está fresco, eh?
-Sí, pero en el salón hará calor.
Una, acudió al mérito de los ruleros para dar un poco la sensación de voluptuosidad a las mechas flacas y desvigorizadas; la otra, había echado mano al alisador eléctrico de pelos, más efectivo que la "toca" de los años 70, para aplastar las ondas rebeldes a causa de la humedad.
Las canas y el rigor de tantos inviernos habían hecho estragos a la tierna doncellez de los diecisiete años, que querían arremeter por la vida, danzando en el fino alambre de los equilibristas, bebiendo sorbo a sorbo el placer de la amistad, de los secretos compartidos, de a dos, o de a tres, según se hubiesen afirmado las confidencias y las experiencias escasamente vividas.

Glora, Nelly y yo, alternábamos de a dos; como siamesas rotábamos acorde a fidelidades, envidias, celos, discusiones, reproches, o escaramuzas por tiempos efímeros, para disputarse el poder en la comandancia de la tropa femenina. Todo, aderezado con abundante aceto balsámico.

Éramos ocho diecisieteañeras y eran ocho jóvenes imberbes, tímidos, desorientados y torpes en sus cuerpos atléticos, que pugnaban por competir con la madurez de las chicas, las que mirábamos hacia otros cursos o seducíamos con nuestros encantos a los forasteros que acudían al baile del club social.
Claro, era mejor visto enredarse con los de afuera, y si eran mayores, mucho mejor.
Los chicos habían asistido, divertidos, a las contiendas del sector femenino, o intervenían para suavizar roces, inventando trapisondas para hacerse notar y llamar nuestra atención.

Abel nos deleitaba arrojando avioncitos con los resultados de los ejercicios de Matemática; Claudio, de igual forma, pero con los problemas de Merceología, que el profesor nos proponía, mientras él leía el diario, indiferente, simulando no darse cuenta. Las chicas estábamos enamoradas de él; el gallego era joven, alto y nos conmovía con su mirada verde de pestañas arqueadas y renegridas, y suspirábamos...
Por su parte, el colorado Jorge nos conquistaba haciendo alardes de sus definiciones políticas, argumentando y teorizando con los profesores, cuando la ocasión lo permitía.

Tres de las chicas ya tenían novio formal. La meta más codiciada había sido alcanzada y había que subir al próximo escaño, el enlace matrimonial, mandato inexcusable para chicas en edad de merecer.

Una romería comienza a reunirse en el patio de la escuela y las sonrisas no son forzadas, como la imposición, "Sonría, lo estamos filmando". Son risas auténticas y curiosidad por el reencuentro.
-Mirá el trío de allá, cerca de la secretaría - Son Abel, el negro y el Coya.
-¡Eh!, negrito. Estás más lindo que nunca -y su mujer lo sujeta del brazo, para no perder al que es de su propiedad. Indiscutible.
-Y a vos, te creció la cabeza, o se te cayó el pelo?
-¡Qué panza, viejo, cortala un poco, che!
-¡Qué elegantes están todas! -como un eufemismo socarrón, recibimos el piropo, sin percatarnos de la ironía.

Una mujer de mediana edad, cuyos ojos no disimulan, sola y a contrmano, entre la gente que ingresa apresurada, desde unos pasos más allá, me observa, sin dejar de mirarme, con una mixtura de curiosidad, de descaro y de asombro.
-¡Oh!, sos la hermana de Gloria...
-¡Qué lindo verte de nuevo -esos ojos grandes y saltones destilan frías lágrimas de tristeza.
Nos confundimos en un estrecho abrazo de plena emoción. Ambas, sabemos por qué.

-Acá está Nidia, la de Geografía -una pasita de uva sonriente nos abraza sin poder contenernos a todos, ese grupo dicharachero que aún conserva el humor y la alegría genuina.

-¡Uy!, allá llegó "la pelotita" -La ex-directora de la escuela ya no era una ágil pelotita de tenis, orgullosa y altanera. Ahora era una negra pelota de basket, aunque desinflada y triste-

-Les pedimos a los presentes, por favor, ubicarse para dar comienzo al acto -anuncia la maestra de ceremonias.

-Miren, allá está la de Lengua.
-Nos reconoció. Ahí viene.
-Hola, mis pichoncitos. ¡Qué alegría reencontrarlos!
Ella tendría unos ocho o diez años más que nosotros. Se la ve radiante y con un abrazo nos traspasa toda su ternura.

-Busquen en mi biblioteca un libro, el que más les guste a cada una, de esos que yo tengo leídos, marcados y subrayados - nos había dicho a Mabel y a mí, cuando la visitamos con nuestras hijas, hace unos años.
Mabel eligió el poemario de Juan L. Ortiz, y yo, aquella novela de Roa Bastos, que leíamos después de clase, todos los que nos asombrábamos con la literatura.
-Esto es un regalo que quiero hacerles, por ser las dos que siguieron mis pasos -nos había dicho en aquella ocasión. Sus ojos negros y sinceros nos transmitieron con ese gesto, el precioso don de ser maestra.
-¡Y qué maestra! -pensé, mientras se aceleraban los preparativos para el festejo.



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