jueves, 1 de septiembre de 2011

De migraciones y de transmigraciones (4º parte))

ese cuadro que está ahí con el ciervo de seis astas mirada triste y fondo verde lo pintó Phillips el hermano menor antes de ir a la guerra y ella con lágrimas chorreando por su rostro cansado pocas veces la vi llorar relataba que con los otros hermanos seis iban a Eberstrasse viendo a los sobrevivientes rumbo al Marienhospital que llegaban emparchados con muletas de palo de cerezo con trapos ensangrentados seguro que eran los mismos algodones que las nenas hacían en la escuela deshilachando telas viejas para el campo de batalla rengueaban casi todos muchos y ellos se apretaban las manos y esforzaban la vista para verlo regresar pero Phipp no estaba y nunca llegó y el primo Gerhardt vino una vez a visitarnos y se comía con fruición la pila de empanadas picantes que yo había freído recién y pedía wassersprudell espumante de ananá wassersprudell qué sed que tanto le gustaba y ella decía qué lindo muchacho se parece a Alejantrito ¿vaistu? como Román el novio de Paty un amor de verano en la playa siempre halagando a los varones de la familia no a las mujeres que decía que eran unas arrañas pero estuvo a mi lado después que nació Catalina yo sola dándole la teta escuchaba las sirenas  bocinazos y petardos de la noche vieja y del año nuevo 1985 yo no tenía a mi madre que me acompañara ni cuando me peleaba con Martín no podía decir me voy a casa de mamá que estaba lejos no y tampoco podía ir a la casa de mi suegra que no la elegí yo no pero ella me trajo un licuado de bananas y yo tenía un hambre ... y me dijo si Ud. tiene hampre es porque está sana tome y que le aproveche gracias le dije yo a ella no le gustaba que le regalen nada para no tener que agradecer qué olor a monja dijo cuando en el horario de visitas llegó una samaritana de atuendo negro a visitar a la enferma de la cama de al lado y después nos dijeron que teníamos que sacarla de la clínica y la llevamos a casa no tomaba las pastillas de carbón con el dedo hacía dibujitos negros en la pared blanca nubes flores o las tiraba debajo de la cama y transpirando hablaba de su rosal de la casa de Olivos que vendió y se vino a Bariloche porque las montañas se parecían a las de su páis tenía otro rosal frente a su ventana que tanto había crecido que le tapaba la vista del Nahuel Huapi entonces agarró un serrucho oxidado y sin filo para podarlo pero la escalera se deslizó y cayó suavemente un esguince de muñeca a los 89 años no es nada y en sus pesadillas aparecía su hijo Buby el que había nacido en Alemania y entre las bombas de la Revolución Libertadora del '45 saltó a un Ford T descapotado que estaba en marcha y se lo llevó salvándose entre los estruendos y explosiones acá y allá después más tarde se murió de un infarto navegando cuando una sudestada lo agarró solo en pleno Río de la Plata y el barco se bamboleaba y no podía achicar el agua que entraba porque tenía que virar ojo con esa roca y ¡crash! y el viento estaba cada vez más fuerte hasta que el río amarronado y turbulento lo depositó en las costas de Carmelo y yo pensaba cómo habrá sufrido cuando murió su hijo mayor entonces la llevábamos a Magdalena para que la cuide mientras con Martín íbamos al cerro Otto a esquiar entre los árboles nevados y la vieja para no ocuparse de su nieta que dormía la tapó con un pañal de tela para que no se despierte y así ella podía fumar tranquila y leer los diarios viejos con una lupa de mucho aumento tampoco cuidó a la chiva que le llevamos de regalo porque la chiva busca el monte y se fue por el cipresal de Monte Lindo una vez también la dejamos a Magdalena para que se quede con ella una semana por vacaciones y la abuela mala abuela la tuvo todo ese tiempo sentada en la bacinilla hasta que le enseñó a avisar ya no tenía que cambiarle los pañales ni lavarlos así que cuando regresamos Magda chiquita ni nos quería mirar nos daba vuelta la cara porque la habíamos abandonado con esa abuela que le tocó en desgracia...

-¡Eh!, te tomás los mates vos sola!, dame otro.
otra vuelta para no encontrarse con la consuegra la otra la "finolli" que hablaba francés y tocaba el piano todo barroco art decó la vio que llegaba a visitarla a su casa tengo una casa de piedra frente al lago había fanfarroneado se escondió debajo de la cama escuchando y luego salió con dos valijas ¡ah! justo me estoy yendo a Buenos Aires estoy apurada tengo que tomar el tren con un beso fugaz le dejó el libro del cacicque del país de las manzanas para que se entretenga y conozca algo de esta región...

-¡Uf! ya se me secó el garguero de tanto hablar.
-Sí, me habías contado que se murió sentada en el inodoro de tu casa. Una diarrea imparable -recordó Marta.
-Sí. Ya vamos finalizando. Me quedé pensando en la metempsicosis. En qué habrá transmigrado, o se quedó en víbora nomás?
Silvia se reclinó en el sofá y un sopor la fue adormeciendo.
-¿Qué pensás, ma, te gustaría volver a ver a tu mamá cuando te mueras? -Cata, que había escuchado algo del final me preguntó. Justo un día antes del 31 de diciembre, antes de cumplir sus 24 años. Casi un cuarto de siglo ya!.
-Te juro, Marta -le dije desperezándome -se me apareció la imagen de mi mamá alta, joven, delgada, de mirada dulce y una sonrisa inmensa que me traía de regalo una muñeca. Era Brunilda, montada en un caballo volador, armada con coraza, escudo, yelmo y lanza. No era la doncella guerrera de los romances españoles.

Al momento de tocarla, un dragón lanzó una bocanada de humo y, al disiparse, dibujó la foto de "Meditaciones filosóficas" en el Walhala, mientras la música de Wagner atronaba en sus acordes finales.



De migraciones y de transmigraciones (3º parte))

Cuando conocí a Ketty era una viuda casi anciana pecosa peligrosa ¡uy! un lapsus quise decir pelirroja de canas y delgada pero de formas sinuosas coqueta era entonces para que no le vean la cara arrugadísima iba en el colectivo agarrada del respaldo del chofer y de espaldas a los pasajeros todos la admiraban vestida color mostaza remera y pantalón al tono ¡ah! me acuerdo que en la terraza de Libertador mostró sus habilidades atléticas haciendo la vertical y caminando patas para arriba y yo para no ser menos la acompañaba ¡ah! déme unas patadas le dijo al verdulero de veras quiere que le dé unas patadas sí son tan sanas las patadas suavizando transformaba la b por la p y cambiaba la t por la d déme ésas de cáscara colorada recién cosechadas las otras se pudren muy rápido ¡ah! bueno ahora sí nos entendemos Filla Pallester decía el papelito que le extendía al chofer del colectivo que la tenía que llevar a Villa Ballester donde vivían recién llegados tenía un perro viejo y flaco que se llamaba Wolfi lobito y como ya no le servía como compañía ni como guardián le caminaba encima alfomprita alfomprita hice kirsh licor de guindas y nos convidaba para calentarnos frente a la chimenea de Quinchahuala había que taparse la espalda con una manta porque el frío te calaba los huesos mientras sacaba unos recortes de diarios amarillentos y leía las noticias subió el precio del combustible falleció el locutor de Informe Blanco el que transmitía por radio todo el mundo del esquí en el cerro Catedral y también tomaban ginebra bien beodos se ponían mientras yo tragaba un caramelo tras otro que sacaba de la caramelera lo único que le quedó de la herencia de Alemania amapola roja plumencorn azul y espiga de trigo amarilla habrá escasez de papas y entonces cuando viajó en tren a Buenos Aires llevó una bolsa de papas y al descargarla y ponerla en el jeep de Martín se rompió y se llenó de papas el piso de Retiro y los viajeros se enojaban con sus maletas para esquivar una papa aquí dos más allá rodando el conde Coviello de Mar del Plata sobre todo negro volados y maletas le faltaba el parche de pirata aunque no tenía un peso partido al medio preparaba un manjar e invitaba a Martín unas papas au vine una exquisitez que acompañaba eso sí con un espumante del Rhin un sibarita ése ¡Ajj! deja ese quiso que traje lechón adobado y leberwurst y queso cammembert que le compré a la gorda Ingrid la cachetona de la fiambrería alemana y de postre apfelstrudel algunas veces y otras veces selva negra de chocolate y crema después comía sólo papas que hierví para tener y comía lechuga amarga silvestre diente de león del bosque que cosechaba en su jardín y así se pasaba quince días hasta llegar al día de cobro de la jubilación iba caminando ocho kilómetros hasta el centro con la cara llena de hollín en los poros y las uñas negras encorvadas largas pero eso sí labios rojos de carmín para coquetear contaba que cuando era chica las hermanas debían hacer la guardia del dulce de ciruelas en el sótano donde guardaban el carbón del Rhur durante toda la noche revolviendo continuamente para que no se queme y como le gustaban las cebollas fritas una delicatesen le cumplía el turno a su hermana Mi si le cocinaba ese manjar eso me decía mientras patinaba entre las góndolas del mercado Gigante en el sector menages y yo temblaba porque parecía un elefante en un bazar mirra ésos son austríacos qué asco decía sin disimulo y al salir veíamos los Ford Falcon verde oliva sin patentes que parados en el semáforo de Libertador iban a Olivos lentes negros apuntaban sus armas que asomaban por las ventanillas y daban miedo como cuando nos revisaron y controlaron los documentos en Plaza Francia en la feria donde Rodolfo vendía artesanías en cuero cinturores carteras y Movicom y todo eso ¡ah! un vivo el flaco ése que le hacía compañía a la vieja para que le preste el Isardt modelo 60 que se había comprado ella no sabía manejar pero se sentaba al volante imaginando que conducía dando la vuelta al perro por la Mathildenplatz  antes de la destrucción

-Dame otro mate.

miércoles, 31 de agosto de 2011

De migraciones y de transmigraciones (2º parte))

Lo que solía contar, entre castellano y algún dialecto, como un cocoliche germánico, eran las aventuras con su novio, en el side-car, o amarrada a la moto, con sus tablas largas de madera, en los senderos del bosque nevado, hasta llegar al castillo de Frankestein, en la Selva Negra. Y de cómo su madre le partió el "fiolín" en la cabeza, cuando se enteró de que, en vez de ir a las clases de violín, se iba de andadas con su amante, y quedó embarazada!. Sería todo un bochorno familiar, una transgresión a la moral y a las buenas costumbres de la época, algo vergonzante ¿no?
-¡Main lieben got! -decía.
Los recuerdos son como retazos, esquirlas de la memoria de un espejo trizado que explotó, siete años de desgracia, dicen. Yo no tuve siete, tuve treinta y tres altibajos, que para nada se parecieron a la felicidad...
Hoy es una mañana gris, neblinosa. El sol intenta asomar; y no puede. Ahora parece que se va a despejar, pero no. Sólo se oye el rasguido de la birome sobre la hoja, y a los zorzales haciéndose un festín en el cerezo, ahora que las frutas están coloreando.
Esta mañana necesito escribir, aunque sea con fea letra, total después lo paso a la computadora. No, la PC está en reparación. Mientras, tomo la vieja máquina de escribir, para visualizar claramente el texto.
-Cambiá esa palabra, esas expresiones están desprovistas de poesía, tan livianas, tan precarias, tan casuales, porque devalúan el escrito -me sugiere Juan.
-No, porque ése es el lenguaje de la protagonista, y las palabras desnudan su sentir...
-Tanta literatura, se te cruzan las letras. No es el Alzheimer, las letras te confunden. Hay que pulir el lenguaje, hay que re-escribir. Revisalo todo, aunque es muy original tu manera de narrar.
-Siempre me llevé muy bien con las letras; con los números no, con la Matemática, menos...
Un precepto, una norma de urbanidad, diría: "No barrer de noche, porque se van los ahorros". Y si viene la suegra de visita, es conveniente barrer todo debajo de la alfombra -me digo.
-Ésa es una campesina mosquita muerta, santafesina! -dice en su monólogo de voz alta, marcando cada sílaba.
-¡Rajá de acá, vieja resentida. No nos jodas más. Andate ya!. Mejor volvé a tu Alemania, de donde no debiste jamás salir. Si no hubieses venido a América, yo no hubiera nacido. Vieja loca, andate, te dije -le gritaba Martín.
"Vieja reprimida, y encima, cornuda, porque el marido murió en un accidente volviendo de la joda, en pedo, y con una mina que se salvó, la muy puta, y Juan Joachim, el padre putañero, quedó seco en la ruta, sobre el manubrio del Ford T, 1949 -pienso, y de inmediato me viene a la mente una especie de metempsicosis (y eso no es un enredo de fonemas, ni dislexia)
-¿Y si la suegra hubiese transmigrado su alma y se hubiera transformado en un ser bondadoso y me adivinara los pensamientos? ¿Qué pasaría? -me pregunto.
-Antes de que termine el año, hay que despojarse de todo lo que no se usa, de todo eso que se guarda, "por si alguna vez lo necesitamos" -me dice Marta.
-No sufro el síndrome de Diógenes, el que acostumbraba a acumular diversos trastos, como una manera de asegurarse la materialidad de las cosas.
-Diógenes de Sinope, el filósofo griego creó la escuela cínica, alrededor del 400 a.c., abogó por la simplicidad en la forma de vida, indiferente a los placeres del mundo y los convencionalismos sociales -Marta lee del diccionario enciclopédico ilustrado, tomo V.
El asunto es tirar lo viejo, lo inútil, para hacer lugar a lo nuevo, que es lo mismo que develar todo lo que se lleva adentro, ponerlo en palabras escritas, para hacer lugar a nuevos sentimientos y potentes emocionesd, para vibrar la vida como un diapasón, con la intensidad de un arpa, como una armónica de dulces arpegios.
-Bueno, comencemos con la ceremonia de aligerar la carga. Te escucho.
-Si, yo te cuento lo que después voy a escribir. Sale más barato que ir a incontables sesiones con el terapeuta, donde se habla, donde no se escribe. La interpretación queda a cargo de los lectores. ¡Ah!, cada tanto, pasame un amargo, porque se me va a secar la garganta, eh?

martes, 30 de agosto de 2011

De migraciones y de transmigraciones (en tres entregas)

Al dorso de la foto, "Meditaciones filosóficas" 1983. Era Ketty, junto a Magdalena, que tendría unos cinco años, al lado del árbol de Navidad. Una manera sutil de decir "qué cara de bruja", la de la suegra. Nariz ganchuda, una vieja de más de ochenta años, porque nunca se sabía con precisión qué edad tenía. En esa expresión entre falsa (porque por más que ejercitara los músculos faciales para sonreir, la sonrisa franca no aparecía, pese a los labios rojos pintarrajeados) y amarga (porque había una tristeza antigua y ancestral) Para qué iba a sonreir, si estaba en una Navidad, lejos de su país. En Alemania estarían celebrando los pocos parientes que le quedaban vivos en ese diciembre nevado, allá en Darmstadt-Eberstadt, y además, junta a una nieta, que era mujer.
Sólo dos nietos varones tenía: Alejandro, el mayor, y Mariano, que vino perdido después, entre mayoría de mujeres. Alicia, María Victoria, y las mellizas, Paty y Ana, ni siquiera intentaban acercarse a esa abuela, que no las quería. Ellas tenían otra abuela para que les lea cuentos, les cocine rico, las lleve a pasear, las llene de besos y las endulce con golosinas, como hacen todas las abuelas,y después, ¡a cepillarse los dientes!.
Cuando estaba por nacer Magdalena, no se sabía el sexo con anticipación. Pero Ketty estuvo en casa de ese desierto petrolero, como unos quince días antes del parto. Seguramente, deseando que nazca un "farrón", como pronunciaba ella en ese alemán tan duro y críptico para mí.
-Incomprensible, querés decir? -me preguntó Marta.
-Sí, porque yo no aprendí ese idioma, y ella, cuando hablaba con su hijo lo hacía en alemán, para dejarme fuera de toda conversación. Y Martín, en el fragor de la charla, o de las disputas, muchas veces, no reparaba en que de ese modo, no me incluían.
Antes del parto, porque no nos soportábamos, ella se sentaba en el auto de Martín, el desvencijado Citroën 2CV de los años setenta, para tejer al crochet escarpines celestes, y yo, aún con la panza de parturienta, una vez me desmayé, intoxicada con lavandina, lavando el baño, para no verle la cara ácida a esa mujer. Y se fue inmediatamente, después de reconocer el sexo de mi hija, luego de dejar, con ondulación de labios y sonrisa fingida, la pila de escarpines y mantas que había tejido en los días de agria espera.
Nunca me perdonó (y tampoco a las otras nueras) que le haya quitado a su hijo Cachy. Cachito le decía a Martín. Y planchaba las camisas y pantalones de trabajo, mientras destilaba lentamente su veneno, como una yarará lasciva, diciendo que antes (antes de conocerme), él era un muchacho muy elegante que usaba camisas blancas, traje y corbata, para ir a trabajar al estudio de arquitectura. Se demoraba planchando, y mi ropa, casi con desprecio, apenas la alisaba y concluía su tarea afirmando por lo bajo, no tanto, "Ahora mi hijo está hecho un andrajoso, siempre con el culo en la cal".Y yo tenía ganas de despacharme como una digna dama de la diplomacia, pero no, de eso se encargaba Martín, cuando la escuchaba ofendiendo con palabras dañinas y expresiones malignas. "Estamos rodeados de inmigrantes, de afuera, de chilenos, de paraguayos, de bolivianos, y los de adentro, del Chaco, de Jujuy, cordobeses?, está lleno, y los santafesinos?, son una plaga!!, decía para herirme más.
Pero bien que le gustaba mentir y agrandarse con la otra nuera: "Cachi tienen una mujer espléndida, joven, rubia, linda, hija de hacendados de Santa Fe", decía, para envidia de mi cuñada.
-¿De qué campos me hablás, Lilí?
-¿No tiene tu papá, muchas hectáreas de trigo y vacas?
-No, él es un telegrafista que pronto van a jubilar porque está perdiendo la vista, por la diabetes -le respondí.
-Auf wiedersehen.
-Gut nacht -me respondía rumiando su  amargura.
-Escribir es compensar -me dice Juan, siempre.
-Sí, claro, es una sanación, es una cirugía mayor, sacás algo de aquí, reemplazás una pieza por allá... es más efectivo que cualquier búsqueda en el psicoanálisis.
-Me doy de alta -le dije a mi psicóloga -levantándome del diván -ya aprendí estrategias para afrontar mis conflictos.
-No. Hay que ver qué pasa con esas resistencias, esas represiones, esos sueños recurrentes.
-Está decidido ya, y no soy renuente, eh? Cuando haya terminado mi libro y gane mucho dinero, podrá responderse esas cuestiones, y todo, completamente gratis, porque le regalaré mi libro con dedicatoria y todo -le dije.
¡Qué paz poder leer y escribir! A medida que escribo, siento que lo que no dije en el consultorio, lo estoy diciendo ahora.
-No le comentó a mis hijas la saga de Siegfrido y Bruinilda y las walkirias injuriadas, ni las leyendas de esos bosques impenetrables de hayas del Oden Wald y los robledales llenos de misterio, plagados de enanos, de gigantes y de dragones custodiando castillos, de lobos y brujas, de osos y de uros, que daban miedo. Ni siquiera el cuento de Caperucita Roja en una versión perversa, les contó.


viernes, 26 de agosto de 2011

Las historias de Don Teodoro ( última parte)

-Resulta que una güelta -chupó el mate, mientras decidía consentir a la niña. Los chicos sabían que en cada anécdota él agregaba una pizca de ensueño, una porción de humor, un nuevo ingrediente, y sobre todo, pintaba como un pintor, los paisajes para dar marco a sus cuentos.
-Es como si leyera un cuento de aventuras, o "Los viajes de Gulliver" -había comentado la carita soñadora de Susy, la última vez que lo visitaron.
-...fuimos con la finada, cuando los dos éramos jóvenes y de espaldas fuertes, con ganas de aventuras y con brazos poderosos, para darle a los remos, con la canoa azul, ésa que está allá afuera, tirada boca abajo. Resulta que a la patrona le gustaba el sol y el agua. Era una moza muy bonita y recorríamos el lago los días calurosos. Partimos de la playa de Santa María, pedregosa, un día de febrero. La vieja, mi madre, se quedó en la orilla con nuestra hija, de meses, todavía.
-...Apenas metimos la canoa, se veía un banco de arena amarilla y después más gris, porque las costas tienen areniscas milenarias de la época de los glaciares, o porque se fueron acumulando los siglos, con las erupciones volcánicas, y después del último lagomoto, allá por los '60.
-...El agua era transparente, después se  fue poniendo celestita y más tarde, azul profundo, como en mar adentro, pero sin olas -empequeñecía los ojos para mirar a la distancia y para protegerse del humo que salía del cigarro, sostenido en la comisura de los labios. No veía que las gotas iban borboteando sobre los charcos del patio. El veía la fulguración coruscante del lago, que parecía una inconmensurable batea aceitosa.
Los chicos se disponían a escuchar, se acomodaban en los bancos de cuero de chivo y se imaginaban que ellos eran los protagonistas de esa épica; presumían y se jactaban de su valentía, haciendo alarde de grandeza, cuando les contaban a sus amigos, aventuras parecidas, pero trocando las escenas y las circunstancias. Ellos adminraban de Don Teodoro esa capacidad narradora.
Germán, el más habilidoso hablador, creaba el misterio incorporando bocadillos, circunstanciales de lugar, de tiempo, de modo, y toda clase de nexos. "Pero de repente...", "Fue entonces, cuando...", "Con el ceño fruncido, dijo...". Ernesto, por su parte, lo seguía y reforzaba los protagonismos de esas historias. "La sobrequilla estaba quebrándose..." "atábamos un grueso calabrote a los obenques...". Esos vocablos, no siempre eran los apropiados al contexto.
-...Habíamos avanzado hacia el medio del lago, donde dicen que hay unos cuatrocientos metros de profundidad. El murmullo del agua es musical en esos momentos, ¡chas, chas!, los remos entraban tan suaves, como una mano en un guante de cabritilla. Habíamos decidido cruzarlo y llegar hasta la orilla de enfrente. Era una travesía larga, pero la tarde invitaba a seguir. El cansancio no se notaba en los músculos, porque el placer de sentirse sobre el espejo de agua, superaba cualquier dolor del cuerpo. Los cipreses de la costa se veían así -pulgar e índice se estiraban en toda su extensión -No había necesidad de colocar la vela ésa, la cangrejo, que yo había confeccionado con un naylon grueso y transparente, cosido a una caña que cumplía la función de mástil. Y bogábamos mansamente...
En el rostro de los chicos se podía observar la seducción que le provocaban los relatos; ya habían escuchado esa historia, pero estaban atentos para conocer otros detalles que él iba añadiendo. Sabían que esas evocaciones le hacían bien a su alma de navegante solitario.
-...la superficie del agua comenzó a rizarse por una brisa apenas perceptible, tenue, que venía por el oeste y pequeñas olas cabrilleaban al sol. Para sacar a la patrona de su abstracción y sus fantasías, porque yo sabía que no estaba poniendo proa hacia el punto que le había determinado... yo timoneaba ... y le eché encima un poco de agua fresca, y ella se reía y se reía...
Ernesto se acomodaba en el asiento y la nena sostenía su cabecita rubia con sus dos manitas inquietas, y juro que estaba viendo ese paisaje y las escenas.
-¡Qué lindas palabras usa Don Teodora!, voy a anotarlas para poder usarlas en las redacciones que nos pide la maestra, y buscarlas en el diccionario... travesía, cabrillear, milenario -eso pensaba la niña, mientras veía al viejo renovar el mate; las tortas fritas estaban llegando a su fin.
-...Unas nubes blancas, ésas de calor, empezaban a hincharse por el norte y una gran masa negra parecía venirse con rapidez desde el oeste; así que le dije a la patrona que debíamos volver.
-¡Derecha! -le grité- Fuerte, virá a la derecha! -Y como no se movía la canoa, de un planchazo de remo le salpiqué la espalda y las gotas la estremecieron. Al fin la embarcación obedeció, pero el viento arreciaba cada vez más. Había que poner el alma entera en remar con fuerza. Hacia atrás quedaba una estela de espuma blanca sobre la superficie plana, todavía.
-¡No quiero estar acá, quiero timonear! -me dijo ella, porque en la proa, al lograr algo de velocidad y ponerla estable, sin escorar, dos grandes bigotes se abrían y el agua de los costados subía hasta los bordes, amenazando con entrar. Mejor, porque no hubiésemos tenido manos para achicar.
-Yo tampoco quisiera estar ahí -se solidarizaba Silvia mordiendo con voracidad la anteúltima torta frita.
-No le contesté, porque había que surcar el lago con la mayor celeridad. Yo remaba con la tenacidad de un tornillo oxidado. La lóbrega masa de nubes ya estaba oscureciendo todo el cielo, por completo. Como lágrimas negras, unas gotas gordas empezaron a caer dispersas primero, hasta que se convirtieron en una andanada de perdigones. Andábamos al garete y la embarcación no nos hacía caso. El derrotero hacia donde quería poner proa, la playa de Santa María, pedregosa y con un gran macizo de arena, estaba quedando muy a la derecha. Ibamos hacia un rebazo de la costa como una elevación, o tal vez, un declive.
-¿Y entonces? -la ansiedad se reflejaba en el rostro ya en penumbras, de Germán.
-Voy a ensillar otra vez este mate -lento, hacia la cocina, el viejo prolongaba el misterio. Detrás de su joroba y del humo del cigarro, escondía una sonrisa, sabedor de la intriga que estaba creando. Esta vez había decidido omitir esos detalles triviales y un poco prosaicos, casi escatológicos: la goma pinchada de la camioneta y el frío que pasaban su madre y la beba, que lloraba de hambre y estaba sucia de pañales cagados.
-Ahora viene el final.
-¡Si ya lo sabés! -reprochó Ernesto.
-...Güeno -pensó que no haría caso al antiguo proverbio: "La verdad es la cosa de más valor que tenemos. Economicémosla", y continuó agregando un adarme del recuerdo - Un bajío, quizás, o un paredón de peñascos oscuros y de ramaje enredado, se nos venía encima; hacia arriba, un derroche de boscaje apretado de cipreses y de coihues. La playa de arena había quedado a unos dos kilómetros.
-¡Uy, qué frío, y qué miedo! -Susy no podía quedarse en su sitio ya.
-Al fin, la canoa embicó por donde pudo y bajamos. La dejamos con los remos debajo de una mata grande de mosquetas y trepamos por el bosque, esquivando las rocas, para llegar a la ruta.
-Y después hicieron dedo para que los lleven hasta Santa María -agregó Ernesto, porque Don Teodoro se había sumido en un silencio pesado, al calor del fuego.
-Me imagino qué habrán pensado los turistas que los llevaron... Esos dos locos, en malla, helados, al costado de la ruta ...-acotó Susy al final. Para ella no era un detalle baladí.

-¡Chicos, vuelvan! -escucharon a la señora Barthel que debajo de un paraguas azul, les gritaba detrás del cerco de tablitas verdes, en la vereda mojada y gris de la tardecita.


miércoles, 24 de agosto de 2011

Las historias de Don Teodoro ( en dos entregas)

Un escalofrío eléctrico le recorrió la espalda y lo distrajo del aburrimiento a Ernesto, ese chico quinceañero en una tarde brumosa de lluvia persistente y hastío. El cielo era una capota de gris acerado desde hacía unos días.
Un repeluz de fastidio y humedad lo hizo incorporar, dejó la guitarra sobre la cama y salió dando un portazo.
-Ponete la campera, Ernesto! -la señora Amherdt, aunque gritó, no consiguió que su hijo la escuchara, ni le hiciera caso.
Caminaba con ufanía, levemente inclinado con las manos en los bolsillos, porque la visera de su gorra detenía el agua, para que no le dé directamente en la cara.
-Vamos a lo del viejo Eckhardtson -le dijo a su amigo Germán, golpeando la ventana de la cocina, que chorreaba agua; la humedad y el humo de las frituras, apenas dejaban ver hacia adentro.
-Pasá, comete unas tortas fritas -la madre del muchacho llevaba cocinada ya, una gran pirámide de mediana altura, que apenas podía sostenerse.
-Yo también voy -Susy se unió al programa, sin consultar ni a su madre, ni a su hermano.
-Bueno, vayan, pero le llevan a Don Teodoro unas tortas -la Sra. Barthel pensó que la visita de los chicos y las tortas fritas demorarían un rato más el comienzo de una velada alcohol y mitigaría un poco, apenas, la soledad. Especialmente los domingos, el viejo se aficionaba al vino primero, y a la ginebra, después, para atenuar la tristeza de los días de lluvia. Esto se había hecho costumbre a partir de la muerte de su mujer, hacía ya unos años.
Para los chicos, el magnetismo de Don Teodoro era irrefrenable, los fascinaban sus cuentos y sus fantasías, más todavía que ir a jugar a la canasta con los ancianos de enfrente, adonde Susy se pasaba varias horas, cuando no era posible jugar a las escondidas, o perseguir ranas en la zanja, o treparse a los paraísos sólo para pensar.
Tenían que caminar unas cuadras hasta la casa del viejo, sortear charcos, o saltar para salpicarse en una miríada de gotas barrosas y carcajadas. El paquete grasiento de frituras seguía incólume, porque el presente representaba un detalle de cortesía de las visitas, como si fueran masas finas de una coqueta confitería.
De su boca no era perceptible la sonrisa de bienvenida, cubierta por unos bigotes canosos y una barba desprolija de lanas tordillas, pero los ojos grises del holandés transmitieron alegría al recibir a los tres chicos.
-Mi mamá le manda esto.
-¡Ah!, gracias, vienen bien las tortas para acompañar estos verdes -dijo señalando un mate espumoso, recién preparado,  que sostenía en su mano ajada.
-Todos en el pueblo dicen que don Teodoro es holandés, pero él nació acá, en las pampas. Sus padres vinieron de Europa después de la guerra -decía la señora Amherdt, aunque el viejo, para aderezar sus historias y darle mayor atractivo, contaba que provino de un campamento gitano, o que por sus venas corría sangre de filibusteros del Mar del Norte.
Con gesto de jactancia, estiró su nariz ganchuda y poblada de finas venitas rojas, juntó las cejas negras y profusas y tres rayas nítidas acompañaron la ternura de esos ojos grises, cuando decidió principiar. No se veían resquicios de una bacanal, pero sí, un cenicero repleto de colillas y de humo. La fumarola iba ingresando al hueco del hogar.
-Quiero que nos cuentes de nuevo lo del ahogado en el Río de la Plata -dijo Ernesto.
-No, yo prefiero lo de la canoa en el lago -pidió Susy.
-A mí me gustaría escucharlo contar lo del contrabando de cigarrillos uruguayos. -insitió Germán.
Don Teodoro meditó primero, y así habló:

sábado, 20 de agosto de 2011

Profecías del mocasín abandonado.

Con obstinación y terquedad, una mujer madura maniobra su camioneta por los caminos polvorientos hacia el pueblo vecino, aunque es sabido que nunca había aprendido a conducir. Es como si viajara a gran velocidad con los ojos vendados, sin percibir que en un instante podría incrustarse contra los eucaliptus que bordean la ruta.
En otro vehículo, amarillo y abollado, un poco más viejo, de esos utilitarios con capacidad de carga, van los dos hermanos, sus hijos. La adolescente aventurera conduce hacia un enigma, como una quimera; a su lado va su hermano, de apenas dos años.
Se detienen en un paraje donde un arroyo contornea suave, entre los pastos verdes de la llanura. Pero al bajarse, ven que el hilo de agua va internándose en un entubado de paredes de ladrillo derruidas por el tiempo y los infortunios; va transformándose en una caverna que se amplía de tal modo que, quienes ingresan pueden caminar con comodidad. No puede distinguirse el fondo. Son azares extraños, porque los meandros del arroyo zigzaguean; sólo se ve un fragmento de la pared de ladrillos rojos y resecos, mientras la claridad del exterior la ilumina.
Hacia la izquierda hay un fogón aún encendido y sobre los leños, una pava humeante, sin tapa y renegrida; la manija es un alambre provisional y delgado. Se alcanzan a ver unos trapos roñosos dispersos por aquí y por allá, un atado de ropas unido a un palo torcido y un mocasín polvoriento, como una premonición. En algún tiempo pasado debió haber lucido un encordado de tientos para anudar. Ahora está ahí, abandonado y deforme, mirando desde los ojales, como un cherokee espiando el llano tras una roca gigantesca.
El niño rubio, casi desnudo, en su media lengua, conduce con su pequeña mano de conmovedora ternura, a su hermana, por un sendero al lado de la hoguera.
Llegan a un lugar que parece ser una escuela; puede deducirse que es una escuela para sordo-mudos, por el silencio que casi tiene entidad propia, y por los dos hombres que dialogan afuera en el lenguaje de señas. Frente a una oficina hay una fila considerable de personas calladas, como efigies de cera.
-Es su turno, señorita -dice una correcta señora entrada en años, que observa a la adolescente con cierto desagrado. Ella se presenta con un short mojado, una remera tiznada y las rodillas embarradas, en alegre desparpajo.
-Vengo por el cargo de profesora de Lengua, aunque no conozco el lenguaje de señas - Mientras, recuerda a su vecina Perla, la tartamuda, que con obstinados espasmos de sílabas y testaruda obsecuencia de exhalaciones, había conseguido título. Profesora del bochorno, frente a críos burladores y crueles - Puedo postularme también como directora, porque leí el cartel afuera.
-Sí, nuestra directora falleció y es necesario cubrir el cargo.
-Tengo experiencia de diez y ocho años en la dirección de una escuela secundaria -la secretaria toma los datos necesarios con cierta reticencia y desgano.
Siempre de la mano, los hermanos salen apurados porque recuerdan que han dejado la camioneta con las llaves puestas y en el asiento, una cartera de marroquinería de lujo, un  diseño original, que lleva anudado un pañuelo fino de seda y en un extremo, atado, un anillo enchapado en lazos de plata, o zinc, o aluminio. No recuerdan dónde ha quedado el coche, pero sí, ella sabe que en su cartera está todo el dinero que acaba de cobrar por tantos años de trabajo, premios y retroactivos.
Ya está refrescando y es necesario cambiarse la ropa y abrigarse. Se encuentran en una habitación desconocida. Ella cubre al niño con un abrigo largo de pana negra y se saca la ropa mojada. Está de rodillas buscando debajo de la cama un calzado y descubre que los sordomudos que antes vio, la están observando. Como un pantallazo, ella se ve recostada y desnuda sobre una cama vieja de elásticos oxidados, sobre las dunas que dan al mar bravo, cuando el sol se pone.
Nuevamente salen a buscar los vehículos, pero se hallan en un amplio estacionamiento de tierra humedecida a baldazos. Ella cree recordar ese escenario; en su infancia eran los fondos del Club Social y Deportivo Las Tunas, al lado de la cancha de bochas, donde los jugadores, inmigrantes italianos, se permiten un descanso después de la jornada, un juego de risotadas francas, alpargatas bigotudas con olor a heno, vehemencia y esperanzas de una cosecha próspera. Las rayadas van ganando, cuando una de ellas pega al bochín, y corre a una lisa hacia la derecha.
Van después a otro espacio, porque no se ven los coches, ni a su madre. En el trayecto por un pasillo largo que culmina en una cocina apenas alumbrada, ve a un amigo que le ofrece comer de la gran olla alta de doble asa, un guiso carretero con mostacholis, casi desbordando, a medio cocinar, por falta de líquido.
-No, gracias. Estamos apurados.
Llegan a otro escenario; esta vez, es el amplio espacio que rodea la cancha de fútbol del pueblo, de tablones repletos de espectadores... o quizás sea el campito detrás de la licorería del francés, donde pastan las ovejas, y la oveja negra. Pero la camioneta no está, ni la otra, ni su madre.
Ya comenzó a llover, y el ruido de las gotas tamborilean con intensidad y ritmo acompasado sobre el techo de chapas.
El niño está lejos, jugando con el camioncito de madera azul, el que ella había recibido como regalo de Navidad, de esos que entregaban a los empleados públicos, allá por el '56. Los presos construían juguetes para varones, y las presas, para las niñas; los prisioneros cumplían su condena, luego de los hurtos y las explosiones de la revolución del '45. Ella deseaba una muñeca. ¿Por qué el Niño Jesús no le cumplió, si ella se había portado bien por esos días?, reclamaba entre zapateos y llanto caprichoso.
Ve ahora a su madre, reclinada sobre la huerta, cosecha zanahorias y después corta albahaca... percibe ese aroma añejo de la infancia, esos perfumes que nunca se olvidarán, que perduran en la memoria.
Salta a cerrar la ventana de su cocina, porque el viento la rebate golpeándola con impaciencia, como cuando llegan visitas de ignotos parajes y tiempos. La lluvia se empecina sobre los platos que han quedado en reposo, para lavarlos más tarde. Ese día había almorzado frugalmente un filet de merluza y una porción de arroz blanco. Un regusto a pescado aún permanece en su boca. Aún un poco adormecida, va en busca del anillo, esa rica joya que su esposo le había regalado, luego de una de las tantas reconciliaciones, y ahí estaba, en el cofre. Del libro que ahora toma para leer junto al hogar, cae una foto envejecida en blanco y negro: el padre junto a su hija; una oveja negra restrega su hocico en la falda tableada y a cuadros.
El resplandor de los leños ilumina un rostro ajado por la vida intensa; no es el calor que la abriga, es el frío en la espalda, tremor casi imperceptible, el que le desgrana recuerdos y la hace tiritar.
Cansancio de rutinas, de repetidas olas donde picotean las gaviotas, en la madeja de algas enredadas.
Aprendizajes de la constancia, labores pertinaces para perseguir a la luna y un abrazo protector de aguas amnióticas.
Viajes por carreteras largas que llegan a ninguna parte, trayectos de bohemia y desilusión.
Voces que nunca llegaron a oírse, amnesia recurrente, delirios de la equivocación, canto de sirenas y amnistías demoradas, siempre.
Ausencia infinita que ya no podrá detenerse; mojones de prepotencia, terquedad de faenas, porfía de trabajos, para perseguir a las mariposas.
Retoños que han crecido huérfanas de abuelos; intuición de la inexperiencia y la inmadurez de la madre; bohemia y carambolas del padre.
Objetos obsoletos y anacrónicos, que permanecen en los espumarajos de la resaca y no en el rescoldo, un zapato olvidado, cristales trizados, un guante perdido...

Enciende después la radio y escucha la canción que, traducida dice... No, mujer, no llores!!