jueves, 5 de julio de 2012

Hasta me había cogido cariño.

En la barra de madera lustrada y lisa (tantos parroquianos se habían acodado ahí para matar las penas), un gitano en una punta, y un compadrito en la otra. El primero mira al otro y luego de apurar la copa, se acerca con paso lento y dubitativo. Antes, se asegura que el varón recio y engominado no lo vaya a rechazar también. No está dispuesto a aceptar otro nuevo fracaso. Los tengo vistos a estos especímenes.
El boliche ya está quedándose solo; los mozos van subiendo las sillas sobre las mesas cuadradas, no sin antes repasar con la rejilla húmeda, las manchas de café o de copas. Se han retirado ya las mujeres y esos sub-hombres de mala muerte, que suelen concurrir al bar; han cerrado la puerta de entrada y ya comienzan a barrer todo el salón.
-Te vi y no más pensar. No te lo vas a creer. Este chulo ha recibido un mogollón, igualito al mío.
-Tenés razón, pibe, y no me voy a cabrear. Siempre hay un roto para un descosido. Si se te ve en la jeta, nomás -Se alisa las crenchas, lo mira desafiante y vacía la ginebra de un solo trago. -¡Eh, José! -llama mi atención y señala con el dedo el vaso vacío, para que lo vuelva a llenar.
-De momento, que estoy pa' chascos nomás, te voy a decir que soy un tontaina y un gillipollas, y que se me suelta la lengua cada vez que tomo un par de copas -el último ajenjo ha dejado en el vaso un jugo verde como la hiel.
-Metele nomás, purrete, que ya te juné de entrada. Desembuchá -prende otro faso con el pucho todavía humeante, que casi rebalsa del cenicero de vidrio cachado. Otro de chapa de la marca de un fernet, se enfría también repleto.
-¡Fíjate que si ha llovido...! que mucha agua ha corrido debajo del puente, que ni hoy que es viernes me he ido de putas. Esta última bronca con la Lola me ha dejao así - se señala las tristes pilchas, el "funyi" entre las manos, arrugado y maltrecho -que hasta me duele la tripa, te digo.
- Si no es la tripa, será el bobo, porque pa' esto del amor... creo que es una pena de amor, es ahí adonde se te hace un "struncio". Seguro que es un berretín. Ya va a pasar, porque a las minas les gusta hacernos "estrolar" y después disfrutar de sólo vernos, como piltrafas, como zaparrastrosos. Asi estoy yo, pero ahora no te voy a contar.
-Estoy fatal. Es que las tías son de la hostia. ¡Joder! -para darse ánimo pide otra copa.Y yo, que la veía venir, ya estoy presto con el porrón de ginebra, atrás del mostrador.
-Vivíamos en un bulín hace como dos años. Bueno, pues, ya te digo, y estábamos de puta madre los dos, porque fijate, hasta me había cogido cariño y yo me había propuesto vivir con ella hasta los restos. Pero ahora, ¿qué tía va a enrollarse conmigo, así como me ves?
-Algo así me pasó con la Fany -un gordo lagrimón comienza a caer por la cara lampiña y cae en un periquete. Da un puñetazo brutal, hasta hacer tintinear el botillerío expuesto en la estantería. Y eso lo digo yo, que me dieron ganas de asestarle un mamporro, hasta dejarlo muermoso, pero no. Un cantinero tiene que atender bien a sus clientes, y tenerles la vela.
-Hay mucho chulo de vida estrecha, mucho bocazas, mucho cabrón suelto, y le fueron con el cuento. Que yho andaba con una guarra de ésas del estriptis y que después, entre polvo y polvo... y luego,.. -entonces se calla y no me puedo contener.
-Una verdadera putada -le digo.
-Dale, viejo, convidanos con una caña. No amarroqués más, que esto se está poniendo posta. Vos sos mi gomía, no?
-Hay que tener cojones pa' aguantar. Me preocupé por lavarle la cara a la pieza cochambrosa donde vivíamos. Me pirrraba para vivir mejor. Que bocatas de gallinejas, una tortilla, unos pescaítos fritos... ¡Qué gloria bendita!  Todo me costó un huevo y parte del otro, hasta que me fui quedando sin un puto duro y anora... vamos por el culo.
-Cuando empiezan las broncas, te empezás a mosquear -agrego un bocadillo, mientras les lleno las copas.
-Hasta que la sangre llegó al río -el compadrito enfila pal ñoba. Yo sé que no va a poder embocar y me va a chorrear todo de meos, y después hay que tirar criolina pa' desinfestar.
-No, nunca llegó al río. Que dormir sola es igual que no tener nada, decía y yo la follaba despacito, y no le alcanzaba -El gitanillo tiembla y llora a moco tendido. Entonces les alcanzo dos fecas.
-¡Pues, quita de ahí! -grita - Ruina total. Yo sé que lo hizo aposta. Empezó a ponerse como bandera y a salir. Na' que no tiene palabra, ni seso, ni nada adentro, y decía que yo era un tacaño y un celoso...
-Ya sé cómo sigue la historia -el temblinque del malevo hace vibrar el aire. Aunque creo que éste es un cafiolo, porque de su dedo meñique, el que levanta para tomar el café, brilla un oropel -A mí también me pasa algo parecido. Mal de muchos, consuelo de tontos.
-De tanto cariño que le tenía, empecé a cogerle manía. ¡Hay que tener cojones!... de pura coña que es, se le olvidaron las agujetas, se convirtió en un pedazo de bruja, una arpía. QUé más te puedo decir. Todo eso ya me lo sudaba... y se enrolló con un chavalejo forrado de pasta, de esos fotógrafos que andan en las corridas de toros.
-Fin de la historia- me apuro a decir -José, llevá a estos dos hasta la puerta y ponele tranca. El olor de aserrín y kerosene va impregnando el salón. eo por la ventana que los dos van del bracete, sosteniendo sus penas por el medio de la calle mojada. Ahora se  paran a descansar junto a la farola de luz mortecina.

martes, 3 de julio de 2012

El último grano de arena.

Su cuerpo es anguloso y descarnado, casi esquelético; de sus hombros hundidos parte un cuello largo y cruzado de finas líneas y se dobla, fláccido, por la pesadez de la cabeza redonda y lampiña. En su rostro de expresión indefinida, puede adivinarse el paso de esos años, siempre iguales, simples y regulares.
Unas cejas hirsutas hacen sombra a unos ojos claros lacrimosos, que parpadean de manera constante. Una nariz curva y filosa cae vertical sobre una boca desdentada, de labios delgados, casi tapados por unos bigotes blancos profusos; una barba enmarañada y desprolija termina por redondear su semblante marchito.
De repente, su triste fisonomía entorna los ojos para dejar de lagrimear y principiar su relato. Pero de su pecho sólo sale un ruido áspero de carrasperas de fuelle quebrado, deshabituado por la imposición del silencio. Se esfuerza y chasquea una lengua rosada y fina. Con la cabeza inclinada hacia un lado, asistimos al espectáculo de una cara demudada. Pensamos, de angustia y de temor.

Del bolsillo superior de su casaca asoma un papel arrugado de bordes amarillentos. Me acuclillo, y en un atisbo de coraje, lo saco. El viejo nada dice, ni recrimina, aunque quienes lo rodeamos, le estén quitando, en ese instante, un tesoro celosamente resguardado durante un tiempo que podría ser eterno.
En la esquina superior, roto y quemado, seguramente por una colilla encendida, el papel, como un pergamino antiquísimo, no deja ver los fragmentos anteriores, y leo.

"...en ese tremendo río, que competía con el Nilo en tamaño y no en hipopótamos, él alguna vez había palpado la blanca arena, los secos excrementos del ganado, el duro pasto azotado por el viento y había sentido en la piel, los rayos del sol septentrional,  verticales, quemantes.
Ahora ya se había caído el último grano de arena de sus sandalias agujereadas; su piel se blanqueó en los humbredales de las bibliotecas escondidas y sólo perduraba su recuerdo, como un archivo de olvidados y apretados recuerdos.
Fue entonces, cuando sintió el frío de la muerte en su cuarta costilla y se encogió en su esterilla.
A la tarde de ese mismo día, decidió recorrer sus ancestros, preparó su carro de guerra, tomó su alforja y su corto puñal. Llenó la vejiga con bebida para la larga marcha de tres días a través del desierto.
Fue en ese momento que algo extraño le pasó, quedó como suspendido en el tiempo. Saltó sobre su carro y bajo las nubes, iluminado por un relámpago y acompañado por un trueno, partió".

jueves, 28 de junio de 2012

Era una aldea de montaña.

Que "veinte años no es nada -dice el tango. Yo creo que más de treinta, son muchos años, por el contrario. Ahora casi nada dice la esquina de Gallardo y Villegas, el defensor de los Parques Nacionales y el militar de la Campaña del Desierto, respectivamente.
En ese sitio del barrio Las Quintas, se erigía, como una fortaleza, la casa histórica donde vivía Noemí. Éramos compañeras de trabajo y los martes coincidíamos en cuarenta minutos libres de "el Comercial". Íbamos a su casa, que quedaba a la vuelta de la escuela, con la excusa de planificar las clases de Lengua.
Los pisos de madera crujían al pisar y despedían ese olor de ciprés lustrado tantas veces, hasta desgastarlos. Recuerdo que caminábamos sobre patines tejidos al crochet y justito frente a la cocina, una leve concavidad descubría el paso de sus moradores y de los años, e invitaba a estar ahí.
Nos recibía ese ambiente cálido de la mesa noble, junto a la cocina a leña. La pava, amable, siempre estaba lista para el mate indispensable. Para acompañar, el pan casero con mermelada de peras o el dulce de membrillo, nos reponía la energía necesaria para continuar con las clases. Esos adolescentes indómitos y ariscos, no querían saber de proposiciones subordinadas, ni de la conjugación de los verbos.
Desde las ventanas angostas y altas de visillos claros, podía verse todo el entorno. El lago, a veces ofuscado por los vientos del oeste. Los cerros, que empezaban a blanquearse, y el frío, que enmudecía el rumor de los árboles, obligaba a los caminantes a embozarse hasta las orejas, e inclinarse hacia adelante para transitar la subida, o imponerse con firmeza al viento gélido.
Sé que en la ochava, una angosta escalinata con barandas de madera, ofrecía toda la elegancia de un castillo medioeval, o un refugio de montaña entre los Alpes. Pero nosotras entrábamos por la puerta lateral, sobre calle Villegas.
No la vi más a Noemí. Esta mañana temprano la recordé y en esa evocación vi que en los años siguientes, la casa más tarde se transformó en local de feria de ropas. Era el recibidot y el living. Alguna vez fui a curiosear prendas originales, un poco deterioradas por el uso, los lavados y el paso del tiempo. Años después fue una rotisería de comidas rápidas.
"Las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora", dice el poema de Lorca. No era eso lo que vi. La casa antigua había sido derrumbada y hoy se eleva un edificio alto que pincha con los hierros desnudos, el cielo rosado del amanecer. Las siluetas negras de los obreros, inclinadas de terquedad, desafían el avance del progreso, con tenazas, con martillos y con tesón.
Esa esquina soberbia será una empresa que arribó a la ciudad para quedarse; así lo dice el cartel del futuro emprendimiento. Aunque no instalaron semáforos, ni en la esquina siguiente, donde siempre hay accidentes, la ubicación de la compañia de seguros es la adecuada. Para ver el paisaje, o para denunciar un siniestro, habrá que subir en ascensor.

En más de treinta años, ya casi nadie se acuerda del militar, ni del político.Los viajeros le dirán al taxista: "déjeme en la esquina de Zurich". La fisonomía del pueblo se ha transformado, y no hay espacio para la nostalgia, esa gata mimosa que tantas veces me acaricia y me ronronea.

jueves, 21 de junio de 2012

Un hombre traslúcido de ropaje oscuro.

Sumergida en el barro y pisando los charcos que anegan la calle, camina y busca. ¿Qué busca? Merodea entre casuchas abigarradas en gran desconcierto, las que, sin alinearse, se apropian de las callejuelas. Cada vez más estrechos son los pasajes por donde circula; se abren nuevos hacia un lado y hacia el otro, sin hallar una salida.
Un hombre de ropaje oscuro no se ensucia, porque no pis, flota. Es casi transparente y pasa. No la ve a ella, ni distingue a los chicos que chapotean en el lodo, rodando cubiertas y empujando un carro. Ella ve, y le da miedo ver esos entes sin rostro. Son dos, que la observan desde dos pobres ventanucos de cortinas raídas, casi hilachas.
El cielo se está encapotando. Una garúa finísima cubre los techos y la ropa de la gente que pasa encorvada, casi vencida. Se elevan densas columnas del humo de la quema y de las chimeneas de chapa. Sale más humo de las paredes y de los techos y se confunde con la neblina.
Mucho frío por esos pasadizos, por donde se dejan oír alaridos lacerantes y clamores de dolor. También ella va ahora encorvada y encogida. Un jamelgo viejo sigue atado a las varas del carro del basural. Cuatro perros flacos se muerden con ferocidad y hambre. A lo lejos se oyen sirenas y bocinas. Patrulleros policiales, ambulancias, camiones de bomberos, y el pitido de un tren que parte al anochecer.
En esa cortada, el barro se hace más pesado. Se hunde en ese barro de chocolate y no quiere perseguir al hombre de negro y traslúcido. Tropieza en una piedra, se resbala y se lastima la cara. Desde el suelo, a unos metros de la esquina, ve un cuerpo caído. Lleva un gabán oscuro y ahora está cubierto de barro.

El ring ring del teléfono la despierta. Demora en saltar de la cama para atender, porque se alegra al descubrir que cayó el telón, y que está protegida en su hogar. Afuera hay caminos anchurosos y senderos despejados. No tiene tiempo de interpretar quién sería ese hombre oscuro pero transparente; ni siquiera puede relacionar ese escenario con las afueras de Rosario, donde los ocupantes de la villa sobreviven; tampoco analiza esos entes tristes sin rostro, como dos máscaras del carnaval que se terminó.
-Sra., le hablo de la clínica San Bernardo.
-Sí, la escucho.
-El médico de guardia, del área de Terapia Intensiva necesita verla con urgencia.
-¿Qué? ¿Falleció?
-No puedo darle información. Soy la telefonista.
Adriana había regresado hacía una hora a su casa, luego de oir el informe médico del paciente. Sentía como el fastidio que da la extenuación del caminar por arenas movedizas y la persistencia de la fatiga en la espalda. Sus ojos, de párpados gordos, daban cuenta de todo eso; pugnaban por cerrarse y no ver más la quietud de los semblantes cruzados de cánulas, vías, tubos, sondas, ni la sentencia de los pasillos de luz difusa, ni escuchar el silencio blanco de los sanatorios.

lunes, 18 de junio de 2012

La herencia de la tía Josefa.

Por la autopista van hacia Pamplona, Carlos y Sofía. Recién ahora, después de todos esos años, pueden viajar hacia allá. Deben asistir al sepelio de la tía Josefa. Llevan la carta que Carlos había presentado ante Migraciones para ingresar al país.
-Vente a Pamplona por la herencia -rezaba el telegrama de la prima Angeles, la edafóloga.
Sofía, que es abogada sin ejercicio, revisó un poco, antes de partir, la normativa del derecho civil y las cuestiones hereditarias. Los tíos no tuvieron hijos, pero sí varios parientes lejanos que intentaron rasguñar los restos del emprendimiento de la cría de chinchillas. Cuando murió el tío Joaquín, todo comenzó a desmoronarse en manos de abogados y contadores inescrupulosos.
-¿Qué te pasa, hombre? -Carlos va admirando por allá, un puente romano y un hilo de agua que corre lento por la llanura.
-Es que no me gustan las exequias. Ojalá lleguemos cuando todo haya pasado.
-¡Esto sí que es lindo, tío! -desde el bus Sofía va viendo pasar los campos de la provincia de Navarra y el río Ebro. A lo lejos, un pueblito y algún castillo medieval. -La vida en el centro de Madrid puede resultar agobiante ya.

-El piso éste de la tía Josefa, en el barrio de Iturrama es una muy buena propiedad, bien ubicada en la zona céntrica y por ahora vivo yo -Laura es otra prima de Carlos que estudia en la Universidad de Navarra, aunque es argentina.
Los tres se quedaron revisando la documentación y las fotos. Los funerales habían concluido. Más tarde llegaría Angeles, la prima de Madrid que también se había instalado allí con Laura. Concluyen que de las chinchillas y sus crías, poco quedaba. Los impuestos provinciales, las multas por estar la producción en zona urbana, y los honorarios profesionales, acabaron con todo.
-En síntesis, nosotros deberemos vender este piso y nos repartiremos la herencia.
-Habrá que pedir consulta inmobiliaria para la tasación, venga! -Sugirió Sofía. Carlos pensaba desde el sillón, al lado de la vitrina, que esas tres mujeres juntas pueden ser muy expeditivas para los negocios. Estaba salvado.
-Vayamos de tapas, chicas -propuso apurando el jerez -el olor a encierro, a velas y a flores, todo junto, me está mareando.

En una esquina frente a la ciudadela del casco histórico, un bandoneón dejaba escuchar los acordes de "La cumparsita". Carlos dejó unas monedas en el sombrero - ¡Por Argentina, salud!
No se conoce Pamplona si uno no circula por la ciudad vieja. Licores, botas de vino auténticas, jamones y artesanías, a cada paso.
-La plaza del castillo y el Bar de la Estafeta, miren. No podemos dejar de visitarlo.

-Lomo de cerdo a la pimienta, con vino tinto.
-Pinchos de jamón y calahorra, con cerveza.
-.Tortilla, cayos y bocata, acompañado con agua mineral sin gas..
-Jamón serrano con queso de cabra, más vino
-A sus órdenes, señores -el mozo se alejó, mientras llegó un personaje típicamente navarro. Blancos los pantalones y la camisa, pañuelo colorado y boina.
-Uds. sois forasteros, los distingo. Les hablaré, por tanto, de los "sanfermines" por esta misma calle... la de la Estafeta -cada vez resultaba más difícil comprender lo que decía, porque el vasco tomaba más de lo que comía. Se le enredaban las palabras -A las 12 del mediodía en punto de cada 6 de julio, suenan las sirenas y comienza "el chupinazo" -Se detuvo y cantó una Jota para los parroquianos acodados en el mostrador y prosiguió - Después largan a los toros desde el fondo de la calle... -no habló más por un momento, ni de la cuesta de Santo Domingo, ni de la encerrona, ni de la tomatina, porque una melancolía de beodo lo acosaba.
Afuera, un fuerte chubasco. Adentro, los vidrios se empañaban de humo, de alcohol y de vapores.
-Regresemos, mis mujeres.
-¡No seas aburrido, chaval! -Sofía tomó del brazo a las otras dos, que estaban un tanto avergonzadas y danzaron sobre un entablonado.
La jota que en Navarra se canta,
es un manojo de rosas, 
que sale de la garganta.

-Cuidado, Don Ramón, que hay un escalón -  Todos acompañaron con palmas a las bailarinas.

sábado, 16 de junio de 2012

Barrilito... barrilito de cerveza.

Vestido de tafeta. Falda larga de verde tornasol. Mangas abullonadas hasta el codo, continuando en embudo hasta el puño, abrochadas con botones forrados al tono. De la pollera asoma un pollerín de puntilla; la cubre un delantal de broderíe; el cuello es alto, cerrado con los mismos botones. Un pañuelo grande de seda blanca con flecos, se anuda en el pecho. En la cabeza, una cofia con puntillas y un sombrerito chato de fieltro negro, adornado con una cinta de cuadrillé. Los zapatos son negros abotinados y llevan en el empeine una hebilla cuadrada de metal; las medias son a la rodilla, de hilo blanco.
La madre termina de repasar los últimos detalles del vestido que ella había confeccionado. Alisa con primor los pliegues del atuendo y termina delineando en rojo los labios de su pequeña. Ella se mira en el espejo y piensa que ese año están invitados a la fiesta, aunque ellos no sean suizos. Ellos son mezcla de italianos y alemanes.
El año anterior había ido con Hugo y Robertito a espiar desde la ventana del "cosmopolita". Primero se treparon en la bicicleta para ver mejor, hasta que con tanto entusiasmo y diversión, terminaron sentados en el alféizar de la ventana. Los festejos ese mediodía estaban en todo su apogeo, concluidos los discursos protocolares del jefe comunal. Los aplausos y la música de una orquesta típica amenizaba la velada, mientras se daba inicio a la comilona y el chopp.
Vimos pasar al padre de Graciela, que trabaja de mozo. Más tarde, él nos convidó con una porción de torta para repartirnos entre los tres. Las señoras estaban engalanadas con sus trajes de tradición y los cachetes colorados parecían explotar. Había bullicio, risas y brindis a cada rato. ¡"Prosit"! alborotaban entrechocando los jarros rebosantes de espuma; de grandes barriles serían la cerveza "tirada".
La madre de Robert fue a buscarnos, porque no sabía por dónde andábamos los tres, y se quedó también ella a mirar con disimulo. Otros días, a la siesta, jugábamos en la cuneta molestando a los sapos o sacando esos huevitos rosados prendidos de los juncos. El "cosmopolita" estaba cerrado.
Aquella vez la cosa fue distinta. La cuestión fue que el sodero pelirrojo de rulos y cachetes colorados, siempre transpirados, le habló a mi madre para invitarme a formar parte del ballet infantil de danzas suizas, "Edelweis". Él sabía que yo siempre actuaba en los actos escolares y bailaba muy bien la zamba y la chacarera.
Así fue que mi mamá me acompañaba a las clases y aprendí a bailar valses, polkas, mazurcas, los bailes del tirol, y hasta el "schottish langue". Esos "valesanos" eran muy divertidos. Así fue, que después de varios ensayos me seleccionaron para bailar en la fiesta de la "Sociedad Helvética", la de la bandera roja con una cruz blanca.
A mis nueve años, no sabía qué significaban algunas palabras. Más tarde aprendí que esos festejos eran de los inmigrantes suizos, que eran todos de mi pueblo, que provenían del cantón de Valais, que la flor de edelwiss es la flor nacional de Suiza, que en los alpes suizos practicaban la "tirolesa", que "aldere... alderí" era el alarido que se repetía con el eco por los valles nevados, que "cosmopolita" era el salón que antes estaba vedado a otros inmigrantes.
Los hombres acostumbraban a usar, en las fiestas, unos pantalones cortos con tiradores, camisa blanca, medias largas, chalecos negros con detalle de flores bordadas y sombrerito tirolés. Casi todos eran barrigones y colorados, de tanto tomar cerveza, pensaba.
Años más tarde, yo escribía a las embajadas de Italia, Alemania, y también de Suiza. Recibía a vuelta de correo, en la época de las "vacas gordas", una excelente folletería a todo color. Las imágenes me atraían y me llamaban la atención las montañas nevadas, un tren transitando entre el follaje verde y después copiaba el dibujo de la tapa de chapa de los lápices "Conté". Me lusionaba con que algún día conocería esos parajes, el cantón de Valais, Basilea, Lucerna, el río Ródano, Zurich, Ginebra... Todavía no viajé, pero finalmente me radiqué en "la Suiza argentina".
Nos anunciaron y subimos al escenario; éramos cuatro parejas de chicos y fue todo un éxito. Aplausos y nervios. El color rojo de mis labios mordisqueados, había borroneado mi sonrisa. Más tarde empezó el baile en el centro del salón, al ritmo de "Zillertal Orchester" con acordeón a piano, clarinetes, saxos, batería, trompetas. Los hombres zapateaban cada vez más fuerte sobre el piso de madera y se mareaban en las rondas. Yo creo que estaban muy animados, porque a cada rato brindaban con cerveza.
De pronto, un señor mayor cruzó la pista, engalanado con su traje típico, me tomó de la mano y me llevó a bailar en el centro. Esta vez, un vals. Era el cónsul suizo de Santa Fe. Destacaban por micrófono esa gentileza. Hubo más aplausos. Mi papá aplaudía y reía y todos estaban muy alegres.

-Señora, para un entrevista de televisión, cuénteme por qué vino hoy a la fiesta.

-Porque vi en la tele el anuncio, hace unos días, de la Fiesta Nacional de la Colectividad Suiza en San Jerónimo Norte, y de los 50 años de "Zillertal Orchester". Me dije: "Quiero estar ahí". Yo nací en este pueblo y aunque soy santafesina, vivo en Bariloche hace como 35 años.

-¡Ah, en esa ciudad del sur el intendente es hijo o nieto de suizos. Goye, creo que es su apellido.

-Sí, él nació en Colonia Suiza, donde viven los Felley, Cretton, Mermoud, y otros. Ellos organizan siempre los almuerzos domingueros con "curanto", una comida que se hace bajo tierra, que trajeron de Chile y tal vez de la Polinesia. Se reúnen todas las comunidades, turistas y locales.

-¿Hoy va a bailar?

-Sí. Estoy mirando entre la multitud, para ver si encuentro a mi compañero de baile, que era un italianito muy simpático. Ahora será un señor pelado, o canoso, medio arrugado y algo barrigón. Es increíble la memoria de los pies. Todavía recuerdo las coreografías. Espero que él me reconozca, porque en mi cara ya hay una "pátina de antiguedad". ¿Ves, el de la batería era mi compañero de primaria y secundaria? Voy a ir a saludarlo, porque él sí me va a reconocer. ¡Salud!

domingo, 27 de mayo de 2012

Entonces lloró lágrimas antiguas.

Hacía días que ella estaba particularmente sensible. Cuando desde el ferry vio la estatua de la libertad, una congoja le apretó la garganta, una mano le oprimió el pecho, muy fuerte, y por la esquina izquierda, una lágrima lenta le calentó la mejilla, esa expuesta al frío y al gris de esa mañana brumosa. La melancolía del río fue una mezcla de asfixia y tristeza más aún, cuando vio a Ellis Island y pudo visualizar, con el peso de los siglos, la procesión de inmigrantes que arribaban, de miradas atemorizadas, de corazones palpitantes.
Recordó a su madre, allá en Brasil, cuando con sólo unas palabras, tomándole sus manos prepotentes, le aquietó la altanería y la soberbia de sus catorce años insolentes de niña bien.
-Neide, filha, recuerda que somos negros. Que tu tatarabuela fue muy valiente y osada. Ella huyó con sus grilletes de esclava, porque no aceptó que un hacendado del café, enjuto y libidinoso, la desposara.
Una llovizna fina y persistente le lavó las lágrimas que iban cayendo sobre sus mejillas, sin poder controlarlas y sin que la avergonzaran. Miró sus muñecas y no había grilletes. Tenía un brazalete y una pulsera que su esposo argentino le regaló.
Ya en tierra, sintió en sus hombros los brazos fuertes de Martin Luther King y una mano cálida y firme, la de Abraham Lincoln, que la conducían por los senderos de Battery Park. Vio entonces la gran esferea metálica dañada, que se conserva en el parque como recuerdo del atentado. Homenaje a los muertos de las torres gemelas, a los muertos en Vietnam, a los muertos de las guerras de secesión... y comenzó a escuchar el tam tam de los esclavos en las costillas de los barcos negreros; un golpeteo en las cuadernas que va creciendo y se eleva con los cantos lastimeros de los prisioneros, como una plegaria. Es el mareo y el miedo que navega por un océano desconocido y un mañana todavía más ignoto. La potencia plañidera se alza hasta ver las tierras que los esperan.
Le pareció escuchar tras los muros de una iglesia baptista en Harlem, las voces cascadas y roncas de una isa gospel, que gritan ¡Aleluya, Aleluya!. Y vio un gran pavo relleno y los postres de calabazas en el banquete de acción de gracias. Pasaron ante sus ojos, como relámpagos, las imágenes de los balseros sudorosos, de manos ensangrentadas, cruzando el golfo; vio a los mejicanos clandestinos  saltando el murallón, y a los "espaldas mojadas" remando por el río Grande. Hombres mulatos y mestizos, de dientes blancos apretados y piel morena, en busca de libertad.
Neide, entonces, miró hacia el cielo, que ya se iba despejando y gritó: ¡Gracias, Señor!