Los pies tienen memoria de un ritmo casi olvidado. Esos pies están calzados en unos zapatos de cuero rojo de estilizados tacos y punta fina; en la costura del talón, remata un moño, también de cuero rojo. El sueño de toda mujer es usar unos zapatos así.
Mirados desde atrás, y hacia arriba, se extienden tobillos delicados que sostienen piernas torneadas, que se mueven según el hombre la lleva ¡y la sabe guiar con maestría y galanura! Hay memoria en la rutina de los pies, y ella lo sigue.
De una falda negra de pronunciado tajo, asoma un muslo fuerte y aguerrido; al otro lado, la falda sugiere, solamente, y se adivinan caderas portentosas que continúan suaves, de una cintura breve. Un cinturón negro la ciñe a la perfección.
Hace un momento tan sólo, ella aceptó el convite, cuando un joven, entre tantos otros, le había cabeceado y fueron juntos al centro de la pista. No recuerda su rostro, aunque puede ver, girando, a las parejas en el salón. ¿El Folìes Bergere? ¿o el club social y deportivo del barrio?
Como no puede vislumbrar su rostro, porque ahora su mejilla está pegada a la suya, se anima a palpar su cabeza y siente cabellos engominados peinados con peine fino. El perfume que emana le recuerda el olor de la "Glostora" que usaba su padre, antes de ir a trabajar a la oficina. Una barba incipiente le raspe, entonces intuye que no se ha afeitado. Así es como recuerda el olor de la loción para después de afeitarse, que usaba el viejo cuando, mirándose al espejo, silbaba "Yo soy del '20..."
Una pierna fuerte de pantalón ajustado (lo presiente de terciopelo negro), se introduce entre sus piernas y la hace girar sobre su centro. Las baldosas en blanco y negro, como un tablero de ajedrez, (y ella se siente una reina) se desdibujan y el perfume de ese hombre la subyuga, más todavía cuando una mano, como un sello, se estampa en la espalda descubierta y los dedos largos de pianista dibujan circulitos en cada vértebra, y terminan en un caracol al final del escote, cerca del coxis. Un aliento cálido le calienta la oreja.
El tango terminó y ella se entera recién cuando el joven la aleja lentamente de su rostro, para observarla. Una mano le descorre el bretel, y con la otra, desde la nuca esbelta, le acaricia un hombro. El camafeo que adorna su cuello se desliza. La melenita negra, a lo "Edith Piaff", parece sonreir. Ahora ella lo ve con sus ojos grandes y negros de estupor, con las aletas abiertas de la nariz, con los labios rojos de corazón entreabierto, que dejan ver unos menudos dientes blanquísimos y una lengua roja, haciendo juego con el maquillaje. Los párpados se abandonan, sensuales, dejando que todos los sentidos hagan su parte.
Siente que una mano está sumergida entre sus muslos calientes y la otra se extiende para acariciar la espalda del muchacho, pero sólo encuentra una ausencia y la lisura de las sábanas gélidas a la derecha de la catrera.
Abre los ojos y le cuesta acostumbrarse a la claridad de la mañana. Ve el placard cerrado, la pared lisa, reconoce unos cuadros y en el espejo, las cortinas familiares y las pantuflas de felpa gris, una al lado de la otra, modositas, esperándola.
Son relatos de ficción y de no-ficción, un poco autoreferenciales, algo fantásticos, con mucha verosimilitud,anécdotas escolares o reflexiones simples sobre temas tan clásicos como el amor, la familia, la educación, los medios o el trabajo.
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sábado, 1 de febrero de 2014
sábado, 21 de septiembre de 2013
¿Un ramito de violetas?
Las dos mujeres salen a conocer la ciudad. Una de ellas viste un conjunto de colores tenues, como si ese atuendo tuviera sólo un fin utilitario; la otra, por estar transcurriendo los primeros días de primavera, se ha arriesgado a lucir un vestido de falda amplia y acampanada.
Como las grandes capitales, Madrid seduce y no deja de asombrar a quienes la recorren. El sol y el calor de su gente elogian la Puerta del Sol, repleta de personajes típicos, de vendedores insistentes, de fotógrafos junto al oso y el madroño y destacan, sobre todo, los gigantes y los cabezudos, que representan la historia de España y el espíritu de su pueblo, en los trajes de las comunidades y sus bailes. Es la fiesta de San Isidro Labrador; en la semana celebrativa del santo de la ciudad, hay danzas, zarzuelas, verbenas, títeres y arte callejero en todos los distritos. ¿Un ramito de violetas, señoritas?
Por Preciados caminan las dos. "Boludas y boludos" by Elena Hernández, en una acera, ofrece indumentaria para jóvenes. "La colcha de tu madre", por su parte, cubrecamas, ropa de cama y por supuesto, colchas, en la acera de enfrente. Todo esto las hace pensar, como cholulas argentinas, que esos locales son propiedad de argentinos radicados en la madre patrria. Es tanta la admiración que, cuando una ráfaga imprevista desde el norte le levanta la pollera hasta taparle la cara, ella protege sus piernas con pudor. Sübitamente, después los pliegues del vestido se alzan hasta la cabeza; esta vez no hay forma de evitar la exposición.
-¡Miren, chavales, parece que Marylin Monroe camina por Preciados! - y ellas corren para mezclarse entre la multitud de la plaza.
Hay calles que aluden al verde, y hacen honor a la vida. "Verde que te quiero verde", y no está el granadino. Las acacias, Laurel, Huertas, La Montera, Hortaleza, de la Palma, Alameda. Las plazas, el Parque del Retiro, todo respira verde, donde los niños juegan, las damas pasean, los viejitos toman el sol, los españoles cautivan con su simpatía y los poetas, a cada paso, te recitan un poema desde las estatuas.
Ellas no entran allí donde las puertas se cierran, en una iglesia, en la catedral de la Almudena, ni por el Paseo de los Recoletos, donde circulan las devotas. El verde y elsol dan vida; desde casi todos los rincones parecen develarse los enigmas y los personajes que recorren Madrid, parecen emerger como fantasmas que pronto se convertirán en leyenda.
-¿Dónde es posible degustar buenos pinchos y tapas?
-Por esta zona no, es para "guiris".
Y entonces ellas van barriendo todo el espectro y buscan unos ojos negros encendidos que las acarician con sólo verlas y se sumergen en el bullicio del atardecer.Van al tapeo, donde "hay marcha" y brindan por la vida, con un vino de copa madrileño y con una caña acompañados por una bocata y un pincho de tortilla.
En La Latina les parece ver a Sabina y a Chavela Vargas con un tequila cad uno y, del brazo, auguran "que todas las noches sean noches de boda". Allá, por la calle del Desengaño, esta vez, ven o imaginan a Almodóvar con "la dama del poncho rojo" desgranando la canción de las simples cosas o tal vez "Piensa en mí", los colores vivos manifiestan una sensibilidad de pleno optimismo..."ya ves que venero tu imagen divina"" ¿son ellos? O tal vez, las creencias y las fantasías humanas "tu párvula boca que siendo tan niña"... Son ángeles y demonios con las urgencias más íntimas... "me enseñó a pecar". En un instante se desengañan. No son ellos y les parece oír unos tacones lejanos que desafían a las sensaciones por sobre las razones.
Pasan de Malasaña a La Chueca y las banderas del arco iris flamean con descaro. Concha Buika está cantando "El último trago" que recuerda también ahí a la Chavela que se tiró el último tequila y decidió morir. Su alma sobrevuela en el ambiente y lleva a la Frida Kahlo de sus desveos, tomada de la mano, por la Puerta del Angel.
Los bares de flamenco y los tablaos están todavía adormecidos. Descansan para florecer con todo el salero y la altivez. Pero en el Teatro del Rialto, el ballet nacional flamenco presenta la ópera "Carmen", que no se la van a perder. En Madrid sorprenden los brotes y el aroma de las violetas. Así se renuevan los mitos, esos que brotan y renacen, como las flores en cada primavera.
miércoles, 13 de febrero de 2013
El velorio del chancho
Recostado en uno de los senderos del bosque, veo la boveda enramada que apenas deja ver el azul del cielo. El canto de las aguas libres de un arroyo va cayendo por la "Cascada de los novios". Germinal follaje de flores y semillas.
Hoy conocí la selva valdiviana, tal como la imaginaba al leer al gran poeta chileno. Un mágico canelo aquí, nalcas de hojas inmensas por allá. Me parece escuchar la voz grave y cansina de don Pablo. Coihues milenarios, cañas en profusión, helechos gigantes, hortensias azuladas, lianas, copihues y enredaderas dan frescura al bosque puro y umbrío.
Llegué allí después de la festividad en Pilmaiquén, en la X Región. Doña Clorinda y su esposo nos acompañaron hasta la salida y aconsejaron descansar antes de emprender el viaje hacia el paso fronterizo. Alegría, embriaguez, comilona, música y bailes fueron dando paso a los corridos nostálgicos de amores truncos y de fervor patriótico.
Vuelven ahora a mi mente un poco abotargada, las imágenes vividas en ese largo día.
-Hoy, gran evento en Pilmaiquén, "El velorio del chancho" -propala la radio regional que escuchamos en el camino de regreso.
-¿Qué será eso? -nos preguntamos riendo.
-A partir de las 12, usted, amigo compatriota, y usted, amigo del país vecino, podrá degustar no sólo un rico puerco asado, sino también, cordero al palo.
El volcán Osorno nos vigila con su blanco penacho apagado y silencioso, que se destaca en la distancia, como invitándonos a la fiesta de la población.
-Esto que estamos trnsitando ahora es la zona ganadera -vaquillas blanquinegras pastorean en el verde intenso de lomadas suaves. Campos de trigo maduro y cuadros de remolachas o plantaciones de frambuesas. Teros y bandurrias picotean con goce extremo. Cultivos prolijos conviven con las zarzamoras silvestres al costado del camino.
-Paremos aquí. Quiero descubrir "el velorio del chancho" -Al detenernos conversamos con un "huaso" chileno de gorra de lana que, tímidamente nos hacía señas para que lo llevemos al festejo popular.
-Son festividades solidarias para la población, y comilonas, po. ¿Me cachái, che argentino?
Al llegar a las cabañas de Don Sofanor nos detenemos y atravesamos a pie el soto bosque para asombrarnos al ver una larga mesa tendida, al lado de los fogones. Al parecer, están velando al chancho que se dora lentamente y despide todos sus aromas, como si el alma del chancho ya estuviera volando por las nubes regordetas, que se cuelan entre las copas enhiestas de los árboles.
La fiesta está en todo su esplendor. Un conjunto folclórico anima a los comensales. Oímos los ritmos y comenzamos a divertirnos tanto, como no lo hubiéramos siquiera pensado.
-"El calientito... Mozas y viejas lo buscan al calientito ... No hay peligro... si te invita a su cama, no hay cuidado, él "al tiro" se quedará dormido" -Risotadas y aplausos para los bailarines. Ellas, polleras floreadas con vuelos y camisas blancas con gran escote a la espalda. Los zoquetes blancos dejan ver las piernas retaconas. Las trenzas renegridas contornean los morenos rostros curtidos de mirada pícara. Ellos, de botas con taco y espuelas, zapatean frente a las mozas, revoleando los pañuelos con gesto varonil.
-Bailo pa' enamorarte, niña -dicen los cantores y ellas seducen con la gracia de sus pañuelos.
El viento comienza a hacerse notar y la bandera tricolor ondea orgullosa en lo alto del mástil.
-Como aperitivo, empecemos con un brindis, ¿qué les parece? -Doña Isabela sale de la botillería y se acerca con una bandeja repleta de "bebestibles". Vino tinto, pisco sour, chicha de manzana. Bebemos todos y se anima la fiesta.
El chancho que están velando no descansa en paz. Los hombres desenvainan sus cuchillos y ya "churrasquean" el costillar. No importa que las manos se engrasen, porque después se sigue con el cordero que también está siendo velado. No hay velas. No hay coronas de flores. Los parientes del difunto circulan y lucen sus mejores pilchas. Unas lolitas llevan una flor de amancay en el escote; las más maduras, una hortensia engarzada en la trenza; los campesinos, a estas horas ya han perdido la gorrita de lana, o llevan el sombrero aludo colgando de cualquier manera por la espalda.
Los ojos chispeantes y negros y la picardía en los gestos parecen contagiar a todos.
-Y dale... y dalle... después nos vamo'a dormir -los chilotes siguen amenizando con cuecas cada vez más pícaras.
-¡Esto está hartamente entretenido, po!
-¡Pero no seái huevón, compagre! Si has botao la cerveza...
-Para los que cumplen en febrero, bebamos hasta el final...
-¿Me acompaña, doñita, en este corrido? -un "guatón" entreverado entre el mujeraje invita a bailar.
-Para los que cumplen en mayo... -los cantores están poniéndose más alegres- Bebamos hasta el final, total, andá borracho a dormir...
Entre comida y tragos, observo. Detrás de los chilcos silvestres sale una "cabra vieja" que se acomoda el vestido y se saca los abrojos; detrás, tomándola por la cintura, un "huaso" se ajusta el sombrero y sin disimulo pega un alarido al cielo.
-¡Ay, ay, ay, ay, que está buena la fiesta!
-Ésa es la Penélope, la mujer de don Soto, que se quema las pestañas en el fogón -dice por lo bajo una campesina.
-¡Los cuernos que hai de tener! -contesta la comadre.
Un jinete de aspecto sobrio aparece detrás de la enramada y se apea. Su hidalguía impone respeto y silencio; hasta la música se detiene.
-Estái bien "cacharpeao", patrón -grita uno del montón.
-El ojo del amo engorda al ganado -un "huaso" agrega apoyado en un poste. Como respuesta, Don Evaristo Sepúlveda Iriarte, (así me dijeron que se llama) sólo pasa revista al hembraje.
-Es el dueño del fundo que tiene todas las vaquillas del entorno, desde el lago Puyehue hasta Entrelagos -me comenta la anfitriona.
El patrón se florea con camisa blanca, chaleco de lana, pantalones negros, faja mapuche, rigurosas botas con taco y espuelas y sombrero chato de ala corta. Luego, y sin mediar palabra, elige una "cabra chica" y la carga en ancas en su alazán. El flete caracolea entre los matorrales y una "guagua" mocosa llora con desconsuelo.
-Dicen que en cada fiesta se lleva la moza más guapa pa'l caserón del fundo -cuentan y entre risas agregan- Se comenta que desde que quedó viudo, consume el "viagra mapuche" y otros productos naturales que compra en Osorno.
La música vuelve a sonar. Algunos ya duermen a la orilla del lago. Dos "cumpas" se ayudan en mutua solidaridad, abrazados a sendos porrones de cerveza "Cristal".
El chillido de un pájaro que no veo entre el follaje de un ulmo florecido, me sobresalta e interrumpe la ensoñación.
-¡Vámonos ya, que pronto cerrarán la aduana. Antes de las 20 tenemos que pasar!.
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miércoles, 12 de diciembre de 2012
¡Tachín, tachín! Llegó el circo.
Voy a jugar también con mi globo rojo, casi como se divierten en el carnaval de Venecia, los arlequines, las colombinas y los polichinelas. Hoy visito la carpa gigante del circo. Lona azul, roja, verde y amarilla, primorosa, destella a lo lejos y atrae a grandes y chicos.
Diablillos púrpuras y azules, de mayor a menor muestran sus rutinas de piruetas, saltos y roles sobre la alfombra mullida. Un payaso y dos acólitos dialogan con sus instrumentos. La hilaridad recorre el ambiente, mientras la música suena hasta atronar. Los chicos apluden sin descanso y se paran para no perder detalles de la historia que los hace reír.
Los adultos se apresuran a comprar nubes de azúcar rosado y garrapiñadas y sientan a los niños porque el espectáculo está comenzando. Me acomodo arriba en la estructura metálica, donde supongo veré desde muy cerca a los trapecistas volantes. Pero no, la caminata del equilibrista da comienzo, elegante, sobre el alambre tenso. Al llegar hacia mi lado, me toca con su vara mágica. Me transmite una corriente de simpatía y me siento con la audacia de los acróbatas. También yo salto y me imagino que doy vueltas con ellos en la cama elástica. Los aplausos y las risas, no son para mí, presiento.
Se despliegan telas de colores; un muchacho se yergue con toda la fuerza de sus músculos y desciende; se enrolla desde los brazos, se sujeta por los pies y cae cabeza abajo, hasta que el elástico de su cuerpo lo eleva otra vez. Abajo, en la pista, una contorsionista de traje color piel se arquea hast juntar pies con cabeza; se sostiene sobre sus manos y así camina al encuentro del acróbata de las telas, para estirarse con toda su elegancia y saludan.
Fiesta de color, de proezas y de sonidos estimula la energía y la fantasía. Viene el intervalo y me sumerjo en los recuerdos de cuando era niña. No me daba cuenta de ciertas cosas, por aquellos años, cuando de la mano de mi padre, íbamos a ver a los animales enjaulados, alrededor de la carpa grande, junto a los carromatos. No veía la tristeza en los ojos del tigre de Bengala, ni el lagrimeo de los monos piojosos. No percibía el cansncio del elefante viejo, en su traje gris arratonado, ni la abulia de los leones sacudiendo las moscas con su cola, ni veía la joroba de la jirafa vieja, que casi había perdido la nitidez de sus rayas.
Tampoco sabía que las rutinas en cada espectáculo se habían logrado, a fuerza de látigo y castigo. No podía distinguir que, a través del gesto pintado de risa y alegría, el payaso estaba triste, casi prisionero en la monotonía de días iguales, exactos, que sólo veía en su trashumancia, caras desconocidas y pueblos con paisajes dispares. Evocaba la sonrisa ficticia de la mujer que, pegada a la pared, recibía los cuchillos que lanzaban para enmarcar su contorno y luego sonreía. Agradecía los aplausos y los gritos de admiración.
Dejo de lado esos pensamientos tristes, me seco las lágrimas y gozo viendo la felicidad de los chicos. Activan los juguetes luminosos y las pelotas de broma que, al lanzarlas vuelven a su dueño, atadas de un piolín. Hay globos de colores e inmensas pelotas para desplazarse sin caer...
Ya anuncia el maestro de ceremonias, de frac y galera, que el espectáculo continúa. Aparece una familia de atletas en monociclos. Volante arriba, pedales abajo, hacia adelante, hacia atrás, bailan al ritmo de una bachata. Una bicicleta plateada, pequeñísima, hace círculos en la pista de luces de colores.
Viene después un mago que nos cautiva con fantasías de paz y de paloma. Un conejo temeroso sale de una chistera y vuelve a esconderse en la caja de terciopelo y lentejuelas.
Me quedo quieta aquí arriba, hasta que todos los artistas salen a la pista. Un chorro de luz ilumina a los acróbatas y después saludan al público. La función está concluyendo y se van con sus chirimbolos, al ritmo de las chirimías.
Aprovecho el momento de confusión general y me escapo por el hueco en lo alto de la carpa. Veo el cielo tachonado de estrellas. Una inmensidad conmovedora; me pregunto ¿esos pequeños acróbatas van a la escuela?
sábado, 12 de mayo de 2012
Espejismo fugaz con arnés.
La mente gira y gira y se suceden episodios e instantes que se esfuman así, como llegaron, pronto y rápido, para pasar a otras sensaciones, otras emociones. Como un caleidoscopio van desgranándose imágenes, colores, luces, y también olores y sabores.
En las escalinatas del Washington Square Park, mimos y malabaristas dan su espectáculo a la gorra. Un pintor boceta el paisaje urbano e improvisados músicos callejeros expresan sus melodías; una armónica solitaria contra una columna; una guitarra melancólica de blues, en la vereda. Los sonidos de la música, la vocinglería de los estudiantes y el aroma de café, capuccinos y pizza, que vienen de las calles laterales, van crteando el encanto de esa tarde en el Greenwich Village de Manhattan.
No me doy cuenta, cuando poco a poco, la bohemia va invadiéndome y me encuentro de la mano de Marcel Duchamp en la cúspide del arco de la plaza. Me habían atado un arnés y me encaramaron con suavidad. Él está proclamando la república libre e independiente de Washington Square, estado de Nueva Bohemia. Desde allí puedo divisar al joven Bob Dylan en "White Horse Tavern", garabateando las letras de una canción, guitarra en mano. En la entrada de un edificio con barandas de hierro forjado, un viejo escritor toma notas. Creo, si no me equivoco, es John Dos Passos, o quizás sea Henry James.
Aunque no vea flamear la bandera gay desde aquí arriba, sí puede verse el grupo escultórico dedicado a la comunidad. George Segal invita a los paseantes a transitar por el lugar y detenerse para el reposo.
Va cayendo la tarde; el sol se esconde tras el arco gigante y bajamos, Marcel y yo, haciendo rapel ¡Oh, sorpresa!, al pie del arco, Robert De Niro me extiende su mano y me invita a "Blue Note" para escuchar jazz. Un amigo, Erico, esta noche debuta. Antes, nos detenemos a degustar un brunch: salmón con alcauciles y cerveza belga, sentados casi enfrente de una enorme escultura de Picasso.
Ahora el fugaz espejismo va desvaneciéndose, y porque no tengo arnés, ni mosquetón, prefiero descender el paredón saltando piedra a piedra por el camino de las cabras. Ya en el prólogo del sueño, veo un arcoiris gigantesco que esconde figuras recortadas en blanco y negro. Oigo los violines del arroyo. El aroma intenso de hojarasca y de hongos, deja sin contraste y sin relieve a los recuerdos. Se oye el toc-toc de un pájaro carpintero por el robledad y un colibrí desorientado, revolotea saludándome.
jueves, 6 de octubre de 2011
Esta tarde bailé con el Quijote (en dos entregas)
Voy por la calle de los Recoletos en el centro histórico de Toledo y me encamino hacia la Plaza del Zocodover. "Mercado de las bestias" le decían cuando en ese lugar se hacían las ventas, el comercio de ganado y de mercancías.
Cerca de la Catedral compré una navaja toledana para regalo y una bota de vino, como presente. Admiré tapices, esculturas, cerámicas, tejidos y toda clase de artesanías de Castilla - La Mancha. Me llamó la atención la exposición en las vidrieras de trajes medievales para hombre y para mujer, en venta o en alquiler.
Esta tarde, calurosa y soleada, me invita a recorrer calles y callejuelas, el Museo del Greco, la Mezquita de las Tornerías y del Cristo de la Luz, el Barrio de la Judería, el Museo de Santa Cruz, más obras del pintor famoso, conventos, iglesias, monasterios, sinagogas... En su interior, el frescor me recupera el pulso y me embebe el sudor. Me abstraigo de tanta tradición sefardí, de tanto rigor religioso, de tanta Reconquista. Tanta cultura de siglos, cristianos y moros, y la historia, agobian mi mente y abruman mi cuerpo cansado. Tanta grandiosidad contrasta con la pequeñez de los paseantes que, como yo, quieren mimetizarse con el monumental cielo azul de Castilla.
Quiero salir otra vez al trajín de la ciudad, el Ayuntamiento y los dibujos y caricaturas del ingenioso Hidalgo. El teatro Rojas es una romería de lectura silenciosa y continuada de la épica castellana. "Aniversario de la muerte de Cervantes. Día Internacional del Libro" -anuncian en cartelera un variado programa.
Ahora camino hacia la feria; los feriantes ofrecen sus productos y me asombro; una aldeana de falda larga, camisa y cofia, invita a degustar una cazuela campesina, entre vapones aromáticos; un mozo de sayo corto con volados y calza, muestra aros, pulseras, anillos, medallones; otro joven de jubón ajustado, babuchas y pantuflos, vende alforjas, bolsos y valijas en telar; una gorda aldeana bizarra se empeña entre sartenes y jamones, mientras el labriego flaco y quijotesco, horquilla en mano, hornea unos gordos panecillos. A su lado, un burro viejo se hunde en una parva de heno oloroso. Más allá, una pareja de artesanos rubios con sombrero de copa puntiaguda y ala corta, confeccionan piezas de vidrio y metal. A sus espaldas, un mate y un termo me llaman la atención, dispuestos entre gemas pulidas y piedras rústicas.
-¿Son argentinos? -les pregunto.
-Sí. Estamos recorriendo España para las fiestas patronales -su entonación no es lengua romance, ni genuino español, es auténtico lenguaje rioplatense.
-Yo también. ¿Me convidan con un mate? -les digo. -Los reconocí por el aspecto, la entonación, y el equipo de mate. Hace días que no tomo y lo extraño -y ese sabor amargo, elixir de los dioses de las pampas, me quita la sed y me reconforta para seguir el recorrido.
Entretanto, comienzan a oírse unos sonidos dulces mezclados con el rumor de la calle, las voces y el trajinar de los transeúntes. Por un momento, todo se vuelve silencio y muchos corren hacia la calle de la Trinidad, de donde proviene la música. La cadencia de un laúd, los agudos de las chirimías, los graves de un trombón de varas y la rusticidad de los sacabuches de calabaza, llenan el espacio. Los músicos preceden a los actores disfrazados de caballeros, de pastores, de aldeanas, de labriegos. Entre ellos se destaca una alta figura, gallardo caballero de armadura brillante, peto, espaldar, loriga, morrión y espada enfundada, mas sin escudo, porque no va precisamente a la guerra. Mira con altivez hacia la lejanía, por sobre las cabezas de los curiosos, sin ver, como soñando la libertad. Ël sabe que son sólo utopías. A su lado, su escudero Sancho, de caperuza emplumada; el sayo con cuello en lechuguino no alcanza a cubrir su abdomen prominente; capa de vibrante bordó, calzones, medias, abarcas y una amplia sonrisa bonachona. Al otro, una Dulcinea rozagante de cachetes colorados luce refajo a rayas con vuelos, corpiño de terciopelo negro y pechuguín con puntillas blancas; de su cofia asoman unos rulos rebeldes y cubre sus hombros, una pañoleta anudada en el torso.
sábado, 11 de junio de 2011
No sé qué hacer con el nene (1º parte)
-Nos vemos ahí, entonces. A las 19.
Las amigas habían acordado encontrarse para ver un espectáculo de música y después conversar un rato, porque hacía mucho que no se veían. Alicia y Silvia, las dos, habían transitado escuelas secundarias y ahora están en retiro obligado. Una, como directora; la otra, como supervisora.
Frente al espejo, Alicia se mira minuciosamente antes de salir. No quiere dejar al azar ningún detalle del atuendo:
pollera blanca y camisa blanca con detalles negros, simulando escritura china. Los aros y la pulsera, acordes.También las sandalias blancas de tacos altos, y la pequeña cartera completan el conjunto. Alicia es muy coqueta y muy precavida.
-Mejor voy caminando, porque es cerca -le dice al espejo, mientras cuelga el bolsito cruzado sobre el pecho, sin olvidar el celular, que llevará en la mano. Repasa la boca con un lápiz labial rojo cereza y... a redescubrir la ciudad!
En el salón, cuelgan los móviles y se expone una obra de fina sensibilidad. La música va desgranándose, mientras el público se acomoda; es llamativamente heterogéneo. Ya se inunda el recinto con los acordes de guitarra eléctrica, sintetizador y violín.
Silvia disfruta de la presentación, aunque cada tanto, dirige su mirada hacia la puerta de ingreso, para ver llegar a su amiga. Le ha guardado un lugar. Irrumpen los aplausos, luego de un blues, o un negro espiritual. Han pasado ya, una reinterpretación de Piazzola, una música árabe con danza de ombligo y caderera con brillos y sinuosidades, y una obra de rock irlandés. Cuando la odalisca baila de nuevo, entra alguien, a quien ella no esperaba, y ocupa el lugar de Alicia.
Ya en la calle, a una cuadra de su casa, disfrutando del sol, repentinamente Alicia siente que le tironean la cartera y tratan de arrebatarle el celular.
-¡Qué hacés, pibe! -lo toma de la camiseta con fuerza, y sin soltarlo, grita sin gran esfuerzo, porque eso es lo que mejor le sale.
Mientras, los otros dos chicos corren en dirección al lago.
-¡Dale, dale, pegale! -le dicen los playeros de la estación de servicio y los curiosos en corro, atónitos, admiran el espectáculo.
A un costado, la artista de termofusión compone, febril, y va mostrando el proceso creativo. Un ensamble de vidrio con piedra, madera o metal.
Una frenada brusca en la playa de estacionamiento, junto a los surtidores, hace desplazar a los expectadores y Alicia no suelta la camiseta, mientras el chico estrella ¡Crash! el celular contra el piso.
El guitarrista, de pelo ensortijado y anteojos, tiene un aire de bohemio- intelectual-sensible; el violinista, recatado y juvenil. Es una ternura verlo.
Los músicos ya se aprestan a terminar la presentación, mientras pasan la gorra. Salida a la gorra. En tanto, el joven de la derecha, está dando los toques finales a las caricaturas de los protagonistas.
-¡Arriba todos! -y suben al coche policial Alicia y el ladronzuelo, hacia la seccional.
Los músicos atienden a su público, que sigue aplaudiendo. Mientras, un solista con guitarra criolla, pantalones de treking y zapatillas tenis, se prepara. Esta vez será folklore sureño y etno-melódico.
-Quiero librar un acta, donde consten los hechos -dice- y además, quiero que llamen a los padres del menor, para que firmen y se hagan cargo.
Afuera, la noche invita a pasear. Silvia rumbea hacia el Centro Cívico y allí puede degustar toda clase de exquisiteces patagónicas y paladear cerveza artesanal. Está a pocos metros de la seccional de policía. El jinete de la estatua ecuestre, indiferente, observa el movimiento constante. Silvia no imagina que su amiga está allá adentro. Ya, a esa hora, estará perdiendo toda clase de compostura: el pelo alborotado, el tajo de la falda, corrido hacia la derecha, la camisa con ideogramas chinos, arrugada cual bandoneón; habrá perdido un aro, ahora lucirá un unitario medio desvencijado y su boca será un manchón indefinido de frutos del bosque. Pero ella ahí, impertérrita, espera que lleguen "los adultos responsables" para firmar el acta.
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