Mostrando entradas con la etiqueta tango. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tango. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de marzo de 2020

Puntuación y ellos

Puntuación y ellos
En la milonga se conocieron.
Ella, con falda de pronunciado tajo, muestra un muslo fuerte y aguerrido, pero sugiere (aquí pongo puntos suspensivos); se adivinan caderas portentosas que continúan suaves hasta una cintura breve. Los tacones rojos y las medias red fantasean contorneadas piernas. Y el escote, que él miró con deseo, desde el otro lado de la pista, también provoca (de nuevo los puntos suspensivos)
Hace un momento, él le había cabeceado. De saco negro y pantalón ajustado, luce una figura esbelta. Una fuerte cabeza engominada y peinada con peine fino contiene un rostro cerril, aunque tierno. Los ojos vivaces sonríen al par de sus labios, como dándole la bienvenida.
Ella acepta y contoneándose, va hacia el centro donde las parejas están bailando. Los acordes de un tango compadrón (1) suenan; ambos se trenzan en el 2x4 (2). Ambos saben que los pies tienen memoria de un ritmo casi olvidado. La loción con perfume a madreselvas, la subyuga. Una pierna fuerte se introduce entre sus muslos, y la hace girar sobre su centro. El bandoneón acompaña, sensual.
Hasta aquí los puntos seguidos dan contexto y los punto y coma, amplían el escenario y las descripciones. Ya he dicho que los puntos suspensivos sugieren y cada uno interpreta a su manera.
Al final de la pieza, la música se detiene, pero sus ojos quieren prolongar el abrazo; los suspiros son un hiato que interrumpe el espacio y el tiempo entre los dos. Se alejan, porque así son los códigos, mientras un bandoneón y las guitarras lloran un tango tristón.
El animador anuncia luego a otra orquesta típica y comienzan las milongas con un ritmo socarrón de cortes y quebradas. El rasgueo de las guitarras divierte con juguetona alegría.
Ella, la del escote profundo (la llaman Marlene) se encamina nuevamente al centro. Otro mozo, de impecable camisa blanca y sin corbata, le cabeceó (3) con el funyi requintado (4) porque antes la había relojeado (5). Bailan la pieza en completa comunión al son del contrabajo, el violín y el clarinete. Al finalizar, otra vez los puntos suspensivos. Él va marcando como rulitos por la espalda descubierta de la moza. Dibuja circulitos en cada vértebra y termina en caracol cerca del coxis. No la quiere abandonar. Ella queda trémula en la sala iluminada. Allá lo ve, al otro compadrito, quien marcha hacia el milonguero, con la dignidad que le da el derecho de ser el primero, con la prepotencia intacta y con la fiereza de animal salvaje
El vino o el champán han caldeado los ánimos. Marlene entonces escapa hacia su lugar. Las otras parejas despejan el espacio, dispuestos a presenciar la inminente pelea, pero los rivales saben que no es de hombres alardear para defender a una hembra.
Hay empujones, rencor y miradas furibundas. Van hacia el arrabal de la noche estrellada… No se sabe más, no se ve más,  pero todos presumen el brillo de las facas a la luz de la luna; todos infieren que al costado de la zanja, uno de ellos quedará vencido.
Una bordona (6) suena solitaria como una conjetura, desde el fondo del bodegón. El humo de los cigarros enturbia la luz del farol.
Ella, al ver que el del funyi regresaba, victorioso y desharrapado, deja caer una lágrima, justamente en la acuarela borrosa, sobre la redondez del punto final.


(1) Compadrón: joven de los suburbios, fanfarrón, chulo.
(2)  2x4 son los compases del tango.
(3) Cabecear: saludar e invitar a bailar.
(4) Sombrero colocado de lado.
(5) Mirar con insistencia y liviandad.
 6º cuerda de la guitarra, la más grave. 

martes, 26 de junio de 2018

LUNFARDEANDO

Chapo la pluma y el pelpa y te escribo un poema lunfa.
Voy a chamuyarte un poco. No soy versero. Tengo un berretín.
Escribo al vesre pa lo chochamu.
Lo gomía no saben niente... pa'enamorar a las pebetas. Escriben paroles cachuzas, y las percantas le dan el raje a escobazos.
Pa' mí esto es un yeite. Me dan unas chirolas, o unos buenos morlacos, que es guita, eh?
Terminé de morfar. Me tiré en la catrera, no pa'apoliyar. Pa' pensar nomá. Y mi jermu, que no está.  Menefrega.
Más tarde prendo un faso, me calzo los lompas rayados, me aliso las crenchas y me voy pa' la yeca o al trocén.
-No seás gilún - me dicen - que la cheno está finiquitando.
Los cafiolos se yevan a las namis por el cayejón y me junan con displicencia.
Me duele el marote y se escucha un tango bien compadrón al salir del cabaré. Me tomo un feca, y ya me voy pa mi bulín.

jueves, 8 de marzo de 2018

Curiosidades desde Argentina

Hay dudas, certezas, contradicciones que es preciso develar y compartir. Entre ellas, se dice que Carlos Gardel, el zorzal criollo, es argentino. Los uruguayos se lo disputan también, y los franceses atribuyen su nacimiento en Toullousse.
Lo cierto es que su verdadero apellido es Gardés, descubierto recién en 1935, cuando acaeció su muerte en Medellín, Colombia.
Elena Irene Gardés, sobrina nieta de Gardel, ya fallecida, da testimonio a partir de sus investigaciones en Argentina y del viaje a Europa en busca de sus orígenes, en su libro, "Carlos Gardel y la raíz de la genealogía (Ed. Corregidor, 2004). Tengo en mi poder la obra y la partida de nacimiento del cantor, porque Elena era mi amiga. Carlos Gardel nació en Toullouse el 11/12/1890.
Bertha Gardés, madre soltera, guardó celosamente el secreto de quien fue el padre y se vio obligada a radicarse con el pequeño Charles Romuald en Argentina, adonde llegó con la familia que la acogió y con quienes realizaba trabajos domésticos. Vivieron desde siempre en el Barrio del Abasto, precisamente en la calle Jean Jaurés 735. Más de un siglo para develar la incógnita.
Es la historia de un amor prohibido. José Gardés, primo de Bertha, ingresado a la vida monástica, fue recluido por el Superior de la orden a Asia y luego a África. Ella sufrió el desprecio, la humillación y el desarraigo. ¿Bertha y José se encontraron finalmente? Se los contaré en la próxima entrega.

miércoles, 22 de abril de 2015

Tango-ajedrez

Los pies tienen memoria de un ritmo casi olvidado. Acepto el convite porque sé que podré llevarlas a todas, con galanura y maestría. Me coloco el sombrero requintado y en un guiño, abrazo a la primera para iniciar una historia completa, incluso con notas a pie de página. Viene otra milonguita de falda negra y tajo profundo y me saca el sombrero para ofrecerme otro y no sé a cuál elegir.
Brazos verdes como pájaros. Desdos de seda y alas que recuperan el vuelo, me dejan su polen flotante en un perfume que subyuga. Hay mariposas de luz y luciérnagas sensuales. Hay pétalos de coral y nácar, danza de contoneos y susurros de faldas y caderas portentosas, cinturas como juncos que se quiebran, se yerguen, se contraen. Hay balanceo de pechos como frutos maduros, seducción en la fragilidad de los gestos, párpados que caen como murciélagos y apagan unos ojos como centellas, que ríen, que provocan...
Las baldosas en blanco y negro se dibujan y se desdibujan en cada vaivén y los sonidos de mi cuerpo las abrazan a todas como la sombra de un árbol protector y luego me dejo llevar por anémonas y algas voluptuosas en un mar ignoto y canto de sirenas.

miércoles, 25 de marzo de 2015

AEROPUERTO

Estaba en la sala de espera de un aeropuerto, no importa cuál, porque no viene al caso. La cuestión es que era la hora en que el personal de maestranza, pasaba eos escobillones anchos, a grandes zancadas, para dejar lustrosos los pisos.
El muchacho que barría iba y venía al lado del sillón donde yo esperaba. Lleva los auriculares sueltos, colgando sobre los hombros. Oía su música y la compartía con quienes quisieran escuchar. En cada pasada, fragmentos de un tango con ritmo flamenco.

Con el pucho de la vida
apretado entre los brazos...
Se alejaba hacia un extremo, y al volver...

La vez que quise ser bueno,
en la cara se rieron...

Sonó su celular y se detuvo frente a mí para contestar y así pude escuchar otros versos:

Aprendí todo lo bueno,
aprendí todo lo malo.
Sé del beso que se compra, 
sé del beso que se da...

Continuó luego su trabajo y al pasar de nuevo:

Además corrés el riesgo
que te bauticen gil.

Me quedé pensando en los caminos que recorremos. Algunos, tortuosos; otros, llanos y en la planicie; otros son en escalada y hay que trepar en un desafío para llegar a la cima. A veces, hay que tomar decisiones, ¿por dónde sigo? ¿Tomo el de la derecha, o hacia el otro lado?
Supe que los errores son fuente de aprendizaje, pero ¡cómo cuesta superarlos y no volver a repetirlos! Otras veces, nuestras vidas siguen caminos paralelos, que van indiferentes y solitarios y casi nunca se encuentran, o tal vez, se entrecruzan en experiencias parecidas, y es necesario acompasar el ritmo para transitar juntos. Dos espíritus. Dos vidas. Dos individuos. En otras ocasiones, las circunstancias, el egoísmo, los deseos, los miedos, la falta de coraje, o el exceso de valentía, nos vuelven a desencontrar.  



sábado, 1 de febrero de 2014

Tacones rojos

Los pies tienen memoria de un ritmo casi olvidado. Esos pies están calzados en unos zapatos de cuero rojo de estilizados tacos y punta fina; en la costura del talón, remata un moño, también de cuero rojo. El sueño de toda mujer es usar unos zapatos así.
Mirados desde atrás, y hacia arriba, se extienden tobillos delicados que sostienen piernas torneadas, que se mueven según el hombre la lleva ¡y la sabe guiar con maestría y galanura! Hay memoria en la rutina de los pies, y ella lo sigue.
De una falda negra de pronunciado tajo, asoma un muslo fuerte y aguerrido; al otro lado, la falda sugiere, solamente, y se adivinan caderas portentosas que continúan suaves, de una cintura breve. Un cinturón negro la ciñe a la perfección.
Hace un momento tan sólo, ella aceptó el convite, cuando un joven, entre tantos otros, le había cabeceado y fueron juntos al centro de la pista. No recuerda su rostro, aunque puede ver, girando, a las parejas en el salón. ¿El Folìes Bergere? ¿o el club social y deportivo del barrio?
Como no puede vislumbrar su rostro, porque ahora su mejilla está pegada a la suya, se anima a palpar su cabeza y siente cabellos engominados peinados con peine fino. El perfume que emana le recuerda el olor de la "Glostora" que usaba su padre, antes de ir a trabajar a la oficina. Una barba incipiente le raspe, entonces intuye que no se ha afeitado. Así es como recuerda el olor de la loción para después de afeitarse, que usaba el viejo cuando, mirándose al espejo, silbaba "Yo soy del '20..."
Una pierna fuerte de pantalón ajustado (lo presiente de terciopelo negro), se introduce entre sus piernas y la hace girar sobre su centro. Las baldosas en blanco y negro, como un tablero de ajedrez, (y ella se siente una reina) se desdibujan y el perfume de ese hombre la subyuga, más todavía cuando una mano, como un sello, se estampa en la espalda descubierta y los dedos largos de pianista dibujan circulitos en cada vértebra, y terminan en un caracol al final del escote, cerca del coxis. Un aliento cálido le calienta la oreja.
El tango terminó y ella se entera recién cuando el joven la aleja lentamente de su rostro, para observarla. Una mano le descorre el bretel, y con la otra, desde la nuca esbelta, le acaricia un hombro. El camafeo que adorna su cuello se desliza. La melenita negra, a lo "Edith Piaff", parece sonreir. Ahora ella lo ve con sus ojos grandes y negros de estupor, con las aletas abiertas de la nariz, con los labios rojos de corazón entreabierto, que dejan ver unos menudos dientes blanquísimos y una lengua roja, haciendo juego con el maquillaje. Los párpados se abandonan, sensuales, dejando que todos los sentidos hagan su parte.
Siente que una mano está sumergida entre sus muslos calientes y la otra se extiende para acariciar la espalda del muchacho, pero sólo encuentra una ausencia y la lisura de las sábanas gélidas a la derecha de la catrera.
Abre los ojos y le cuesta acostumbrarse a la claridad de la mañana. Ve el placard cerrado, la pared lisa, reconoce unos cuadros y en el espejo, las cortinas familiares y las pantuflas de felpa gris, una al lado de la otra, modositas, esperándola.