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sábado, 19 de enero de 2019

Reminiscencias

Un estremecimiento leve le dio el aviso. Su mano derecha comenzaba a entumecerse; quiso mirarla, pero la penumbra de la habitación silenciosa o la bruma de sus ojos secos no la dejaron. La otra mano mantenía su ritmo vital, entonces palpó el dorso y comprobó el grosor de las venas; supo que eran azules y que el fluir se hacía cada vez más tortuoso. 
No fue capaz de adivinar qué hora era, aunque el runrun exterior le indicaba que era de mañana; en el hogar comenzaba la rutina de cada día.
Visión nublada y sonidos perturbadores. Una mano cálida, y la otra, gélida. Su boca era un páramo de areniscas que no recibían el alivio de tan solo una gota y su lengua, un artefacto inútil que colgaba y  no lograba distinguir otro sabor que el de la saliva espesa. Un perfume añejo de alcanfor impregnaba todo el ambiente, camuflando otros posibles aromas.
Entonces, quieta en su recinto, sólo su mente estuvo vivaz y las reminiscencias comenzaron a aflorar.
Las yemas de sus dedos curiosos ya estaban recorriendo la pelambre de un pecho fuerte y una espalda vigorosa. Un sabor acre le despertó las papilas y mientras palpaba las cejas tupidas, adivinaba esos ojos negros sonrientes, que tanto la enamoraban.
Después, toda su piel se arrebujaba sobre un vientre abultado y lampiño y se dejaba mecer en los muelles brazos protectores, mientras un aroma de almizcle penetraba en sus narinas.
Más tarde, o antes, quizás, fue la música de un corazón jovial la que despertó todos sus sentidos y el silencio se hizo melodía en sus carnes agrietadas. un arpa gimió arpegios de un solo acorde; un violín destiló dulces gotas de emoción; un vibrante teclado le dio la cadencia exacta y el ritmo sincopado a su remozado latir. Un trombo-trombón anunció la tormenta y el final.

-Es hora de su medicación. -escuchó de improviso cuando la puerta se abrió.

La calma siguiente auguró el postrer vuelo de una mariposa saliendo por la ventana, sin temor de que sus alas se impregnen del rocío de un amanecer tornasol. 

domingo, 1 de mayo de 2016

Lluvias

Amarillean las hojas y rojean los frutos maduros.
Un ventarrón de agua destroza el ramaje,
como quebradura expuesta.
Hiere los árboles a muerte.
Lastiman las gotas violentas la piel de la mañana.
Vuelan los paraguas pero no los pájaros ateridos;
ellos caen con sordo estertor y rebotan sobre los charcos.
Me amarro a un tronco desnudo
y me dejo llevar por la correntada
por el medio del río, hacia abajo.
En un recodo encallo
sobre la podredumbre de espumarajos arremolinados
y flores muertas.
Me miro en el espejo de agua quieta 
y no quiero quedarme en las cuadrículas de la soledad.
¡Todavía estoy a tiempo!, grito
para competir con el rugido del viento.
Las ausencias duelen.
Me flagela el silencio, el vulnerable silencio
que me fabrico para abstraerme.
Ya me desapego en una lágrima sola.
Pincha el horizonte la aguja del sol
que crece para alumbrar el verdor de los sauces.
También lloran y la tierra hastiada de castigos ya no está sedienta.
Piso el borde del río maltratado
y desaparezco en el velo de la bruma.
Una fina llovizna todo lo calma.
Viene la quietud del atardecer
con la profusión de aromas que se alza.
Camino. Una efervescencia de chillidos renace.
El frío da cuchilladas en la cara, en los pies y en las manos.
Veo ahora plumitas blancas que cabriolean
hasta cubrir las miserias y los despojos.
Otra vez el silencio, cuando la sangre calla.
Sólo los pasos sobre la escarcha se oyen
y me guían hacia otros rumbos,
siempre más al sur. 

martes, 2 de junio de 2015

Indiscutible torbellino

-Sí, señor ahora me siento aturdido porque sé que este viaje me afectó los sentidosqué me dicen cuando despierto en medio de la noche sudoroso y gigantesco y asustado toco mi frente y descubro que soy Polifemo que formó la Isole Bella y hoy sus vibrantes colores atrapan y tengo antojo de un cognoli regado con vino Marsala pero antes acudo a la Diosa Deméter que me trae en bandeja un cous-cous de pescado ya satisfecho me topo con el capitano Schettino que ha que ha quedado en libertad en la esquina de un bar en Sorrento o en Salerno ya no me acuerdo y veo las taraceas tan ricamente creadas y las admiro y me siento Empédocles que quiere suicidarse en un cráter del volcán Etna y soy un personaje de la comedia de Luiggi Pirandello cuando veo su casa en Agrigento y le pido a Santa Agueda que detenga la lava o le rezo a Santa Rosalía de Palermo para que me libere de la peste y como es 23/5 voy a la manifestación antimafia por el aniversario de la muerte de Giovani Falcone y Paolo Borsallino luciendo mi camiseta anti-pizzi pero dudo "un attimo" y mejor hago el tour del Comisario Montalvano por Ragusa la Vigata en la ficción y me transformo en Icaro y voy volando hacia el sol hasta caer a los pies del templo de Zeus soy el gigante que duerme y las mujeres me tocan para mantener la energía mental y sexual entonces soy de nuevo Tifón en la punta del volcán y escupo fuego y provoco terremontos ahí está Caravaglio con sus tonos oscuros y rojos pintando vírgenes de pies sucios con las modelos prostitutas ahora voy hacia la cima del volcán Vesubio para despertarlo pero llego según las indicaciones en la pedra hasta el lupanar y me refocilo con las esclavas griegas salgo después por la puerta de Venus y me encuentro frente a un cartel en Viale degli Ammiragli Sex is Now 100% anónimo retrocedo con temor y voy a ver la audiencia del Papa Francisco en el Vaticano que está dando su homilía y tiene razón el amor no se compra en esta cultura del todo rápido es en realidad una construcción casi artesanal de a dos todos los días y yo estoy solo y confundido...

-Bien. Terminamos por hoy. Le recomiendo para la próxima sesión del jueves, que vaya revisando la historia, las leyendas y mitos y las características de la gente. Es lo que debería haber hecho antes de viajar para una mejor comprensión. Ci vediamo, Vincenzo!

domingo, 2 de noviembre de 2014

40/50

Una bolsa de cemento y una barra de hierro habían pedido en el corralón. Los vehículos estacionaban en fila para que los operarios cargaran fierros, chapas, alambre, tablones, tanques y toda clase de materiales para la construcción. Pasaban presurosos mamelucos con manos enguantadas y el controlador de carga. Era la hora febril del mediodía, minutos antes de cerrar.
Ella se quedó parada junto al depósito de hierro, sólo unos pasos delante del muchacho que los atendió. No tenía ojos en la nuca, pero sabía que una mirada penetrante la estaba desnudando; tenía puesto un equipo de gimnasia y, seguramente, emanaba olor a transpiración, y el muchacho estaba oliendo un aroma que lo atraía. Se entremezclaban con el olor del aserrín y el gasoil, cuando el barrendero pasaba el escobillón.
-¿Es tu hijo?- le preguntó de repente.
-Sí.
-¿Y tu marido no te ayuda?
-No tengo marido -y se dio vuelta sonriendo, para ver al muchacho de aritos enfundado en un mameluco azul que ostentaba algunas manchas de grasa.
-¡Qué pena! -se lamentó -¿Y vos salís?
-No.
-No te creo, ¿no vas a bailar? ¿no salís con tus amigas, siquiera?
-Algunas veces sí -respondió levantando los hombros, con una mezcla de desolación y picardía.
-Te voy a invitar. ¡Qué lindos ojos! ¡Y qué fuerte que estás! -se apresuró a decir y ella sintió un ramalazo de calor, que la ruborizó -Dame tu teléfono -insistió. Ella buscó en su cartera un papel y una birome y se conmocionaba, se confundía y se demoraba en esa faena, mientras pensaba que el chico podría ser su hijo -¡Apurate, que ya viene para cargar!- La birome no aparecía y ella se debatía entre las dudas, el tumulto de sensaciones y el orgullo de sentirse todavía una mujer apetecible.
-La ajustamos con alambre, así -sus manos se movían con la habilidad de quien conoce el oficio y ella pensaba que eran manos fuertes pero suaves, protegidas por los guantes de trabajo; presentía brazos potentes, capaces de ofrecer tiernas caricias, cuando el muchacho le tiró un bollito de papel, que la sorprendió, porque no vio cuándo lo escribió.
-No te vas a rrepentir -nuevos rubores le hacían transpirar las manos, mientras leía el número, que no se animaba a memorizar. -¿Qué pasa, me tenés miedo? -preguntaba, mientras controlaba que el capataz de la planta no lo viera, ni el hijo intuyera algo.
Ya en la camioneta, saliendo y maniobrando frente a caja, le alcanzó a decir por lo bajo: "mandame mensaje, que después te llamo"
Un remolino de emociones la turbaba mientras regresaban con la carga; hacía rato, demasiado, que no la halagaban. Desde que había conocido al otro, pensó, pero de una manera muy diferente, que primero sería sólo una aventura, pero duró años, hasta que el cuerpo del amante se desmoronó tan de improviso, y lastimosamente. Ahí estaba, con el papelito abollado, no se decidía a tirarlo, y mucho menos, a llamar.
40/80 era el tipo de hierro. Sí, el doble justo; seguramente ella lo doblaba en edad, aunque no en esas mismas proporciones... pero da igual ¿Lo tiro o no lo tiro?
Ahora que terminó de escribir este relado y que las musas llegaron, supo que esa inspiración había sido como un orgasmo largamente deseado. Un espasmo intelectual que la dejaba exhausta ante la hoja escrita (ahora sí había encontrado la lapicera) y las sábanas frías.
El chico del mameluco, aretes y guantes de trabajo estaría ahora en el corralón, intentando seducir a otra mujer de mediana edad, de buen aspecto y condición, y sola, en ese mundo de hombres rudos y resueltos. Parece que a él le gustan así, maduras y experimentadas, aunque tímidas pero sensuales. El capataz seguiría observando al mameluco que seguía en sus andanzas.