jueves, 28 de agosto de 2014

Apuntes para una escena

-Pase por aquí, para lavarse las manos, Lucía.
-No. No soy Lucía; soy su madre.
Una llamada que se corta, interrumpe su trajinar. Su nieta pequeña, está jugando con el cable del teléfono.
A su lado, en el lecho, observo cómo sus párpados cerrados se mueven vertiginosamente.
Un señor mayor le propone que adivine quién es. No lo sabe, pero tiene un parecido a alguien... tal vez sea el tío de la compañerita de banco de la primaria, Alicia. Ella se acerca para besarlo en la mejilla, pero el hombre se apresura, endereza su cara y la besa en los labios con extrema suavidad. Le da una foto de la adolescencia que él había conservado hasta hoy. Alicia, Marta y ella, las tres con cola de caballo, lucen sueltos vestidos veraniegos de colores estridentes; el suyo es amarillo huevo y piensa "Qué raro, si nunca usé uno así. Odio el amarillo huevo". Deja la foto sobre el camastro donde está la niña, que sigue enroscando el cable.
Sus brazos, abrazados (valga la redundancia) a la almohada, tienen un leve temblor.
Barre y barre y junta pelusas debajo de las camas, hasta que recoge el enésimo montoncito. Va a tirarlo en el tacho de basura, al lado de la canilla, que destila gotas de óxido, haciendo un charco.
Sus piernas se estremecen en la levedad del vacío y después son casi un pataleo sobre las sábanas.
Busca y no encuentra su anillo de lapislázuli. Se ajusta la cola de caballo debajo de la bandana, se escurre unas gotas de sudor y se limpia las manos en el vestido a cuadro, agregando manchas sobre su abdomen. No está, claro, si no tiene los anteojos. ¿Dónde habrán quedado? Sucede lo mismo cuando busca la foto que le habían entregado, pero intuye que está en los mofletes inflados que mastican; palpa la boca de la beba, al momento de toser, atragantándose, y allí están los trocitos mojados de la foto, dispersos sobre la colcha.
El piso que barre tiene franjas rectilíneas. Las paralelas no se cruzan. Unas, denotan el paso del escobillón, y otras, contienen toda la tierra de los años. Al lado de la canilla, el charco se agranda.
Oigo unos suspiros que más bien se parecen a ronquidos repetidos. Un sueño profundo y desalentador.
Por la vereda pasan las mujeres emperifolladas de domingo, hacia la plaza. Es la fiesta del pueblo y habrá desfile cívico-militar, dicen. Mira hacia la derecha y ve, frente a la puerta, una mesa tendida sobre un blanco mantel de hilo; luce una torta primavera con frutillas, kiwis y duraznos dispuestos en círculo. En el centro, las velas incrustadas en la crema son un seis y un uno. La cumpleañera le ofrece una porción generosa, pero al momento de tomarla, apoya la palita para recoger basura sobre el mantel y una lluvia de motas de polvo sobrevuelan la torta, hasta posarse sobre la crema. Ahora parece la nieve sucia después que el viento de la montaña arremetió con fuerza. Hasta un rulo de pelos se sentó sobre el sesenta y uno. La vecina la mira con ojos que recriminan, y se va, con la palita en una mano, y la porción de torta, en la otra.
Ahora está ordenando en una caja los muchos zapatos arrumbados en un rincón. Toca y adivina las formas y las texturas, mientras los guarda de a pares. Ahí están los viejos suecos, esos que hacen que uno se encariñe y, aunque estén rotos y gastados, uno no se decide a abandonar. Cuando descubre los tacones de las clases de tango, porque ve unos reflejos rojos, va palpando las agujas de los tacos altos, las hebillas, las tiritas de cuero, las presillas, y ahí está esa llave con su llavero que había extraviado. ¿A quién se le ocurre guardarlas en un sitio tan insólito?
Frunce el ceño, castañetea los dientes y sacude la cabeza hacia un lado y el otro. Varias veces. Veo a continuación, que se levanta, a tientas, se calza las pantuflas marrones y, arrastrando el camisón de franela, se dirige al baño. Esa cistitis la tiene a mal traer. De regreso, se encaja sobre la nariz, los lentes "culo de botella" que había dejado en el lugar correcto. Mira el piso y confirma que está perfectamente brillante y todo ordenado.
Al advertir mi presencia, recorre con sus ojos miopes mi frente arrugada, mis ralos cabellos canos y me da vuelta para analizar esa jiba persistente de dromedario, a ambos lados de mis paletas.
-Que conste que no me llamo Lucía ¿eh? -me dice y se coloca con displicencia el anillo de piedra en el anular derecho. Se lo había regalado como para firmar la paz, luego de una fuerte discusión, hace años. El lapislázuli es su piedra preferida, porque dice que favorece la comunicación y armoniza lo físico, lo psíquico y lo espiritual. Allí estaba, en el sitio apropiado, sobre la mesa de luz.

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