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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Lágrimas de cocodrilo.

En los pueblos petroleros, donde abundan hombres solos, siempre se instalan uno o varios cabarets, dependiendo de la densidad poblacional. Es que los hombres que desarrollan esa dura tarea en el desierto, necesitan momentos de esparcimiento. 
Los hay (me refiero a los cabarets) de diferentes categorías. Unos son de lujo, como si hubiesen sido creados para atender los caprichos de los jeques árabes. Y otros, son "piringundines" de mala muerte, al que concurren los obreros de menores recursos. Ambos, (me refiero al tipo de hombres) desean recibir los servicios de atención sexual, a cargo de mujeres que se ofrecen a cambio de dinero.
En la Avenida del Trabajo, el almacén de Ramos Generales, "El cedro del Líbano" vende productos necesarios de todo tipo, como pan, yerba, mamelucos de trabajo, alpargatas. Asimismo, "Women" a pocos metros, en horario nocturno, ofrece a sus clientes los servicios de los que antes hablaba, desde las luces parpadeantes de neón.
A este último local concurrí una vez con mi esposo, porque los muchachos de la empresa habían sido invitados para asistir al show de la cantante y bailarina brasilera, que andaba de gira.
La cuestión fue que, acodados en la barra, se nos acercó una "copera",; así se las llama a las chicas que, por una copa y unos billetes, venden su cuerpo. Raras veces, son cuerpos esbeltos y rozagantes; la mayoría de las veces, se trata de cuerpos maltratados por el tiempo y la miseria.
-Yo no elegí esta profesión -me dijo Denise, entre lágrimas, que se acababa de presentar. -Es la vida la que me trajo por estos lares.
La miré con indiferencia, porque no creía en sus lágrimas de cocodrilo, que se derramaban por unas mejillas resecas como el aire del desierto y por el cuello arrugado, disimulado con una bijouterie de fantasía. Con una mano como zarpa, se recompuso el maquillaje que comenzaba a borronearse. Y continuó.
-Tienes una linda mujer, muchacho, podríamos compartirla. ¿QUé te parece? -Eso le sugirió a mi esposo, como si yo fuera una mercancía de trueque.
Él se quedó mirándola con los ojos bobos de beodo y yo salí corriendo, a respirar el aire puro de la noche. Nadie me siguió y me quedé llorando con auténticas lágrimas de soledad y congoja. 
Me desperté con las estampidas, los frenazos, la gritería y los botellazos contra los adoquines. Una trifulca se había armado. Eran las 6 de la mañana. Escuchaba todo perfectamente desde mi cama, que daba a la pared lindera de un café, situado justo enfrente del cabaret.
-Lo que pasa es que la brasilera no se andaba con chiquitas. Provocaba a todos, y así quedó, tirada en la calle, hasta que llegó la ambulancia -Reconocí la voz de Paco, el mozo del bar, que conversaba con los parroquianos.
-Enseguida se vació el boliche cuando vino la cana, hizo la razzia y se llevó a los clientes borrachos, a dormir la mona a la comisaría. -Supe entonces, que mi marido estaría con sus amigotes.
-Me parece que ésta va a terminar como las otras que pasaron por acá.- Me acordé del caso de la chilena que dejaron en la punta de riel, justo en la frontera.
Antes de dormirme dudé y reflexioné sobre las lágrimas de cocodrilo de Denise, que así califiqué tan prematuramente. ¿O sería tan dramática la vida de las chicas del cabaret?

sábado, 1 de octubre de 2016

Antídoto

Tengo un amigo limeño, "el causita", quien desde siempre anduvo al borde del abismo, arriesgando su vida, escalando sueños. Y escribe "con calma, sin miedo, sin vergüenza"
Tengo otro amigo mexicano que le escribe a las "musas feas" (y a las otras) apostando al amor, "jalisciando" en gerundios y neologismos, que desafía a Dios, de puro transgresor que es.
Tengo otro amigo, el de Salamanca, que cura los males de la gente de su pueblo con medicinas y con poesía. Escribe odas (¿o antiodas?) al vómito. "Hay vómitos que dan vértigo"..."Vómitos amarillos de canuto"..."Vómitos en los portales"... Son epitafios con iracundia.
Lo cierto es que los tres, sin duda, quieren descargar sus mochilas y vaciar sus lados oscuros, para transitar caminos llanos o tortuosos, en ascenso o en descenso, los que vengan. El primero, rescata con palabras su devoción por la vida y el amor por todos los que hacen felices sus días. El segundo, quizás, tiene que pedir perdón por su secreta poligamia y otros entuertos. El tercero, tal vez, quiere purificar los pecados y las rencillas.
Escribir compensa las pérdidas y las ganancias, como el debe y el haber de la realidad y la fantasía, equilibra los daños y las bonanzas con la vara de la justicia y balancea en una telaraña las tristezas y las alegrías.
Y acá estoy, con la mano siniestra descansando en un colchón de hielo, palma arriba, palma abajo, para hacer bajar la hinchazón. Es que me ha picado una avispa carnívora, una "chaqueta amarilla" germánica y me ha inyectado su veneno. Todo porque, como de costumbre, ando metiéndome en donde no me corresponde, "metiendo la pata" (esta vez la mano). Y como soy diestra, neutralizo con la palabra, como ellos.

jueves, 31 de julio de 2014

Descripción para marcianos.

                                                                                                 Islas Cícladas, Mar Egeo;  junio 2014
Estimadísima profesora:
                                          Esta noche, casi madrugada, recordé la consigna que Ud. nos daba en las clases de Lengua, para aprender a redactar, "descripción para marcianos": deberás contarle a un extraterrestre cómo es un objeto: forma, tamaño, materiales, volumen, color, sabor, sonido, olor, usos y costumbres. Me acuerdo, señora, que en mi composición describí el mate argentino.
En esta ocasión describiré un objeto desconocido hasta hoy, para muchos como yo. Aquí lo llaman "drinking machine". Son tres botellas conteniendo diferentes bebidas, creo que es ouzo, raqui y retzina, unidas las tres como vasos comunicantes, a un único pico vertedor. Están apoyadas a una estructura de madera, en cuyo extremo hay una manija para maniobrar. Quien sostiene el artefacto, generalmente es un camarero o el dueño del bar o restaurante; es el encargado de "bautizar" o dar la bienvenida a los parroquianos o turistas. Hágase notar que la ceremonia se inicia una vez que los comensales hayan consumido parte de las delicias culinarias que ofrece el local, como por ejemplo, tatzaki, ensalada griega, pulpo asado, musaka y gran variedad de pinchos de pescados y mariscos. En estos momentos, el ejecutor (lo llamaremos así) se acerca a cada visitante y con suavidad lo toma por la frente, le coloca la cabeza hacia atrás, le pide que abra la boca y así, vierte dos, tres, y hasta siete gotas del coctail surgido de esas bebidas espirituosas. La cantidad de gotas es sugerida por los acompañantes, conocedores de la cultura alcohólica de sus amigos.
Es entonces, cuando un sabor indefinido y caliente comienza a descender por la garganta. Un toque anisado, posiblemente a causa del ouzo, una pizca ardiente de raki, con pasas de uva destiladas y un sabor picante proveniente de la retzina, elaborado y conservado con resina de pino con mucha gradación alcohólica. Todo se mezcla homogéneamente, a la par que sube a la cabeza provocando hilaridad, algarabía, fascinación y risas. Los griegos lo llaman "resplandor blanco". El ambiente se completa con otros tragos como la melanzana, que es grapa y miel, que se sirve caliente en primorosos jarritos. Brindis tras brindis (llamas/salud) van animando cada vez más la reunión.
Ëramos un grupo de más de veinte hombres, navegantes todos, que sugerimos también iniciar el rito con las mujeres presentes. Cuando se inicia con la cocinera, que observaba la escena con los brazos en jarra, secándose las manos en el delantal, el ejecutor recibió una sonora bofetada que lo hizo desistir.
Algunos, en actitud desprejuiciada, van desabrigándose hasta descubrir sus torsos desnudos y tatuados primorosamente. Otros ríen ante el sin sentido de la conversación. ¡Llamas! Otros se retiran hacia el rincón más oscuro. ¿Para qué? No lo sabemos. A algunos les sobreviene la nostalgia por un amor lejano y gruesas lágrimas caen por sus rostros curtidos de navegantes solitarios. Hasta hubo una ocasión en que los "bautizados" le sirvieron más de ocho tragos al camarero, al momento que otros lo iban desvistiendo. Algunos, se fueron abrazando a las mozas del lugar. Lo curioso es que la guardia local no intervino, ni el cura de la iglesia ortodoxa, que observaban desde las sombras, en la vereda, debajo del campanario.
En mi caso, profesora, me alejé hasta el mirador de la isla, el que había servido de observatorio para controlar a los navíos enemigos. Me acordé de usted, porque las buenas docentes no se olvidan tan fácil, y comencé a recordar la consigna. "Descripción para marcianos". He aquí la correspondiente a este raro artefacto griego. "Drinking machine" le dicen en Folegandros. Tres botellas... ¡Bah! ya lo he descripto más arriba.
Siento un nudo en la garganta y se me retuercen las tripas, cuando veo la luna alta que cabrillea sobre el mar calmo y cuando escucho a las sirenas que me llaman desde el promontorio. Sé que no es verdad, pero, juro, estuve a punto de lanzarme desde el muro, en busca de un poco de amor. En cambio, decidí volver al albergue y subí zigzagueando la zigzagueante cuesta entre los olivos y el perfume de azahar de los naranjos. ¡Esos aromas emborrachan!
Aquí estoy escribiéndole, y me animo a confesarle que siempre estuve enamorado de usted. ¿Suele pasar a menudo, no?
                                                     
                                                     J.C.C. ( o bien podría ser Aquiles o Heracles)

miércoles, 3 de julio de 2013

Estampas cartaginesas

Hoy es un día festivo en Cartagena de Indias. Ya anoche fue una fiesta el recorrer la ciudad amurallada en "La consentida", la chiva de la parranda. Todavía me dura la resaca, me pesan las sienes y los párpados de tanto ron y tanta algarabía. Todavía retumban en mis oídos los ritmos valletanos del baile desprejuiciado, las risas, las bocas lascivas y los dientes de marfil. Entonces decidí caminar por el barrio de Getsemaní, el bastión que los independizó del asedio español y sus rapiñas.
Es la zona bohemia de la ciudad, su arrabal. Marito, el vendedor de pan de yuca y arepas con huevo me cuenta. "Te comparo con las flores, la más verdadera, prenda de mi corazón"- voy silbando la canción.
-En estas pocas cuadras se asentaron los africanos esclavos que lograron escapar del yugo. Mi bisabuelo decía que allá, en la Calle de la Sierpe, un grupo de héroes, y mis parientes, entre otros, armaron la turbamulta que depuso, en 1811, la dominación española. Getsemaní significa barrio de la expansión, también llamado "Media luna".
Había leído que ya en 1539 aquí confluía un núcleo de población no hispana, nativos y extranjeros. Más allá de la independencia, y cuando sus países se vieron amenazados, arribaron inmigrantes libaneses,árabes, sirios y palestinos, quienes vinieron a añadir sus costumbres y el oficio de comerciar toda clase de adminículos vernáculos, y no tanto. Veo artesanos negros, descendientes de los reductos esclavos que huyeron de las plantaciones, donde eran explotados, supongo.
A esta hora de la mañana, cuando el sol aprieta y el bochorno calcina la piel y el entendimiento, la intrincada urdimbre urbana, la tramoya citadina, los tahúres, los drogadictos, los ne-revolucionarios, los poetas y los traficantes, empiezan a deambular entre los perros callejeros. Ahora están ofreciendo, trocando, fumando y riendo, con la alegría de vivir la ciudad. De las ventanas de las casas de todos los colores, las señoras sacuden y palmotean las sábanas del amor.
-¿Quién es aquélla? -pregunto y señalo hacia el callejón de Vargas.
-Ésa es la Carmelina, que vende su cuerpo a toda hora y hace pactos con el diablo -Es una mujer morena de infinitos pliegues en el rostro, aunque conserva en sus ojos la vivacidad de la raza. Adorna su cabeza con flores y frutos. El colorido de su atuendo es capaz de imitar a las mariposas de la selva, que atraen por su belleza.
Me siento en un bar del Baluarte de San José. Pido una limonoda con agua de coco y observo a un pájaro negro y bullanguero de plumas brillantes. Divertido, va de rama en rama, hasta que se acerca a una de las mesas para curiosear. Luego sacudo sus plumas en el estanque. El mozo, que ha seguido la trayectoria de mi interés, me dice que lo llaman "María Mulata", y que todos vienen desde el manglar de la Isla de Manga. Hasta le han hecho una escultura, camino a Bocagrande.
-Ah!, igualito al trago. Pero hoy no, al menos por ahora, no beberé más ron -El olor de la fritanga viene de la calle y me despierta el apetito.
-Sírvame, por favor, una sopa de pescado y una mojarra con patacón y pan negro de banana.
Debo tomar nota de todo aquello que voy conociendo, de las historias, de las leyendas y de sus personajes. Circulan por las callejuelas, hombres con mamelucos. Son los del barrio delo Mamonal, supongo, y van como si sus overols se hubieran adherido a la piel. Y marineros y estibadores, también turistas y botones de los grandes cruceros, que descienden desde el terminal marítimo.
-Dígalo nomás, brodercito. Anímesele!
-Pero qué ricura, mamita. ¡Qué negrita más sabrosa!...
-Si he gozado la noche de la salsa y de la rumba, si la he bebido completica, si he andado sola y acompañada, salgo ahora, atolondrada, a meterme entre el barullo de la gente -contesta ella, como al pasar.
Desde el cerro de la Popa, recreo la leyenda del Cabrón. Así le decían al cura de la congregación de los agustinos, que se había enojado cuando veía a los indígenas y a los esclavos haciendo sus celebraciones con bailes, fuego y carbón. Macumbas y danzas diabólicas, tan alejadas de los propósitos de la evangelización. Entonces, en un exabrupto, arrojó al vacío, desde las murallas del convento, un cetro de cincuenta kilos de oro. Dicen que no era macizo, sino sólo recubierto de oro. Sin embargo, y habiendo caído en la cuenta de la pérdida, mandó a buscarlo en el fondo del precipicio. Tal era la avaricia y la incomprensión. Veo en las laderas del cerro, casas humildes, abigarradas y coloridas que se esfuerzan por no caer más, y muchos niños que bajan a la ciudad.
El convento de la Popa fue construido en los inicios del siglo XV. De estilo colonial, alberga a la Virgen de la Candelaria. Su altar, de estilo mudéjar, fue laboreado con madera recubierta en laminillas de oro y fue traído desde Sevilla. Imagino el andar de buque, galeones y carabelas surcando el Atlántico para transportar el oro de América. Cuento esto para ir aproximándonos a las historias de piratas y filibusteros, que luego relataré.
Enfrente, la Laguna de Chambacú, antes virgen. Ahora, contaminada por los desechos industriales del Mamonal. La ciénaga de la Virgen es un pantano ya recuperado, al que han realizado procesos de desalinización y potabilización del agua.
La avenida principal, Pedro de Heredia, el fundador de la ciudad, nos lleva, a los otros periodistas y a mí, hacia el fuerte San Felipe y Barajas, razón de ser de la ciudad amurallada. Cartagena fue el principal puerto, donde se guardaban los tesoros de oro, plata y esmeraldas, que después eran enviados a España.
Me interno en el túnel del tesoro e imagino las ciento ochenta embarcaciones ancladas en la bahía, cuyos hombres estaban listos para atacar. ¡Al abordaje! -gritan con salvaje osadía. Hay casamatas, pasadizos, celdas, ventanucos, torres de observación y cañones apuntando hacia el mar. Corsarios ingleses, franceses y holandeses se disputaban las riquezas. El mayor saqueo fue en 1615, cuando Francis Drake invadió la ciudad. A partir de allí se decidió construir la muralla, que tardó años y cuenta con once km. de longitud. Dicen que piratas franceses robaron once millones de onzas de oro, que llevaron a su rey, Luis XIV, quien terminó de construir el Palacio de Versalles. El fuerte y la muralla llevan ese nombre en honor a Felipe IV y al conde de Barajas.
Mira al norte la India Catalina, hacia el Corregimiento de Galera Zamba, y tiene su estatua. A poca distancia, la Plaza de las Bóvedas, donde los españoles guardaban las provisiones y las armas para defenderse de los atacantes.
-¿Por qué? -indago.
-Catalina, la hija del Cacique Zamba, de los indios calamarí, tenía catorce años cuando en 1509, el explorador Diego de Nicueza la raptó y fue conducida a La Española, actual República Dominicana. Allí fue evangelizada. A los treinta años, la regresaron a Cartagena, para oficiar de traductora. India Lengua, le decían. Fue intérprete del fundador, Pedro de Heredia.
-Y ahí viene la historia controversial -agrega un guía desocupado, que se protege a la sombra del monumento.
-Porque Heredia la llevó ante el Cacique Zamba, y tras una gran matanza de indígenas, los sobrevivientes se sometieron. Casaron a Catalina con el sobrino de Heredia y se fue a vivir a Sevilla, de donde nunca más regresó.
-¡Ah!, ¿por eso dicen que fue una traidora?
-De alguna manera volvió, porque le rinden honores. Sí, este monumento fue erigido algunos metros más allá, y luego trasladado a este lugar, para construir el sistema de transporte "Transcaribe", que vemos hoy.
-Recuerde, amigo, que hubo marchas y protestas por tal traslado. Algunos sugerían derribarlo definitivamente.
-El escultor, don Eladio Zambrano, se opuso firmemente.
-Son las grandes discusiones políticas según el transcurrir de la historia. Sucede algo similar en cada país de nuestra América.
-Fíjense, yo vengo a cubrir las notas del Festival Iberoamericano de cine y acabo de enterarme que la estatuilla que entregan, es la figura de la India Catalina. ¡Qué jaleo!
Me alejé pensando en eso de las conquistas, del poder, de las muertes injustas, de la riqueza, de las rebeliones, y al fin de cuentas, de lo efímero de las cosas. Pasé por la Calle del Curato de Santo Toribio. Un paredón color durazno rodea la mansión de García Márquez. Un guardia de seguridad vigila y me imagino al Gabo negociando con Mick Jaegger el precio de la residencia.
-Y yo sin "blancas"...
Paso por el Hotel Santa Clara y se oyen los tamboriles de Totó, la Mamposina.
-Y yo sin "blanca"...
Ya me había despejado y entré a una taberna sombría.
-Un María Mulata, con hielo, por favor.
¡Pensar que en todo este tiempo no me dediqué a averiguar quiénes son los postulantes del cine iberoamericano, que esta niche serán reconocidos con la estatuilla de la India Catalina!
La Carmelina, la María Mulata y la India Catalina, aún están rondando mi cabeza. Tarareo una conción... "Porque las lluvias eran verdes y la tierra se vestía aún de fiesta, es bueno meter los pies dentro del barro"
Yo veo en torbellinos la bala de cincuenta kg. del Museo del oro y el torso desnudo de los buscadores de oro en el río Cauca. Giran las imágenes, la negra prensa inglesa que fabricaba monedas (¿y el respaldo de la moneda de curso legal?) ¿Cuántos colombianos me dan por cien dólares? ¿Y por cien euros? Y las esmeraldas en bruto, y las joyas...
-Amigo, es la hora del abordaje.
-Vamos por la Calle del Arsenal, entonces.
-Allí encontrará niñas esbeltas, como la India Catalina, caribeñas de muslos de ébano, gordas de Botero... Hay para todos los gustos.
-Busco una niña de ojos de esmeralda, ¡aunque tal vez me encuentre con una anaconda, amigo!
"Te comparo con las flores, mi Carmelina, la más verdadera prenda de mi corazón" La parranda ya empezó.






jueves, 30 de mayo de 2013

Arte abstracto. Arte efímero

Ha concluido ya la presentación de las obras ganadas por concurso para ser instalada en plazas y parques de la ciudad de la Patagonia, que goza, por cierto, de gran belleza natural. Soy un artista contemporáneo que hace arte efímero. El gobierno nacional, que auspició el evento, reconoció mi obra, como de alto contenido social. "Una denuncia en los tiempos que corren es un llamado de alerta para concientizar a la ciudadanía en el cuidado del medioambiente. Arte no figurativo, arte conceptual, a través del cual los admiradores de ese estilo, seremos capaces de descubrir la belleza, como en esta obra. La carroña que aflora de un receptáculo para basura, por donde sobrevuelan insectos de toda calaña y hasta alguna rata, es arte".
Las palabras del funcionario de cultura me emocionaron grandemente. Los escolares aplaudieron con fervor, azuzados por las maestras, especialmente cuando se mencionó el gran esfuerzo financiero que el Ministerio de Cultura y Educación de la Nación está haciendo para promover el arte en todas sus manifestaciones, y en todos los rincones del país. Arte itinerante, dijeron. Eso es el programa "In situ"
Entretanto, pensaba, no se explicitó la corriente artística, el arte efímero, donde los artistas de mi talla son capaces de crear, como un destello fugaz y como ángeles protectores, la acusación por la inmundicia que invade todas las ciudades.
Ayer se realizó el evento, y como "todo delincuente vuelve al lugar del crimen", yo regresé para admirar en soledad mi obra. Pero, ¡oh sorpresa!, estoy viendo al placero encargado de barrer las hojas muertas de la plaza y de regar las plantas, que estaba desarmando mi obra y la estaba depositando en un cubo para basura. Enrollaba los hilos invisibles de donde colgaban los moscardones, tiraba con asco la rata de cartón... Y bueno, pensé, es arte efímero, y como tal, dura poco. Se ha cumplido el objetivo. Me senté en un banco del parque y recordé otras obras intervenidas y otras obras que denuncian.
En una "vernissage", el público admiraba la obra de una joven artista. Su diseño era un modelo de gala instalado en un maniquí de cabeza calva, que lucía un vestido hecho exclusivamente con sobres de preservativos de una única marca. Esto le daba una tonalidad dorada, tornasol, casi fosforescente, y destellaba ante las luces de la sala de exposiciones. Los mustios y azorados asistentes, podíamos degustar las "delicatesen" que ofrecían; una particularidad, los bocaditos podían ser tomados de unas bandejas en miniatura, que eran muchos moldes de dentaduras postizas. Obra de la artista, por supuesto, no de un técnico dental.
Me voy caminando, pateando latas y mascullando, por una calle en pendiente que da al lago y veo la obra premiada en 2º lugar. "La nadadora" es un manojo de alambres colgados de los cables de la bocacalle, cuya cabellera cae, pesada, perpendicularmente hacia abajo. Siempre bajando, da la sensación de que la silueta está nadando en el lago azul. Un detalle que ahora advierto. Cuando nadamos, los cabellos van sedosos hacia atrás, no caen de esta manera. Error conceptual, error semántico, me digo. Me alejo, y sigo esquivando pozos, papeles y botellas plásticas.
Siempre cavilando con los dientes apretados, voy a dar a un bodegón de los suburbios, donde suele encontrarse "la flor y nata" de la bohemia citadina. Escultores, músicos, poetas, pintores. Todos se encuentran allí, departiendo en pequeños grupos, indefectiblemente, munidos de su correspondiente trago de colores y tamaños diversos. El ambiente está tornándose azulado y es casi imposible ver con claridad, a causa del humo de los cigarrillos, del hogar y otras yerbas que humean con pereza. Como nadie nota mi presencia, opto por sentarme en el rincón más oscuro de la cueva y comienzo a beber, también yo, para alentar a las musas distraídas y a espantar a los monstruos que suelen habitar en mi interior. Como consecuencia, una pena enorme me taladra hasta la médula. Esto es cuando,  como tras el vidrio defectuoso que circunda un auditorio, veo y escucho las palabras de mi abuela francesa.
-Me acuerdo que todos los niños de la campiña salíamos al sendero que llegaba a nuestra casa, al momento de oír el chirriar de la bicicleta de Monet. Él llegaba sudoroso, pero sonriente. Su casa en Giverny, quedaba a pocos kilómetros de la nuestra. Claude era una visita habitual... Por aquel tiempo ya lucía una incipiente barriga y su barba larga estaba cana.
-Necesito a una jovencita como modelo -le decía a nuestro padre- y yo me ofrecí a posar, pero papá, a cambio, le sugirió que pintara los campos de amapolas. Algunos días luminosos aparecía un pintor, uno de los que se hospedaban en el hotel de la villa, cargando su tablero, su paleta y los pinceles. Yo no sabía que era uno de los seguidores del maestro. Mi padre contaba que les llamaban "los impresionistas". Después supe que en nuestros campos estuvieron Cèzanne, Manet, Degas, Renoir, y hasta Marcel Proust, el escritor. Todos pintaban, por indicación de Monet, un motivo repetidas veces en distintas horas del día. Inventaron la pintura en serie.
Veo a la viejita, como la recuerdo en la única foto familiar, arrugada y sabia. La imagino con ese dinamismo que la caracterizó hasta el final de sus días. Vestido liviano, delantal a cuadros, falda amplia y sobrero de paja, cargando en su canasta los frutos de la tierra y guardando en su corazón, supongo, la emoción que le provocaban las obras de los impresionistas.
-Claude había construído su propio jardín en la casa de Giverny y mandó traer flores exóticas, flotantes, las ninpheas, o los nenúfares, que luego pintó y pintó en serie... el jardín japonés, el puente verde, la pérgola de las rosas. Agrupaba las flores según los colores... un sendero se teñía de rojos; otro, de amarillo; otro, de violeta y siempre los tulipanes de época -las mejillas de mi abuela se encendían cuando pintaba con palabras y mi madre se deleitaba con los relatos.
La última vez que la vimos fue cuando nos visitó, hace ya algunos años.
La bohemia se ensoberbece cada vez más por el encendido debate, y sin duda, por el alcohol, que deja ver los más bajos defectos. La soberbia y el rencor suele caracterizar a los mediocres. Violentos puñetazos sobre la barra y copas rotas, y de repente, salen en alegre pelotón para invadir las calles con su arte en los muros y su poética en aerosol.
Me quedo solo y apuro, a borbotones, una decisión. Iré a Giverny, conoceré la finca de mis abuelos, visitaré la casa de Monet y sus jardines y el hotel de los impresionistas; iré a la tumba del genio y en el estanque de las nenúfares, tal vez me inspire y pueda crear a pleno aire. Quizás también encuentre el camino para desarrollar mi arte. Intentaré con el puntillismo, aunque estoy seguro que no abandonaré la línea del compromiso y la denuncia social. A mi regreso, es posible que pinte aguapeys, lirios de agua y flores de Irupé, todas ellas obstruyendo, en todo momento del día y de la noche, los canales de agua, los arrozales de mi San Javier natal, y las represas, que serán aguas pestilentes... lograré esa imagen con los sucesivos puntos de mi pincel. En un camalotal pintaré la cabeza triangular de una serpiente que saca su lengua desdeñosa; en otro islote a la deriva del Paraná, quedará sugerida la estampa del tigre que llegó al convento de San Francisco y devoró de un solo zarpazo al cura que ofrecía la comunión. Se me ocurren muchas ideas. Es posible que abandone el arte abstracto y logre sacudir a mi público haciendo una caricatura de la sociedad contemporánea.
Apuro mi copa, y parto.

domingo, 26 de mayo de 2013

Lunes de aguas.

Había llegado a Salamanca y estaba observando las curiosidades gastronómicas que toda ciudad tiene, prendida a la vitrina de una pastisería. "Tenemos hornazos y el pan de cada día" -decía el cartel.
-¿Qué será un hornazo?- me pregunté. Imaginé que sería un pastel de pescado. Entonces, para averiguar y para degustar el sabor castellano, ingresé al local.
-Me llevo, Pepe Luis, ese hornazo de la vitrina -afirmó una clienta, vecina del Paseo de San Antonio. Pero eso sí, tendrá que ayudarme a bajar los escalones, porque el lumbago me tiene mal, y el Antonio, ya no es ningún estudiante, como verás! Nos deleitaremos con este hornazo, al menos.
-Es el último que me queda -pensé que debería comprar una empanada gigante de atún u otra clase de la rica pastelería española.
-En el lunes de aguas, los hornazos han sido todo un éxito.
-¿Qué es el lunes de aguas? -requerí al momento de mi turno.
-¡Ah! Una visitante argentina. Le explico, niña -Pepe Luis desplegó todo su conocimiento sobre el tema, con gran locuacidad.
-El lunes siguiente a Semana Santa, es una tradición que las prostitutas sean llevadas en barcas al otro lado del Río Tornes, para desatar los instintos reprimidos en los días de ayuno... Tú sabes, son días de contemplación interior, de retiro, de rezos, de velas encendidas, para purificar el alma. Las mujeres, entonces, además de aportar su cuerpo, llevan los hornazos, que son pasteles rellenos de jamón ibérico, panceta y chorizo. Van al otro lado del río, con los estudiantes de la Universidad. Ellos llevan el vino en botas y todo el día, hasta el anochecer, participan de la orgía y regresan pletóricos de dicha y de alcoho. El encargado de trasladar a las mujeres es el "Padre Putas", que así le dicen, sea quien sea el sacerdote de turno. Ellas lavan sus pecados en las aguas del Tormes, en el área de la Aldehuela.
-¡Ah!, no conocía esa tradición.
-Pues, te la has perdido, niña -dijo con picardía.
-Y bueno, si no hay hornazas, llevo dulces de almendras y almíbar, y si no hay estudiantes, ni Padre Putas, voy al Parque-Huerta de los jesuitas a tomar el sol y luego, iré a rezarle a San Antonio, para que me consiga un novio!

miércoles, 13 de febrero de 2013

El velorio del chancho

Recostado en uno de los senderos del bosque, veo la boveda enramada que apenas deja ver el azul del cielo. El canto de las aguas libres de un arroyo va cayendo por la "Cascada de los novios". Germinal follaje de flores y semillas.
Hoy conocí la selva valdiviana, tal como la imaginaba al leer al gran poeta chileno. Un mágico canelo aquí, nalcas de hojas inmensas por allá. Me parece escuchar la voz grave y cansina de don Pablo. Coihues milenarios, cañas en profusión, helechos gigantes, hortensias azuladas, lianas, copihues y enredaderas dan frescura al bosque puro y umbrío.
Llegué allí después de la festividad en Pilmaiquén, en la X Región. Doña Clorinda y su esposo nos acompañaron hasta la salida y aconsejaron descansar antes de emprender el viaje hacia el paso fronterizo. Alegría, embriaguez, comilona, música y bailes fueron dando paso a los corridos nostálgicos de amores truncos y de fervor patriótico.
Vuelven ahora a mi mente un poco abotargada, las imágenes vividas en ese largo día.
-Hoy, gran evento en Pilmaiquén, "El velorio del chancho" -propala la radio regional que escuchamos en el camino de regreso.
-¿Qué será eso? -nos preguntamos riendo.
-A partir de las 12, usted, amigo compatriota, y usted, amigo del país vecino, podrá degustar no sólo un rico puerco asado, sino también, cordero al palo.
El volcán Osorno nos vigila con su blanco penacho apagado y silencioso, que se destaca en la distancia, como invitándonos a la fiesta de la población.
-Esto que estamos trnsitando ahora es la zona ganadera -vaquillas blanquinegras pastorean en el verde intenso de lomadas suaves. Campos de trigo maduro y cuadros de remolachas o plantaciones de frambuesas. Teros y bandurrias picotean con goce extremo. Cultivos prolijos conviven con las zarzamoras silvestres al costado del camino.
-Paremos aquí. Quiero descubrir "el velorio del chancho" -Al detenernos conversamos con un "huaso" chileno de gorra de lana que, tímidamente nos hacía señas para que lo llevemos al festejo popular.
-Son festividades solidarias para la población, y comilonas, po. ¿Me cachái, che argentino?
Al llegar a las cabañas de Don Sofanor nos detenemos y atravesamos a pie el soto bosque para asombrarnos al ver una larga mesa tendida, al lado de los fogones. Al parecer, están velando al chancho que se dora lentamente y despide todos sus aromas, como si el alma del chancho ya estuviera volando por las nubes regordetas, que se cuelan entre las copas enhiestas de los árboles.
La fiesta está en todo su esplendor. Un conjunto folclórico anima a los comensales. Oímos los ritmos y comenzamos a divertirnos tanto, como no lo hubiéramos siquiera pensado.
-"El calientito... Mozas y viejas lo buscan al calientito ... No hay peligro... si te invita a su cama, no hay cuidado, él "al tiro" se quedará dormido" -Risotadas y aplausos para los bailarines. Ellas, polleras floreadas con vuelos y camisas blancas con gran escote a la espalda. Los zoquetes blancos dejan ver las piernas retaconas. Las trenzas renegridas contornean los morenos rostros curtidos de mirada pícara. Ellos, de botas con taco y espuelas, zapatean frente a las mozas, revoleando los pañuelos con gesto varonil.
-Bailo pa' enamorarte, niña -dicen los cantores y ellas seducen con la gracia de sus pañuelos.
El viento comienza a hacerse notar y la bandera tricolor ondea orgullosa en lo alto del mástil.
-Como aperitivo, empecemos con un brindis, ¿qué les parece? -Doña Isabela sale de la botillería y se acerca con una bandeja repleta de "bebestibles". Vino tinto, pisco sour, chicha de manzana. Bebemos todos y se anima la fiesta.
El chancho que están velando no descansa en paz. Los hombres desenvainan sus cuchillos y ya "churrasquean" el costillar. No importa que las manos se engrasen, porque después se sigue con el cordero que también está siendo velado. No hay velas. No hay coronas de flores. Los parientes del difunto circulan y lucen sus mejores pilchas. Unas lolitas llevan una flor de amancay en el escote; las más maduras, una hortensia engarzada en la trenza; los campesinos, a estas horas ya han perdido la gorrita de lana, o llevan el sombrero aludo colgando de cualquier manera por la espalda.
Los ojos chispeantes y negros y la picardía en los gestos parecen contagiar a todos.
-Y dale... y dalle... después nos vamo'a dormir -los chilotes siguen amenizando con cuecas cada vez más pícaras.
-¡Esto está hartamente entretenido, po!
-¡Pero no seái huevón, compagre! Si has botao la cerveza...
-Para los que cumplen en febrero, bebamos hasta el final...
-¿Me acompaña, doñita, en este corrido? -un "guatón" entreverado entre el mujeraje invita a bailar.
-Para los que cumplen en mayo... -los cantores están poniéndose más alegres- Bebamos hasta el final, total, andá borracho a dormir...
Entre comida y tragos, observo. Detrás de los chilcos silvestres sale una "cabra vieja" que se acomoda el vestido y se saca los abrojos; detrás, tomándola por la cintura, un "huaso" se ajusta el sombrero y sin disimulo pega un alarido al cielo.
-¡Ay, ay, ay, ay, que está buena la fiesta!
-Ésa es la Penélope, la mujer de don Soto, que se quema las pestañas en el fogón -dice por lo bajo una campesina.
-¡Los cuernos que hai de tener! -contesta la comadre.
Un jinete de aspecto sobrio aparece detrás de la enramada y se apea. Su hidalguía impone respeto y silencio; hasta la música se detiene.
-Estái bien "cacharpeao", patrón -grita uno del montón.
-El ojo del amo engorda al ganado -un "huaso" agrega apoyado en un poste. Como respuesta, Don Evaristo Sepúlveda Iriarte, (así me dijeron que se llama) sólo pasa revista al hembraje.
-Es el dueño del fundo que tiene todas las vaquillas del entorno, desde el lago Puyehue hasta Entrelagos -me comenta la anfitriona.
El patrón se florea con camisa blanca, chaleco de lana, pantalones negros, faja mapuche, rigurosas botas con taco y espuelas y sombrero chato de ala corta. Luego, y sin mediar palabra, elige una "cabra chica" y la carga en ancas en su alazán. El flete caracolea entre los matorrales y una "guagua" mocosa llora con desconsuelo.
-Dicen que en cada fiesta se lleva la moza más guapa pa'l caserón del fundo -cuentan y entre risas agregan- Se comenta que desde que quedó viudo, consume el "viagra mapuche" y otros productos naturales que compra en Osorno.
La música vuelve a sonar. Algunos ya duermen a la orilla del lago. Dos "cumpas" se ayudan en mutua solidaridad, abrazados a sendos porrones de cerveza "Cristal".
El chillido de un pájaro que no veo entre el follaje de un ulmo florecido, me sobresalta e interrumpe la ensoñación.
-¡Vámonos ya, que pronto cerrarán la aduana. Antes de las 20 tenemos que pasar!.

domingo, 12 de agosto de 2012

Llorando se fue.

Ese ámbito era muy diferente al que había visto una vez en un ignoto pueblo petrolero. Un amigo me había llevado a conocer el cabaret más importante y a ver el espectáculo central que presentaba una brasilera. En esa ocasión, ella nos invitó a subir al escenario y bailamos con ella una lambada: "Chorando si foi". Fue una payasada que el público aplaudió.
Con la mirada recorrí palmo a palmo ese antro pernicioso, en subsuelo de un bar. Algunos parecían personajes carnavalescos, otros eran patéticos en su disfraz anacrónico de amaleo pendenciero o arrabalares de bajos fondos; allá, de lejos se reconocía a un travesti escandaloso, que reía a carcajadas estruendosas entre un grupo de mujerzuelas.
A mi lado, en la barra, una meretriz bebía de su copa. Yo sábía que tomaba té frío "on the rocks" en un vaso de whisky. Al otro lado, Aeturo ya había tomado varias ginebras y comenzaba a entristecerse. La mujer me tomó de las manos y empezó a contarme su letanía, un repertorio bien estudiado, supuse.
Había accedido a concurrir a ese lugar, porque él me había convencido; allí podría descubrir escenas y personajes que me serviría para mis relatos. Me auto-engañé. Hasta había llevado mi libreta de apuntes. No fue necesario usarla, porque todo era por demás elocuente. Yo sabía que mi amigo buscaba una excusa, como siempre, para emborracharse y no sentir tanta culpa al día siguiente, si podía acordarse de algún detalle.
-Sabés, niña... -El aspecto era de compungido melodrama -ahora estoy vieja, pero yo no quería entrar en este ambiente. Me obligaron cuando teía nada más que catorce años.
-¿Quién? -requerí para animarla a continuar, aunque sabía de antemano que el cuento iba a ser similar a tantos que ya había escuchado. "Yo no quería hacer esta vida", "Ahora ya no puedo recomponerme, no sé hacer nada..."
-Allá en el monte formoseño, donde nací, apareció un señor bien trajeado, se notba que era de la ciudad, y todo engominado, que terminó sacándome del rancho.
-¿Un cafisho?
-Dijo que como era blanca, serviría.
-¡Ah1 Trata de blancas -Arturo quiso decir algo, pero su lengua pastosa sólo dejaba salir sonidos guturales incomprensibles. Por su sonrisa maliciosa, algo pudo entender.
-¡Claro! Era la más blanca de todos mis hermanos, y mi mamá decía: "Ésta me salió blanquita... no vayas al sol, que te vas a quemar" -La mujer se hacía llamar Daisy. Ése era su nombre de batalla, porque siempre iba a la guerra, pensé. Con los ojos maquillados con abuso y premeditación, hacía fuerzas para sostener las pestañas postizas y para no dejar caer ni una lágrima. También sabía que ellas nunca lloran, salvo cuando están borrachas. Y Daisy no estaba bebiendo whisky. La madama gorda, desde su mostrador, como un púlpito, miraba con desconfianza. Se me ocurrió que podría llamarse Madame Roxette.
-¿Cómo te llamás? -la interrumpí.
-Mi verdadero nombre es Enriqueta Benítez -Su rostro era pálido. No sé si por el maquillaje que no alcanzaba a cubrir las manchas que dan los años, o por la luz mortecina, o por esa vida activa de quehaceres nocturnos. Sus ojos achinados, renegridos, los pómulos altos y la boca de labrios gruesos, remarcados con carmín, me hicieron acordar a las imágenes de las indias que una artista de la fotografía había editado para un calendario. Creo que era Gaby Epstein.
-...el tipo ése dejó sobre la mesa unos billetes roñosos y me arrastró de las mechas. Ni siquiera pude mirar por última vez a mi vieja, que lloraba a moco tendido, y chillaba. -¡Servime uno de verdad, Moncho! -le ordenó al barman -y otro para la señorita. 
-No, sólo una gaseosa, por favor -pedí.
-¡Qué linda que sos, guacha! ¡Y qué fuerte que está tu novio, miralo! -Lo miré y pude sospechar lascivia en su mirada, cuando se levantó tambaleando hacia el toilette.
-Bueno -continuó bebiendo a sorbos pequeños -No es momento para malos recuerdos. ¡Hay que despabilarse, nena!
-Te escucho atentamente. A vos te sirve para desahogarte -aunque sabía que todo eso iba a traer cola. Una mala espina se me había atragantado en la garganta. Unos políticos y sindicalistas, reconocidos en la ciudad, me observaban y se reían. Estaban apostando, tal vez.
-Y no, piba. Esos pensamientos, esos recuerdos me llenan de zozobra y me martirizan. Mejor vamos a divertirnos un poco. Estiró una mano enjoyada de baratijas, me rozó una mejilla y fue deslizándola despacio hasta el hombro que tenía descubierto. Una mezcla de asombro y repugnancia me erizó la piel. Más bien sentía que una caparazón de cocodrilo me crecía por todo el cuerpo, hasta trastornarme.
-¿Qué está pasando acá? ¿Y a vos, qué bicho te picó? -Arturo estaba envalentonándose. Ya conocía esas señales -Tengo una idea, chiruzas, vámonos los tres a una catrera grande que hay por allá.
-¡Ah! ¿Una mènages à trois"? -Entre la exclamación y la pregunta, Daisy se alisó el vestido malva de lamé, que se le había enrollado en la cintura gruesa, y se preparó para la acción.
Entonces, pegué un salto del taburete, le dí un empujón a Arturo, ¡Qué mierda te pasa!, me gritó y salí corriendo escaleras arriba para tomar el aire fresco de la noche. Me subí al primer taxi de la parada de la esquina y partí. En el fondo de mi cartera tanteé la libreta de apuntes y mi billetera. Unas lágrimas turbias pretendían limpiar las imágenes de ese tugurio sórdido. Recordé la letra de la lambada.
En la otra cuadra, dos grupos de muchachos se peleaban a patadas y con cadenas. Eso era más que una gresca. Di vuelta la cara para no ver más. Por esa noche, había suficiente material de escritura.

jueves, 5 de julio de 2012

Hasta me había cogido cariño.

En la barra de madera lustrada y lisa (tantos parroquianos se habían acodado ahí para matar las penas), un gitano en una punta, y un compadrito en la otra. El primero mira al otro y luego de apurar la copa, se acerca con paso lento y dubitativo. Antes, se asegura que el varón recio y engominado no lo vaya a rechazar también. No está dispuesto a aceptar otro nuevo fracaso. Los tengo vistos a estos especímenes.
El boliche ya está quedándose solo; los mozos van subiendo las sillas sobre las mesas cuadradas, no sin antes repasar con la rejilla húmeda, las manchas de café o de copas. Se han retirado ya las mujeres y esos sub-hombres de mala muerte, que suelen concurrir al bar; han cerrado la puerta de entrada y ya comienzan a barrer todo el salón.
-Te vi y no más pensar. No te lo vas a creer. Este chulo ha recibido un mogollón, igualito al mío.
-Tenés razón, pibe, y no me voy a cabrear. Siempre hay un roto para un descosido. Si se te ve en la jeta, nomás -Se alisa las crenchas, lo mira desafiante y vacía la ginebra de un solo trago. -¡Eh, José! -llama mi atención y señala con el dedo el vaso vacío, para que lo vuelva a llenar.
-De momento, que estoy pa' chascos nomás, te voy a decir que soy un tontaina y un gillipollas, y que se me suelta la lengua cada vez que tomo un par de copas -el último ajenjo ha dejado en el vaso un jugo verde como la hiel.
-Metele nomás, purrete, que ya te juné de entrada. Desembuchá -prende otro faso con el pucho todavía humeante, que casi rebalsa del cenicero de vidrio cachado. Otro de chapa de la marca de un fernet, se enfría también repleto.
-¡Fíjate que si ha llovido...! que mucha agua ha corrido debajo del puente, que ni hoy que es viernes me he ido de putas. Esta última bronca con la Lola me ha dejao así - se señala las tristes pilchas, el "funyi" entre las manos, arrugado y maltrecho -que hasta me duele la tripa, te digo.
- Si no es la tripa, será el bobo, porque pa' esto del amor... creo que es una pena de amor, es ahí adonde se te hace un "struncio". Seguro que es un berretín. Ya va a pasar, porque a las minas les gusta hacernos "estrolar" y después disfrutar de sólo vernos, como piltrafas, como zaparrastrosos. Asi estoy yo, pero ahora no te voy a contar.
-Estoy fatal. Es que las tías son de la hostia. ¡Joder! -para darse ánimo pide otra copa.Y yo, que la veía venir, ya estoy presto con el porrón de ginebra, atrás del mostrador.
-Vivíamos en un bulín hace como dos años. Bueno, pues, ya te digo, y estábamos de puta madre los dos, porque fijate, hasta me había cogido cariño y yo me había propuesto vivir con ella hasta los restos. Pero ahora, ¿qué tía va a enrollarse conmigo, así como me ves?
-Algo así me pasó con la Fany -un gordo lagrimón comienza a caer por la cara lampiña y cae en un periquete. Da un puñetazo brutal, hasta hacer tintinear el botillerío expuesto en la estantería. Y eso lo digo yo, que me dieron ganas de asestarle un mamporro, hasta dejarlo muermoso, pero no. Un cantinero tiene que atender bien a sus clientes, y tenerles la vela.
-Hay mucho chulo de vida estrecha, mucho bocazas, mucho cabrón suelto, y le fueron con el cuento. Que yho andaba con una guarra de ésas del estriptis y que después, entre polvo y polvo... y luego,.. -entonces se calla y no me puedo contener.
-Una verdadera putada -le digo.
-Dale, viejo, convidanos con una caña. No amarroqués más, que esto se está poniendo posta. Vos sos mi gomía, no?
-Hay que tener cojones pa' aguantar. Me preocupé por lavarle la cara a la pieza cochambrosa donde vivíamos. Me pirrraba para vivir mejor. Que bocatas de gallinejas, una tortilla, unos pescaítos fritos... ¡Qué gloria bendita!  Todo me costó un huevo y parte del otro, hasta que me fui quedando sin un puto duro y anora... vamos por el culo.
-Cuando empiezan las broncas, te empezás a mosquear -agrego un bocadillo, mientras les lleno las copas.
-Hasta que la sangre llegó al río -el compadrito enfila pal ñoba. Yo sé que no va a poder embocar y me va a chorrear todo de meos, y después hay que tirar criolina pa' desinfestar.
-No, nunca llegó al río. Que dormir sola es igual que no tener nada, decía y yo la follaba despacito, y no le alcanzaba -El gitanillo tiembla y llora a moco tendido. Entonces les alcanzo dos fecas.
-¡Pues, quita de ahí! -grita - Ruina total. Yo sé que lo hizo aposta. Empezó a ponerse como bandera y a salir. Na' que no tiene palabra, ni seso, ni nada adentro, y decía que yo era un tacaño y un celoso...
-Ya sé cómo sigue la historia -el temblinque del malevo hace vibrar el aire. Aunque creo que éste es un cafiolo, porque de su dedo meñique, el que levanta para tomar el café, brilla un oropel -A mí también me pasa algo parecido. Mal de muchos, consuelo de tontos.
-De tanto cariño que le tenía, empecé a cogerle manía. ¡Hay que tener cojones!... de pura coña que es, se le olvidaron las agujetas, se convirtió en un pedazo de bruja, una arpía. QUé más te puedo decir. Todo eso ya me lo sudaba... y se enrolló con un chavalejo forrado de pasta, de esos fotógrafos que andan en las corridas de toros.
-Fin de la historia- me apuro a decir -José, llevá a estos dos hasta la puerta y ponele tranca. El olor de aserrín y kerosene va impregnando el salón. eo por la ventana que los dos van del bracete, sosteniendo sus penas por el medio de la calle mojada. Ahora se  paran a descansar junto a la farola de luz mortecina.