Mostrando entradas con la etiqueta conquistas.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta conquistas.. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de diciembre de 2016

La esencia de la soledad

Algo extraño sintió esa mañana cuando los rayos del sol la espiaban a través de la persiana. Primero, antes de abrir los ojos que se encandilarían, palpó con todo su brazo extendido hacia su costado. Sólo tocó un revoltijo de sábanas enroscadas, que aún estaban tibias y húmedas y no se hallaba la almohada. Seguramente se había caído y él abrazándola, descansaba sobre la alfombra. Se ilusionó en vano. Nada había. Nadie respiraba a su lado. 
La noche anterior, como tantas otras, había dispuesto su máscara social llena de promesas femeninas y deseos. Ella sabía poner en marcha una fuerza centrífuga para atraer hacia su centro a los incautos solitarios, que merodeaban por ahí. Una elegancia paródica, una sensualidad marginal y servil, un contoneo  y miradas sugerentes, todo eso sabía hacer. Había que llenar la copa vacía.
Casi todas las mañanas siguientes, puro instinto, ponía a funcionar la máquina centrípeta, para expulsar hacia afuera todo aquello que la disturbaba. No sabía qué mecanismos activaba, pero casi siempre sucedía lo mismo. Tantas veces, a su lado, las sábanas quedaban hechas un lío, con arrugas que el peso de los cuerpos habían aplanado, las mantas retiradas con los pies, cuando el calor subía y el sudor empapaba la cama. Y tantas veces, despertó hecha un ovillo, como una gata y no escuchó los pasos del amante accidental, que caminaba con los zapatos en la mano hasta la puerta, para cerrarla luego con sigilo, y para nunca más volver.
Lo que sí sabía era que no podía quedarse a esperar, como ahora, sentada mirando el mar, abrazadas las piernas, arropada con sus brazos, apoyado el mentón en las rodillas. Sólo así es la espera. No se puede respirar muy fuerte, porque en un hálito de aire, en un suspiro, se puede malograr un instante delicioso y sublime, cuando un hombre podría aparecer. Sin embargo, no quiere morir en la espera. Así es la esencia de la soledad.

miércoles, 3 de julio de 2013

Estampas cartaginesas

Hoy es un día festivo en Cartagena de Indias. Ya anoche fue una fiesta el recorrer la ciudad amurallada en "La consentida", la chiva de la parranda. Todavía me dura la resaca, me pesan las sienes y los párpados de tanto ron y tanta algarabía. Todavía retumban en mis oídos los ritmos valletanos del baile desprejuiciado, las risas, las bocas lascivas y los dientes de marfil. Entonces decidí caminar por el barrio de Getsemaní, el bastión que los independizó del asedio español y sus rapiñas.
Es la zona bohemia de la ciudad, su arrabal. Marito, el vendedor de pan de yuca y arepas con huevo me cuenta. "Te comparo con las flores, la más verdadera, prenda de mi corazón"- voy silbando la canción.
-En estas pocas cuadras se asentaron los africanos esclavos que lograron escapar del yugo. Mi bisabuelo decía que allá, en la Calle de la Sierpe, un grupo de héroes, y mis parientes, entre otros, armaron la turbamulta que depuso, en 1811, la dominación española. Getsemaní significa barrio de la expansión, también llamado "Media luna".
Había leído que ya en 1539 aquí confluía un núcleo de población no hispana, nativos y extranjeros. Más allá de la independencia, y cuando sus países se vieron amenazados, arribaron inmigrantes libaneses,árabes, sirios y palestinos, quienes vinieron a añadir sus costumbres y el oficio de comerciar toda clase de adminículos vernáculos, y no tanto. Veo artesanos negros, descendientes de los reductos esclavos que huyeron de las plantaciones, donde eran explotados, supongo.
A esta hora de la mañana, cuando el sol aprieta y el bochorno calcina la piel y el entendimiento, la intrincada urdimbre urbana, la tramoya citadina, los tahúres, los drogadictos, los ne-revolucionarios, los poetas y los traficantes, empiezan a deambular entre los perros callejeros. Ahora están ofreciendo, trocando, fumando y riendo, con la alegría de vivir la ciudad. De las ventanas de las casas de todos los colores, las señoras sacuden y palmotean las sábanas del amor.
-¿Quién es aquélla? -pregunto y señalo hacia el callejón de Vargas.
-Ésa es la Carmelina, que vende su cuerpo a toda hora y hace pactos con el diablo -Es una mujer morena de infinitos pliegues en el rostro, aunque conserva en sus ojos la vivacidad de la raza. Adorna su cabeza con flores y frutos. El colorido de su atuendo es capaz de imitar a las mariposas de la selva, que atraen por su belleza.
Me siento en un bar del Baluarte de San José. Pido una limonoda con agua de coco y observo a un pájaro negro y bullanguero de plumas brillantes. Divertido, va de rama en rama, hasta que se acerca a una de las mesas para curiosear. Luego sacudo sus plumas en el estanque. El mozo, que ha seguido la trayectoria de mi interés, me dice que lo llaman "María Mulata", y que todos vienen desde el manglar de la Isla de Manga. Hasta le han hecho una escultura, camino a Bocagrande.
-Ah!, igualito al trago. Pero hoy no, al menos por ahora, no beberé más ron -El olor de la fritanga viene de la calle y me despierta el apetito.
-Sírvame, por favor, una sopa de pescado y una mojarra con patacón y pan negro de banana.
Debo tomar nota de todo aquello que voy conociendo, de las historias, de las leyendas y de sus personajes. Circulan por las callejuelas, hombres con mamelucos. Son los del barrio delo Mamonal, supongo, y van como si sus overols se hubieran adherido a la piel. Y marineros y estibadores, también turistas y botones de los grandes cruceros, que descienden desde el terminal marítimo.
-Dígalo nomás, brodercito. Anímesele!
-Pero qué ricura, mamita. ¡Qué negrita más sabrosa!...
-Si he gozado la noche de la salsa y de la rumba, si la he bebido completica, si he andado sola y acompañada, salgo ahora, atolondrada, a meterme entre el barullo de la gente -contesta ella, como al pasar.
Desde el cerro de la Popa, recreo la leyenda del Cabrón. Así le decían al cura de la congregación de los agustinos, que se había enojado cuando veía a los indígenas y a los esclavos haciendo sus celebraciones con bailes, fuego y carbón. Macumbas y danzas diabólicas, tan alejadas de los propósitos de la evangelización. Entonces, en un exabrupto, arrojó al vacío, desde las murallas del convento, un cetro de cincuenta kilos de oro. Dicen que no era macizo, sino sólo recubierto de oro. Sin embargo, y habiendo caído en la cuenta de la pérdida, mandó a buscarlo en el fondo del precipicio. Tal era la avaricia y la incomprensión. Veo en las laderas del cerro, casas humildes, abigarradas y coloridas que se esfuerzan por no caer más, y muchos niños que bajan a la ciudad.
El convento de la Popa fue construido en los inicios del siglo XV. De estilo colonial, alberga a la Virgen de la Candelaria. Su altar, de estilo mudéjar, fue laboreado con madera recubierta en laminillas de oro y fue traído desde Sevilla. Imagino el andar de buque, galeones y carabelas surcando el Atlántico para transportar el oro de América. Cuento esto para ir aproximándonos a las historias de piratas y filibusteros, que luego relataré.
Enfrente, la Laguna de Chambacú, antes virgen. Ahora, contaminada por los desechos industriales del Mamonal. La ciénaga de la Virgen es un pantano ya recuperado, al que han realizado procesos de desalinización y potabilización del agua.
La avenida principal, Pedro de Heredia, el fundador de la ciudad, nos lleva, a los otros periodistas y a mí, hacia el fuerte San Felipe y Barajas, razón de ser de la ciudad amurallada. Cartagena fue el principal puerto, donde se guardaban los tesoros de oro, plata y esmeraldas, que después eran enviados a España.
Me interno en el túnel del tesoro e imagino las ciento ochenta embarcaciones ancladas en la bahía, cuyos hombres estaban listos para atacar. ¡Al abordaje! -gritan con salvaje osadía. Hay casamatas, pasadizos, celdas, ventanucos, torres de observación y cañones apuntando hacia el mar. Corsarios ingleses, franceses y holandeses se disputaban las riquezas. El mayor saqueo fue en 1615, cuando Francis Drake invadió la ciudad. A partir de allí se decidió construir la muralla, que tardó años y cuenta con once km. de longitud. Dicen que piratas franceses robaron once millones de onzas de oro, que llevaron a su rey, Luis XIV, quien terminó de construir el Palacio de Versalles. El fuerte y la muralla llevan ese nombre en honor a Felipe IV y al conde de Barajas.
Mira al norte la India Catalina, hacia el Corregimiento de Galera Zamba, y tiene su estatua. A poca distancia, la Plaza de las Bóvedas, donde los españoles guardaban las provisiones y las armas para defenderse de los atacantes.
-¿Por qué? -indago.
-Catalina, la hija del Cacique Zamba, de los indios calamarí, tenía catorce años cuando en 1509, el explorador Diego de Nicueza la raptó y fue conducida a La Española, actual República Dominicana. Allí fue evangelizada. A los treinta años, la regresaron a Cartagena, para oficiar de traductora. India Lengua, le decían. Fue intérprete del fundador, Pedro de Heredia.
-Y ahí viene la historia controversial -agrega un guía desocupado, que se protege a la sombra del monumento.
-Porque Heredia la llevó ante el Cacique Zamba, y tras una gran matanza de indígenas, los sobrevivientes se sometieron. Casaron a Catalina con el sobrino de Heredia y se fue a vivir a Sevilla, de donde nunca más regresó.
-¡Ah!, ¿por eso dicen que fue una traidora?
-De alguna manera volvió, porque le rinden honores. Sí, este monumento fue erigido algunos metros más allá, y luego trasladado a este lugar, para construir el sistema de transporte "Transcaribe", que vemos hoy.
-Recuerde, amigo, que hubo marchas y protestas por tal traslado. Algunos sugerían derribarlo definitivamente.
-El escultor, don Eladio Zambrano, se opuso firmemente.
-Son las grandes discusiones políticas según el transcurrir de la historia. Sucede algo similar en cada país de nuestra América.
-Fíjense, yo vengo a cubrir las notas del Festival Iberoamericano de cine y acabo de enterarme que la estatuilla que entregan, es la figura de la India Catalina. ¡Qué jaleo!
Me alejé pensando en eso de las conquistas, del poder, de las muertes injustas, de la riqueza, de las rebeliones, y al fin de cuentas, de lo efímero de las cosas. Pasé por la Calle del Curato de Santo Toribio. Un paredón color durazno rodea la mansión de García Márquez. Un guardia de seguridad vigila y me imagino al Gabo negociando con Mick Jaegger el precio de la residencia.
-Y yo sin "blancas"...
Paso por el Hotel Santa Clara y se oyen los tamboriles de Totó, la Mamposina.
-Y yo sin "blanca"...
Ya me había despejado y entré a una taberna sombría.
-Un María Mulata, con hielo, por favor.
¡Pensar que en todo este tiempo no me dediqué a averiguar quiénes son los postulantes del cine iberoamericano, que esta niche serán reconocidos con la estatuilla de la India Catalina!
La Carmelina, la María Mulata y la India Catalina, aún están rondando mi cabeza. Tarareo una conción... "Porque las lluvias eran verdes y la tierra se vestía aún de fiesta, es bueno meter los pies dentro del barro"
Yo veo en torbellinos la bala de cincuenta kg. del Museo del oro y el torso desnudo de los buscadores de oro en el río Cauca. Giran las imágenes, la negra prensa inglesa que fabricaba monedas (¿y el respaldo de la moneda de curso legal?) ¿Cuántos colombianos me dan por cien dólares? ¿Y por cien euros? Y las esmeraldas en bruto, y las joyas...
-Amigo, es la hora del abordaje.
-Vamos por la Calle del Arsenal, entonces.
-Allí encontrará niñas esbeltas, como la India Catalina, caribeñas de muslos de ébano, gordas de Botero... Hay para todos los gustos.
-Busco una niña de ojos de esmeralda, ¡aunque tal vez me encuentre con una anaconda, amigo!
"Te comparo con las flores, mi Carmelina, la más verdadera prenda de mi corazón" La parranda ya empezó.






jueves, 27 de junio de 2013

Leticia

Aunque estaba tan sorprendida y zangoloteada por el calor y los insectos, pude reconocer el cruce de corrientes donde saltan los delfines rosados. La embarcación se detuvo, y con ella, el ruido de los motores. Antes no podía descifrar las palabras que salían de la boca de mis amigos. Ahora, después que un pajarraco renegado vino en picada y me picoteó la cabeza rubia, hasta hacerme salir la rabia contenida, recién ahora puedo presentarles a mis acompañantes. Vicente Patiño, Joaquín Piedras, Pedrito Benalcázar, todos ellos de Cali, y Kapax, el Tarzán colombiano, de la población más cercana.
Los desfines jugaban a ambos lados y yo sé que se reían de mí, porque en ese momento quise transformar mi furia y mi histeria en romanticismo, cuando recordé la noche en que conocí a los muchachos. El ritmo de la bachata dominicana hizo que los pies me hormiguearan, y mi cabecita romántica era un mero pote de miel y miles de abejas venían a libar de mi dulzura, igual que cuando apareció tan de repente el ingeniero peruano, que me enamoró. Él le fue infiel a su esposa y me hizo sentir que miles de mariposas multicolores aletearan en mi estómago.
-Nunca vi unos ojos tan claros, como cristales de esmeralda -me dijo y yo vi sus ojos marrón café, miré su cuerpo fuerte y me dejé abrasar en sus brazos protectores.
Ahora me acuerdo de la novela que vi una vez por televisión, "Mujer con aroma de café" o viceversa. Se me borran las imágenes de antaño. "Café con aroma de mujer". Sí, que sucedía en el eje cafetero, creo. Si mal no recuerdo, nuestro encuentro y el enamoramiento fue en la isla "Fantasíame, mi amor".
Desde la costa, un guacamayo nos observaba en lo alto de un tangarana de flores rosadas, cubierto de hormigas que formaban ríos negros, hacia arriba y hacia abajo. Embicamos en un muelle y divisamos la maloca de la comunidad ticuna. En el centro, mujeres aún jóvenes pegaban alaridos lastimeros y saltaban sobre el piso de tierra apisonada. Supe después que eran las abuelas que danzaban con adornos de plumas. Trajeron un herido en una camilla improvisada, que se había cortado con un machete en la zona de cultivos. Los niños lloraban y hombrecitos color del café seco corrieron a refugiarse bajo el techo de palmas, cuando una lluvia intensísima estuvo lavando la cara de la selva y gruesos goterones se colaron por el techo. Uno de ellos, el más ágil trepó por un palo y acomodó la techumbre. No más goteras. El bailoteo continuó en un ritmo más alegre, para agradecer la lluvia y para pedir por la salvación del accidentado.
Cada vez estoy mejor, y más despejada mi mente. Aparecen las imágenes de nuestro recorrido la noche anterior, río arriba, cuando comenzaba a oscurecer por el Canal de Gamboa. Habíamos ido a escuchar los sonidos de la selva, el croar de las ranas, el chillido de las aves nocturnas, y a ver los ojos amarillos de los caimanes. El motorista y el guía son expertos conocedores del lugar y del ambiente acuático. Para mostrarnos su saber y el orgullo por su lugar, iluminaron con reflectores las aguas que se internan en la selva. Un osito perezoso colgando de una rama, una serpiente de tonos rojos, confundiéndose con las lianas, una tarántula que se hacía la distraída, y hasta un caimán pichón atraparon para mostrarnos sus dientes que están creciendo y para que palpemos su piel áspera. Silenciosas y negras canoas cargadas con bultos pasaban a nuestro lado, río arriba, río abajo. Contraband hacia y desde Tabatinga, en Brasil, me contaron. Friña, porotos, arroz y moneda extranjerea. Ahí fue, cuando anoche accedí a comer una fruta dulce y sabrosa.
-Junto con el fruto ha mordido una porción de hongo alucinógeno -me explicó Kapax.
-Le cuento, Leticia. Me cansé de abogar por la integración de los países limítrofes con Colombia. Todavía están en esos cabildeos. ¡Una vaina! -Una rosa china de flores rojas me sonrió y él continuó contando su cruzada - Nadé por el Amazonas durante un mes y siete días. Llegué hasta Puerto Nariño, donde capturé una anaconda, que era pequeña; la domestiqué y alimenté hasta que llegó a pesar cuarente y siete kilos, y a medir cinco metros de largo. Era la delicia de los niños, a quienes eduqué para que no se atemoricen. Ellas, las anacondas, no son violentas si se las deja vivir. Y eso hice, anduve por las escuelas entre los niños curiosos, hasta que la intendenta del centro de protección a la fauna, me obligó a abandonarla en su hábitat.
Llegamos a la Isla de los Micos. Nos recibe Nabil, nativo de esa comunidad y nos cuenta la leyenda de la anaconda.
-¿Por qué lo llamaron así? ¿Qué significa Nabil? ¿Es un nombre árabe? -le preguntó Vicente.
-Mi padre llevaba ese nombre de fantasía, cuando hace setenta años trabajó para los narcotraficantes de Cali. Significa "puerta del sol".
-Justamente, porque los usuarios de la droga, lograban ver el sol en plena noche -Joaquín acotó y sus dientes relucieron mucho, al par de sus ojos que rieron con picardía -Hoy parece que está calmado ese comercio -afirmó- Conozco un mozo del bar que se llama Nixon, y como no le gusta ese nombre, a su primer hijo lo bautizó Samuel.
-Resulta que la anaconda es la madre de la tierra, porque Ayahuasca, que es mujer, se unió a Yahé, que es varón. Ella se convirtió en anaconda y él, en planta. Es por eso que la anaconda deambula de noche por la selva para alimentarse, y de día se protege debajo de las plantas acuáticas, de los gramalotes, y las hojas redondas de las Victoria Regia.
A pocos metros cae, de repente, la rama de un higuerón, derribada por las termitas.
Vamos regresando porque ya es la hora del ocaso. Un mango maduro cae a mis pies, alegre de mi presencia en el mundo actual y entonces veo la población que llamaron Leticia. Nos apuramos para ver el espectáculo de los pájaros que llegan a un punto de la plaza de la población ribereña. El cielo azul está tachonado de pequeñísimos puntos negros, que van agrandándose a medida que se acercan. Son los pericos y las golondrinas que provienen de diferentes sitios.
-Llegan para descansar a este lugar- relata un funcionario del municipio- Y mañana a las cinco de la madrugada, nuevamente vuelven a la selva para alimentarse.
Ya sentimos una especie de tortícolis, de tanto mirar hacia arriba, más que pájaros parecen enjambres de abejas o de hormigas voladoras.
-Hace más de cuarenta años que las miles de bandadas vienen aquí.
-¿Por qué eligieron este preciso lugar?
-No lo sabemos, pero parece que aquí están a gusto entre nosotros, que no los molestamos. El chillido se hace más intenso y bajan en picada desde todos los ángulos. Los árboles quedan negros de pájaros, que se acurrucan unos al lado de los otros.
Bajo mi cabeza, y veo la estatua de la india cargando plátanos y veo al pescador con su lanza. Siento que se me desorbitan las córneas, se me descarnan las plantas de los pies, se me incrustan astillas en mi costado, se me despelleja el alma. Tal es el cansancio. El funcionario señala hacia el centro de la plaza y todos hacemos esfuerzos para entender lo que nos dice.
-Nos encontramos ante un problema ambiental. Allá hemos tenido que talar varios árboles, que se han secado por la acidez de los excrementos -Hay ahora en el ambiente un olor ácido y fétido; los excrementos cubren como una alfombra los bancos de la plaza, el parque y los senderos- Estamos investigando y haciendo estudios científicos para definir el rumbo del programa.
Los muchachos siguen el espectáculo y se interesan por el tema. Yo no recuerdo, o no conocí estas historias, pienso. Ruido de motocicletas viene desde la calle principal y se ven en primer plano las camisetas amarillas.
-¡Colombia! ¡Colombia! -se acompañan con los bocinazos, dan la vuelta a la plaza e interrumpen la misa vespertina.
-¡Deberían tener vergüenza los peruanos, qué goleada, cabrones!
-¡No festejen que todavía falta el partido contra Brasil, conchudos! -de una vereda a otra siguen insultos y gesticulaciones.
Los vendedores de plátanos y banana seda ya cierran sus puestos y dejan montículos de hojarasca y fruta podrida al costado de la calle. El vendedor de pollos y cerdos asados apaga su fogón y la chiquillada sin camiseta se arremolina para ver el espectáculo. Algunos borrachos de andar zigzagueante se van arrimando.
-¡Circulen, señores! Serán arrestados por disturbios en la vía pública -unos policías retacones empujan a los pendencieros y también a mis amigos. Quedo sola en una esquina.
-¿Me regala su documento, señorita? -y yo niego. -¿Me regala su firma? -y yo niego. Yo le colaboro, señorita -ruega después.
Yo no puedo decirle que soy indocumentada, que soy Leticia Smith, la amante del ingeniero peruano Manuel Charón, que fundó la población en mi honor en 1867...
-¿Y si le regalo una sonrisa?
-Así está mejor - me dicen satisfechos y se van a controlar los desmanes en los bares de la ribera.

jueves, 23 de mayo de 2013

El escorial de los mares

Así le llamaban al mayor galeón más armado del mundo en el siglo XVIII, que fue botado en el arsenal de La Habana. Tiempos de piratas y de almirantes de todos los países que ambicionaban extender su poderío territorial, a través de los mares. "El Santísima Trinidad", que ése era su nombre, surcó los mares y tomó parte de innumerables momentos históricos de España.
Cuando recorrí el interior de su réplica, anclado en el Puerto de Alacant, me pareció percibir la hidalguía del valeroso almirante. Lo encontré deambulando cabizbajo en la cubierta principal. Me invitó a sentarnos en las altas sillas imperiales decoradas con ricos ornamentos de brocato y terciopelo rojo, con respaldos repujados sobre madera de caoba. Dialogué con él, don Baltasar Hidalgo Cisneros y apenas, con el parco capitán de bandera, don Francisco Javier Uriarte y Borja.
Nos acercamos a la sala de mando y el capitán, mirando el horizonte, tras la marina del puerto, erizada de mástiles de modernísima factura, dijo.
-Fue el buque insignia de la flota española en 1779 y junto con la flota francesa le declaramos la guerra a Gran Bretaña.
-Afamados piratas, los británicos, que han cimentado su historia de vandalismo y conquistas -dije- Me pregunto por las operaciones en el Canal de la Mancha.
-Capturamos al convoy inglés formado por, nada menos, que por cincuenta y cinco navíos.
Miré en ese momento, en la sala del museo de cera, al médico con su gran cuchilla, amputando una pierna, igual que el cocinero que descuartiza un gallinazo, un cerdo gordo y una tortuga del Mar Caribe.
-Dos años después el galeón a mi mando se incorporó a la Escuadra del Mediterráneo.
-¿Qué sucedió después, porque imagino que los británicos eran individuos tan vengativos y rencorosos, como lo siguen siendo hoy; a pesar de su imagen plácida, son fríos, flemáticos y fóbicos. Me viene a la memoria la guerra en las Islas Malvinas, veo a los jóvenes soldados muriendo, la imbición desmedida del gobierno británico de "la dama de hierro", y el hundimiento del "Gral. Belgrano", de la armada argentina.
Un mozo trajo en bandeja de plata tres tazas de té con tisanas para calmar la ansiedad. Debe haber visto mi curiosidad y la excitación de mis acompañantes. Ellos bebieron, además, un ponche y una copa de ron.
Una estatua de Neptuno se yergue con su trípode en un apreciado sitio de la sala; la silueta de una sirena coquetea desde una columna, sosteniendo una concha de quién sabe de qué mares ignotos. Un prisionero de fiera estampa pelea con las gruesas cadenas quje lo mantienen atado de pies y muñecas. Un esclavo negro toca su tamboril y como un lamento, rememora su tierra africana. En una litera descansa un marinero; debajo, otro limpia los mosquetones y engrasa los engranajes de una cureña; otro hace lo mismo con un cañón corto que ha sido averiado.
-¡Hundido! -exclamaba cuando de niña jugaba a la batalla naval. ¡Agua! Sin embargo, los relatos del caoutñab de babdera nereceb ka oeba de ser escuchados.
-Este galeón partició en las batallas del Canal de la Mancha. Voy a relatar los hechos de la batalla de Trafalgar, que fue por otros confines.
Mientras escucho atentamente el relato de apagado fervor, veo que la estatua de cera que estaba limpiando las armas, reacciona ante la orden.
-¡A estribor, el enemigo!
-¡Rizar velar y ponerse al pairo! -El esclavo negro corre hacia babor y ya está la tripulación empujando una botavara para enganchar la vela cangreja y la tarquina. Ya ls piezas de artillería están dispuestas en posición de ataque. Un proyectil llega por barlovento...
Veo al prisionero de recia figura que no consigue liberarse de las cadenas y ya piensa que las cartas están echadas. El dios del mar se enfurece en el estertor de las olas. Hay fuego en una fragada; del galeón que está hacia el poniente, se oye el derrumbe de su mástil principal. Fogonazos cruzan las aguas y gritos de pavor y audacia quieren aniquilar el miedo. La sirena se desprende de la columna y se aleja en busca de sus hermanas para cantar más fuerte, pero los marineros no les prestarán atención. El cabrestante recoge cables; jarcias, calabrotes y obenques se tensan; un bergantín se escora frente a ellos. Ya Neptuno, exasperado, escupe espumarajos de algas y las arroja con desdén. Suena la campana del buque, pero ellos no van a comer; hay olor a pólvora y sudor. Deben apagar el fuego a estribor. Una cureña con cañón corto se desploma sobre un tripulante. El herido de la litera terminó por caerse y se desliza por la sentina, irremediablente. Pistolas y mosquetones humeantes quedan abandonados. El galeón se inclina cada vez más. Con aullidos salvajes, para darse valor, los marineros sobrevivientes se aprestan al abordaje. Cientos de espadachines se lanzan y las dagas piratas relucen en la noche más negra.
-Fue así como el galeón tuvo su trágico final; más de doscientos muertos y cien heridos. Se hundió a veinticinco millas dle puerto de Cádiz.
Ahora, amarrada en la Marina de Alicante, su réplica se mece, seductora, casi como se ofrecen las muchachas en las inmediaciones de todos los puertos. Abro los ojos y me veo sentada en la cubierta bebiendo un zumo de melocotón. Las palmeras de la Explanada de Espanya acarician apenas los rostros de los paseantes; los viejitos toman el sol tibio. Miro hacia atrás y veo a los bañistas retozando en la Playa del Postiguet y arriba, desde el Castillo de Santa Bárbara, siguen custodiando. Otean el horizonte que ahora muestra un parejo azul intenso.