sábado, 3 de junio de 2023

ACUARELA MECÁNICA III

  

Enmarcaría las expresiones de aquella vez en una etapa adulta. Es que los zapatos dejan huellas escondidas; sobre el borde del camino, una piedra nos hace frente. Tiemblan en cada pisada y quieren prenderse a los rayos fugaces de la fantasía.

Había dicho:

-La contundencia de las pancartas o el punto final de un relato.

-Marcha pesada e informe de los manifestantes.

-Grito uniforme de los prisioneros al paso de los uniformados.

-El contrapelo del puercoespín.

-La revuelta de los reclusos.

-La resaca de los apestados.

-El grotesco retrato de un guignol.

-La callada voz de los incautos.

-Las agrias voces de los resentidos.

Es que cuesta abajo, se iban secando las azucenas. Una historia de amor concluía, porque emigraba. Pancartas y paro en el comedor universitario. La bohemia de los estudiantes, un café y un poema en la servilleta. Teléfono pinchado, quemazón de libros, revistas y folletos que era complicado tener y la huida, siempre hacia el sur. ¿Por amor o por miedo? Hay peligro de ser eliminados en la partida; un gambito sacrifica al peón, un salto en diagonal sobre el tablero, una torre por donde espiar el afuera. Un payaso maldito en el laberinto del terror.

No dejé escapar el tren. Por la ventanita veía cambiar la profusión de verdes campos al amarillo paisaje patagónico y frío. Una paloma se posa para mirarnos. El tiempo nos enseña a valorar la vida. Vago en los pliegues del recuerdo y veo un gorrión asustado. Un gusano silencioso nos corroe, como esa carcoma de la madera vieja. La ventanita es el límite. Una paloma con el ala rota se refriega en el alféizar. Un zorzal me mira y parece comprender mi soledad. Un gorrión se limpia las plumas y emprende el vuelo.

Parece que la vida, esa frágil circunstancia, nos pone a prueba y nos tantea. Algunas veces va iluminando espacios, y en tantísimas ocasiones, va oscureciendo zonas de luz. Finalmente, la vida dispone sin pedirnos permiso, aunque cada cual puede decidir su rumbo. Y la luz, de sagrada belleza enmudeció al sol. La iridiscente placidez me hizo tomar una decisión.

-Me doy de alta. -Le dije- Serán momentos de fantasía.

“Lleva de sombrero un origami azul que le cubre la cara; los pies están sumergidos en el agua transparente del lago. Se esfuerza por aflojar las piedras que lo sujetan a la orilla. Insufla el aire frío. El viento le quita el sombrero. Se prepara con esmero, porque tiene agallas y es ahora un superhombre vengador y anfibio, que al final, se libera. Sus pies no son pies, son aletas de un gran pez que se zambulle y nada en dirección al dinosaurio orgulloso que flota asomando su cabezota para otear el horizonte. Lo llaman Nahuelito.”

 -Si usted lo decide, así será. -Me dijo. 

ACUARELA MECÁNICA II

 

 

Sabía que el profesional iba a llevarme hacia el pasado para reconstruirme en este presente. Me adelanté.

Podía reconocer cada una de las expresiones que pronuncié aquella vez, porque concuerdan con un tiempo feliz. La inocencia, el asombro, los deseos y las ganas de ascender la cumbre para transformar las piedras pinchudas en el canto rodado de la vida por transcurrir.

Dije tiempo, y qué es sino una etapa que sucede demasiado rápido y que es preciso atrapar y guardarla en la cajita de los recuerdos, como ese enorme ramo de rosas, violetas y azucenas que le regalé a mamá, y que había hurtado del jardín de la vecina.

Vago en el corcel de los sueños. El sol y el viento cálido acarician. Me detengo a observar el caminito de babas de los caracoles del jardín. Hago burbujas de jabón que brillan en su ascenso, persigo mariposas con la red. Me mancho el vestidito blanco con el néctar de las frutillas (más adelante, mi boca se convertiría en fresa para el amor). Una luz corre por el atardecer, una estrella cae. Pido un deseo, mientras asoma una sonrisa cómplice entre las nubes. Ya es de noche y juego a guardar en un frasco los bichitos de luz. Más tarde, oiré a los lobos aullándole a la luna. No quiero despertar.

Hay otros tiempos en que las horas pasan lentas, como cuando estamos en una situación tediosa, gris de los días y las noches silenciosas, siempre iguales. Pero éste no es el caso.

Supe después que el de la pipa no iba analizar ese pasado. Soy yo quien debe interpretarlo.

En la próxima sesión será.

LAS HISTORIAS DE DON TEODORO

 

 

    Un escalofrío eléctrico le recorrió la espalda y lo distrajo del aburrimiento a Ernesto, ese chico quinceañero en una tarde brumosa de lluvia persistente y hastío. El cielo era una capota de gris acerado desde hacía unos días.

    Un repeluz de fastidio y humedad lo hizo incorporar, dejó la guitarra sobre la cama y salió dando un portazo.

-Ponete la campera, Ernesto! – la señora Amherdt, aunque gritó, no consiguió que su hijo la escuchara, ni le hiciera caso.

    Caminaba con ufanía, levemente inclinado con las manos en los bolsillos, porque la visera de su gorra detenía el agua para que no le dé directamente en la cara.

-Vamos a lo del viejo Eckardson -le dijo a su amigo Germán, golpeando la ventana de la cocina, que chorreaba agua; la humedad y el humo de las frituras, apenas dejaban ver hacia adentro.

-Pasá, comete unas tortas fritas -la madre del muchacho llevaba cocinada ya una gran pirámide de mediana altura, que apenas podía sostenerse.

-Yo también voy -Susy se unió al programa, sin consultar ni a su madre, ni a su hermano.

-Bueno, vayan, pero le llevan a Don Teodoro unas tortas - la Sra. Barthel pensó que la visita de los chicos y las tortas fritas demorarían un rato más el comienzo de una velada de alcohol y mitigaría un poco, apenas,  la soledad. Especialmente los domingos, el viejo se aficionaba al vino primero y a la ginebra después, para atenuar la tristeza de los días de lluvia. Esto se había hecho costumbre a partir de la muerte de su mujer, hacia ya  unos años.

    Para los chicos, el magnetismo de Don Teodoro era irrefrenable, los fascinaban sus cuentos y sus fantasías, más aún que ir a jugar al rummy con los ancianos de enfrente, adonde Susy se pasaba varias horas, cuando no era posible jugar a las escondidas, o perseguir ranas en la zanja, o treparse a los paraísos solo para pensar.

    Tenían que caminar unas cuadras hasta la casa del viejo, sortear charcos, o saltar para salpicarse en una miríada de gotas barrosas y carcajadas. El paquete grasiento de frituras seguía incólume, porque el presente representaba un fino detalle de cortesía de las visitas, como si fueran masas finas de una coqueta confitería.

    De su boca no era perceptible la sonrisa de bienvenida, cubierta por unos bigotes canosos y una barba desprolija de lanas tordillas, pero los ojos grises del holandés transmitieron alegría al recibir a los tres chicos.

-Mi mamá le manda esto.

-¡Ah, gracias!, vienen bien las tortas para acompañar estos verdes -dijo señalando un mate espumoso que sostenía en su mano ajada, que recién había preparado.

-Todos en el pueblo dicen que don Teodoro es holandés, pero el nació acá, en las pampas. Sus padres vinieron de Europa después de la guerra - decía la señora Amherdt, aunque el viejo, para aderezar sus historias y darle mayor atractivo, contaba que provino de un campamento gitano, o que por sus venas corría sangre de filibusteros del Mar del Norte.

    Con gesto de jactancia, estiró su nariz ganchuda y poblada de finas venitas rojas, junto las cejas negras profusas y tres rayas nítidas acompañaron la ternura de esos ojos grises, cuando decidió principiar. No se veían resquicios de una bacanal, pero sí un cenicero repleto de colillas y de humo. La fumarola iba ingresando al hueco del hogar.

-Quiero que nos cuentes de nuevo lo del ahogado en el Rio de la Plata -dijo Ernesto.

-No, yo prefiero lo de la canoa en el lago -pidió Susy.

-A mí me gustaría escucharlo contando lo del contrabando de cigarrillos uruguayos -insistió German.

    Don Teodoro meditó primero y así habló:

-Resulta que una güelta -chupó el mate, mientras decidía consentir a la niña. Los chicos sabían que en cada anécdota, él agregaba una pizca de ensueño, una porción de humor, un nuevo ingrediente, y sobre todo, pintaba como un pintor de paisajes para dar marco a sus cuentos.

-Es como si leyera un libro de aventuras, o Los viajes de Gulliver -había comentado la carita soñadora de Susy, la última vez que lo visitaron.

-… fuimos con la finada, cuando los dos éramos jóvenes y de espaldas fuertes, con ganas de aventuras y de brazos poderosos, para darle a los remos, con la canoa azul, esa que está allá afuera, tirada boca abajo. Resulta que a la patrona le gustaba el sol y el agua. Era una moza bonita y recorríamos el lago los días calurosos. Partimos de la playa de Santa María, pedregosa, un día de febrero. La vieja, mi madre, se quedó en la orilla con nuestra hija, de meses, todavía.

-…Apenas metimos la canoa, se veía un banco de arena amarilla y después más gris, porque las costas tienen areniscas milenarias de la época de los glaciares, o porque se fueron acumulando con los siglos, con las erupciones volcánicas, y después del último lagomoto, allá por los ‘60.

-…El agua era transparente, después se iba poniendo celestita y más tarde, azul profundo, como en mar adentro, pero sin olas -empequeñecía los ojos para mirar a la distancia y para protegerse del humo que salía del cigarro sostenido en la comisura de sus labios. No veía que las gotas iban borboteando sobre los charcos de su patio. El veía la fulguración coruscante del lago, que parecía una inconmensurable batea aceitosa.

    Los chicos se disponían a escuchar, se acomodaban en los bancos de cuero de chivo y se imaginaban que ellos eran los protagonistas de esa épica; presumían y se jactaban de su valentía haciendo alardes de grandeza, cuando les contaban a sus amigos,  aventuras parecidas, pero trocando las escenas y las circunstancias. Ellos admiraban de Don Teodoro esa capacidad narradora.

    Germán era el más habilidoso hablador y creaba el misterio incorporando bocadillos, circunstanciales de lugar, de tiempo, de modo, y toda clase de nexos. “Pero de repente…”, “Fue entonces, cuando”… “Con ceño fruncido dijo…”  Ernesto, por su parte, lo consentía y reforzaba los protagonismos de esas historias. “La sobrequilla estaba quebrándose… “atamos un grueso calabrote a los obenques…”  Esos vocablos, no siempre eran los apropiados al contexto.

-…habíamos avanzado hacia el medio del lago, donde dicen que hay cuatrocientos metros de profundidad. El murmullo del agua es musical en esos momentos, ¡chas, chas!, los remos entraban tan suaves, como una mano en un guante de cabritilla. Habíamos decidido cruzarlo y llegar hasta la orilla de enfrente. Era una travesía larga, pero la tarde invitaba a seguir. El cansancio no se notaba en los músculos, porque el placer de sentirse sobre el espejo de agua, superaba cualquier dolor del cuerpo. Los cipreses de la costa se veían chiquitos así  -pulgar e índice se estiraban en toda su extensión  -No había necesidad de colocar la vela ésa, la cangrejo, que yo había confeccionado con un nylon grueso y transparente, cosido a una caña que cumplía la función de mástil. Y bogábamos mansamente….

    En el rostro de los chicos se podía observar la fascinación que le provocaban los relatos; ya habían escuchado esa historia, pero estaban atentos para conocer otros ingredientes que él iba añadiendo. Sabían que esas evocaciones le hacían bien a su alma de navegante solitario.

-… la superficie del agua comenzó a rizarse por una brisa apenas perceptible, tenue, que venía por el oeste y pequeñas olas cabrilleaban al sol. Para sacar a la patrona de su abstracción y sus fantasías.. porque yo sabía que no estaba poniendo proa hacia el punto que le había determinado… yo timoneaba … y le eché encima un poco de agua fresca, y ella reía y reía.

    Ernesto se acomodaba en el asiento y la nena sostenía su cabecita rubia con sus dos manitas inquietas, y juro que estaba viendo ese paisaje y las escenas.

-¡Qué lindas palabras utiliza Don Teodoro!, voy a anotarlas para usarlas en las redacciones que nos pide la maestra y buscarlas en el diccionario… travesía, cabrillear, milenario  -eso pensaba la niña, mientras veía al viejo renovar el mate; las torta fritas estaban llegando a su fin.

-…unas nubes blancas, ésas de calor, empezaban a hincharse por el norte y una gran masa negra parecía venirse con rapidez desde el oeste; así que le dije a la patrona que debíamos volver.

-¡Derecha! -le grité -Fuerte virá a la derecha. -Y como no se movía la canoa, de un planchazo de remo le salpiqué la espalda y las gotas la estremecieron. Al fin la embarcación obedeció, pero el viento arreciaba cada vez más. Había que poner el alma entera en remar con fuerza; hacia atrás quedaba una estela de espuma blanca sobre la superficie plana, todavía.

-¡No quiero estar acá, quiero timonear! -me dijo ella, porque en la proa, al lograr algo de velocidad y ponerla estable, sin escorar, dos grandes bigotes se abrían y el agua de los costados subía hasta los bordes, sin entrar. Mejor, porque no hubiésemos tenido manos para achicar.

-Yo tampoco quisiera estar ahí –se solidarizaba Susy mordiendo con voracidad la anteúltima torta frita.

-Yo no le contesté, porque había que surcar el lago con la mayor celeridad. Yo remaba con la tenacidad de un tornillo oxidado. La lóbrega masa de nubes ya estaba oscureciendo todo el cielo. Como lágrimas negras, unas gotas gordas empezaron a caer dispersas primero, hasta que se convirtieron en una andanada de perdigones. Andábamos al garete y la embarcación no obedecía. El derrotero hacia donde quería poner proa, la playa de Santa María, ese macizo de arena, estaba quedando muy a la derecha.  Ibamos hacia un rebazo de la costa como una elevación, o tal vez, un gran declive.

-¿Y entonces? -la ansiedad se reflejaba en el rostro ya en penumbras, de Germán.

-Voy a ensillar otra vez  este mate -lento, hacia la cocina, el viejo prolongaba el misterio. Detrás de su joroba y del humo del cigarro, escondía una sonrisa, sabedor de la intriga que estaba creando. Esta vez había decidido omitir esos detalles triviales y un poco prosaicos, casi escatológicos:  la goma pinchada de la camioneta y el frío que pasaban su madre y la beba, que lloraba de hambre y sucia de pañales cagados.

-Ahora viene el final.

-Si lo sabés -reprochó Ernesto.

-…Güeno -pensó que no haría caso al antiguo proverbio: “La verdad es la cosa de más valor que tenemos. Economicémosla” y continuó agregando un adarme del recuerdo -Un bajío, quizás, o un paredón de peñascos oscuros y de ramaje enredado, se nos venía encima; hacia arriba, un derroche de boscaje apretado de cipreses y de coihues. La playa de arena había quedado a unos dos kilómetros.

-¡Uy, qué frío, y qué miedo! -Susy no podía quedarse quieta ya.

-Al fin, la canoa embicó por donde pudo y bajamos. Dejamos la canoa y los remos debajo de una mata grande de mosquetas y trepamos por el bosque, esquivando las rocas, para llegar a la ruta.

-Y después hicieron dedo para que los lleven hasta Santa María - agregó Ernesto, porque Don Teodoro se había sumido en un silencio pesado, al calor del fuego.

-Me imagino qué habrán pensado los turistas que los llevaron… Esos dos locos, en malla, helados, al costado de la ruta… -acotó Susy al final. Para ella no era un detalle baladí.

-¡Chicos, vuelvan! -escucharon a la señora Barthel que debajo de un paraguas azul, les gritaba detrás del cerco de tablitas verdes, en la vereda mojada y gris de la tardecita.

martes, 2 de mayo de 2023

Tritón sopló con fuerza

 

 

Viejo marino. Marino viejo. Se había dormido con el cigarro en la boca y se había despertado con sus propios ronquidos. Ahora entrecierra los ojos para protegerse del sol abrasador. Mira el Río de la Plata desde la costa de Buenos Aires, mientras hilvana los retazos de sueños.

Navega por el Mar de Creta, que está en calma; ya divisa una isla de ensueño, un pueblo de altura y el sol que se pone tras una cúpula imponente; es una iglesia ortodoxa. Debe descansar y desde el barco se zambulle en las aguas turquesas. Se serena el cuerpo ajetreado y la mente se sosiega, para retomar fuerzas, para enfrentar a Poseidón, si el mar comenzara a encresparse. Porque un navegante debe saber desafiar al dios, empaparse, sacudirse con las olas gigantescas de ese mar de leyendas. Se siente un semi-dios que comienza a sentir los soplos de Tritón o del dios Eolos y se prepara. Morfeo lo lleva por las Islas Cícladas y las Jónicas. No quería ser un suplicante que estuviera al cuidado de los dioses protectores, tenía que probar la fuerza de los mortales, compitiendo con la fuerza de la Naturaleza, como una lid de dioses y de hombres.

Se zambulle y nada cansinamente.

Iza las velas y pone proa hacia Siros, no sin antes beber largamente de su garrafa, para estimularse y es Dionisos el que lo incita. De a poco, la lluvia mansa y persistente y el rayo de Zeus responde al irascible Poseidón. El mar se irrita y el solitario navegante no se amilana, se empeña con fuerzas. Las olas no logran vencerlo, no acuden las ninfas ni las nereidas, ni se deja engañar por el canto de sirenas. Embiste las olas de lado, perfora las paredes de Hydra, se deja mecer por una ola larga. El cielo se estremece, el mar está bravo y la lluvia lo azota. El solitario transpira y se esfuerza para salir del torbellino; como una daga lo traspasa y  finalmente, se detiene. Cronos o Hermes, el mensajero de los dioses, ha acudido en su ayuda antes de que Hades lo lleve al reino de los muertos. Pasa su mano callosa y aún palpitante por la frente sudorosa e interrumpe el delirio. ¡Aún está vivo!

Ha sido un sueño, afortunadamente; se recompone porque debe cumplir con su tarea. Observa las costas de Uruguay, adonde debe ir. No se divisa movimiento en  Prefectura, la brisa es suave pero persistente, que viene del sudeste. Hay olor a lluvia, es la lluvia salada del mar. Otra vez se zambulle en las aguas marrones del río, antes de partir; luego acomoda en la embarcación los pocos implementos, ajusta los aparejos, sujeta la cangreja a la botavara y pone proa al norte.

Una fuerza irresistible lo empuja, es el viento que lo lleva; es una compañía el bisbiseo en cada estocada sobre las olas. Ya está alejándose de la costa y el puerto de Olivos se ve chiquito. Tiene hambre; ha instalado el calentador sobre la sentina al reparo del viento y ha puesto carne, papas y un zapallo para el puchero. La vela se hincha, sublime y elegante.

Mientras fuma tiene tiempo de pensar que es la época de la cosecha de zapallos y la brama de los ciervos. Pone a resguardo la escopeta y cubre con un nylon la bolsa marinera. De regreso traerá cigarrillos negros, de contrabando. Comienza el frío y unas gruesas gotas le mojan la espalda y la cabeza. Debe desatender el timón en busca del rompevientos. Ya hierve el agua y pronto tomará sopa para recuperar fuerzas. Cae el sol por el oeste ya, y el río, que ya es mar, también se violenta cada vez más y no tiene manos para atar, ajustar y a la vez ir “achicando” con el balde, porque el agua empieza a inundarlo todo. Milagrosamente el fuego resiste, pero no huele todavía el puchero.

Se estira, se aferra a un cabo, se afirma en sus piernas, cruje el palo mayor y se arrepiente por la manía de navegar solo, siempre. De reojo, ve caer la garrafa, se tumba la cacerola y se apaga el fuego. Habrá que cerrar la perilla del gas, pero no llega. Se extiende para alcanzar una papa que está rodando y la devora en dos mordiscos. Ha perdido el timón, se destrozó un motón y las velas flamean y se deshilachan. Tiene frío en las manos y gotas heladas le perlan la frente. Un chubasco arrecia.

Tritón o Poseidón, por momentos expulsa carcajadas y se burla. Zeus atruena y dibuja en el cielo oscuro cuchilladas de fuego. Luego ambos se calman. Contrariamente, el corazón del viejo se precipita, quiere salirse del pecho, cabalga, como cabalga la pequeña embarcación y se desboca, se tranquiliza y se sacude. Un empellón más, y el barco embica bruscamente en la costa de Maldonado.

-Estaba cargando zapallos en la carretilla y quise refugiarme de la tormenta, cuando vi restos de un barco sobre la playa y ahí lo vi. Debe haber muerto por un ataque al corazón. No encontré documentos, ni el rol de navegación. La Sudestada ha sido brava.

El cadáver tenía en su rostro una sonrisa plácida, como si soñara que lo transportan a lomo de burro en la isla de Hydra, que es un puerto chiquito. Hay mucho silencio y la piedra oscura de las construcciones medievales, parece brindarle la paz que necesita.

jueves, 13 de abril de 2023

Palo Blanco

 

 

Con un poco de cronista, un poco de poeta y bastante pasión llegué a Palo Santo. Pensaba que es un arbusto símil al Palo Santo, o el pino albar de la llanura manchega.

La curiosidad me picaba para indagar, hasta que vi en la plaza principal del pueblo, una escultura figurando un árbol mocho, en cuyo extremo superior está posado un aguilucho que otea el horizonte con avidez; sus excrementos pintan de blanco el tronco seco. Una bandera argentina estática, nos invita a visitar el paraje catamarqueño.

-¿Por qué se llama así este pueblo?

-Está representado en la plaza, vea…

-Debe haber otra explicación, doña. Cuénteme, que ando curioseando. -La anciana, como una pasita de uva y curtida por los vientos del desierto, me mira con sorpresa.

-Nunca me han preguntado cosa así, pero le voy a decir. -Así principia su relato.

-Tengo 104 años y mi abuelita, que en paz descanse, me contaba… -Su voz raspada re busca entre los pensamientos guardados hace mucho tiempo. Se nublan los ojitos tiernos al mirar hacia el norte. -El bisabuelo era arriero de cabritas y ovejas. Traían el piño hasta aquí, desde las alturas.

-¿Sería desde Bolivia?

-No sé decirle, hace tantos años, joven. Y desde el sur también arriaban el ganado. Eso era en el otoño para que los animalitos no se mueran de frío y de hambre. ¿Me entiende?

-¡Ah!, una posta en el camino para descansar del largo trajín de días y reponer energías.

-Dicen que armaban grandes comilonas alrededor del fuego. Cordero al palo, puchero, locro.  No faltaban los recitados acompañados por alguna guitarra. Y los animalitos pastaban los yuyos ralos del arenal y abrevaban en los hilitos de agua que se formaban por el deshielo de la cordillera. Eso contaban.

En la plaza se exponen las artesanías locales y hay un ruedo de tejedoras, parcas en el hablar, que hilan la lana de cabra y tejen relatos que son esperanzas. Una mujer más joven se acerca y va completando la historia, porque la viejita se ha cansado, como si le faltara el aire y así, apantallándola, me cuenta.

-Iban a Tinogasta a comerciar sus productos. En la escuela me enseñaron que eran buenos ceramistas. Arcilla, el material. De ser nómades fueron transformándose en sedentarios y se establecieron aquí. – Relaciono las piezas que vi en el museo municipal, provenientes de la cultura diaguita y después, incaica.

Como el pájaro, que escudriña desde el atalaya, así siento satisfecha mi curiosidad y gestiono mis emociones, cuando percibo la paz del entorno. Una vastedad lejana en el cielo azul, salpicado de nubes blancas. El cielo es tierra, y la tierra es cielo. Hay puñados de silencio entre el barro rojo, como si en el lodo se guardaran los más recónditos secretos. Las vides, los nogales, las higueras, los olivares, están borrachos de sol.

Ahora comienza el ocaso, parsimoniosamente, y es el vino patero mi única compañía, mientras saboreo quesillo de cabra con dulce de membrillo. Y ya siento las ausencias cuando oigo el galope solitario de un caballo por la madrugada del arenal, y me confundo, es el palpitar de mi pecho argentino.

SI DARWIN VIVIERA...y otros microcuentos

 

SI DARWIN VIVIERA

Agregaría la situación actual a la línea del tiempo en la evolución histórica. Homo erectus, Hombre de Neardenthal, homo sapiens…

Luego de tantos millones de años, nos vería como el primer orangután.

 

 

SATISFECHO

Como los anfibios, que se adaptaron al ambiente, los dinosaurios fueron transformándose en carnívoros, aunque todavía degustan a algún vegano.

Hoy, por casualidad, vi que uno de ellos entró a un restaurant y deglutió enterito, al parrillero. Luego, no con saltitos alegres, sino a grandes zancadas torpes, se perdió entre la maleza para hacer la siesta. 

 

DINOSAURIOS (microcuentos)

Llevo un dinosaurio en mis entrañas. Aún puedo roer las raíces escasas que se niegan a morir en el erial.

Las aves carroñeras harán su parte: me deglutirán sin pudor.

Y aquí estoy, sacudiendo mi cola portentosa para espantar a los que me perturban cada día.

MIENTRAS NADO, NADA.

 

 

¿Vieron que hay una expresión que sirve para cortar una conversación, como si se dijera etcétera, o tal? A veces se usa para iniciar una reflexión. Se dice “nada”, como si no hubiera algo positivo que contar. ¿Cómo “nada? Si pasó de todo, todas situaciones buenas y otras no tanto.

La cuestión es que cuando me harto de todo esto, voy a nadar, para aislarme del mundo superfluo y de plástico.  Nado para pensar, para sentir sensaciones un tanto olvidadas. Y me inspiro; en pileta, nado, porque en aguas abiertas, no. Es peligroso. ¿O es miedo? Las aguas marrones y cálidas, de pronto son turbulencias de las palometas que te pueden morder un tobillo, el dedo gordo del pie, los talones, cuando a grandes brazadas, quiero escapar. O de repente, un cocodrilo camuflado entre los camalotes de la costa, te puede tragar sin piedad.

Soy friolenta y además me gusta ver el fondo celeste que ondea con la claridad exterior y con cada brazada me estiro, respiro. Acquawoman, cabalgo en un hipocampo gigante que desafía las tormentas y los remolinos, como el Quijote luchando contra los molinos de viento. ¿Trastornada yo? Mejor, ciclotímica. Exhalo y las burbujas van dejando una estela de ilusiones; cuando vuelvo a tomar aire escucho las voces del entrenador y la gritería de los chicos de la colonia de vacaciones. Vuelvo a sumergirme.

Lo bueno es que estoy en buen estado, pero una cosa me aterra; el infierno de la conciencia es un incendio que no logro combatir. El agua plácida me aquieta los estados alterados, y sigo. Ya estoy apurada. Vuelta americana, me impulso y ya quiero salir para escribir todo lo que las musas me van contando.

Estiro los músculos satisfechos y cansados y ahora veo, desde el ventanal; los copos cayendo mansamente. Las palabras estarán cubriéndose con el manto blanco. Entonces corro para atraparlas, todas esas que fueron amasándose en mi mente, mientras nadaba. Las acaricio, las abrigo y las llevo adentro. Así salen mis emociones escondidas, los recuerdos, las culpas, los deseos y todo ese mundo exterior que observo, que me embronca, que da risa… (que no es “nada”) ironizo, invento ficciones y ahora sí, las palabras van a llenar la hoja en blanco, que paciente, me está esperando.

Las desentumezco, las decoro, las condimento y salen textos poéticos, mordaces, acusatorios. ¿Ven? Todo mantiene a raya la salud mental y el equilibrio con la salud física. Así que no tengo miedo a la vejez. Me convierto en una vieja sabia que no vivió debajo de un felpudo o encerrada en una cúpula de cristal. Una vida intensa con todos los claroscuros, como es natural.

Ahora toca fortalecer el trípode de lo social, para que los mensajes lleguen a los lectores y en ese ida y vuelta, podamos ser puro pensamiento, pura reflexión, pura emoción. Interpelo y sé que lo lograré.