martes, 2 de mayo de 2023

Tritón sopló con fuerza

 

 

Viejo marino. Marino viejo. Se había dormido con el cigarro en la boca y se había despertado con sus propios ronquidos. Ahora entrecierra los ojos para protegerse del sol abrasador. Mira el Río de la Plata desde la costa de Buenos Aires, mientras hilvana los retazos de sueños.

Navega por el Mar de Creta, que está en calma; ya divisa una isla de ensueño, un pueblo de altura y el sol que se pone tras una cúpula imponente; es una iglesia ortodoxa. Debe descansar y desde el barco se zambulle en las aguas turquesas. Se serena el cuerpo ajetreado y la mente se sosiega, para retomar fuerzas, para enfrentar a Poseidón, si el mar comenzara a encresparse. Porque un navegante debe saber desafiar al dios, empaparse, sacudirse con las olas gigantescas de ese mar de leyendas. Se siente un semi-dios que comienza a sentir los soplos de Tritón o del dios Eolos y se prepara. Morfeo lo lleva por las Islas Cícladas y las Jónicas. No quería ser un suplicante que estuviera al cuidado de los dioses protectores, tenía que probar la fuerza de los mortales, compitiendo con la fuerza de la Naturaleza, como una lid de dioses y de hombres.

Se zambulle y nada cansinamente.

Iza las velas y pone proa hacia Siros, no sin antes beber largamente de su garrafa, para estimularse y es Dionisos el que lo incita. De a poco, la lluvia mansa y persistente y el rayo de Zeus responde al irascible Poseidón. El mar se irrita y el solitario navegante no se amilana, se empeña con fuerzas. Las olas no logran vencerlo, no acuden las ninfas ni las nereidas, ni se deja engañar por el canto de sirenas. Embiste las olas de lado, perfora las paredes de Hydra, se deja mecer por una ola larga. El cielo se estremece, el mar está bravo y la lluvia lo azota. El solitario transpira y se esfuerza para salir del torbellino; como una daga lo traspasa y  finalmente, se detiene. Cronos o Hermes, el mensajero de los dioses, ha acudido en su ayuda antes de que Hades lo lleve al reino de los muertos. Pasa su mano callosa y aún palpitante por la frente sudorosa e interrumpe el delirio. ¡Aún está vivo!

Ha sido un sueño, afortunadamente; se recompone porque debe cumplir con su tarea. Observa las costas de Uruguay, adonde debe ir. No se divisa movimiento en  Prefectura, la brisa es suave pero persistente, que viene del sudeste. Hay olor a lluvia, es la lluvia salada del mar. Otra vez se zambulle en las aguas marrones del río, antes de partir; luego acomoda en la embarcación los pocos implementos, ajusta los aparejos, sujeta la cangreja a la botavara y pone proa al norte.

Una fuerza irresistible lo empuja, es el viento que lo lleva; es una compañía el bisbiseo en cada estocada sobre las olas. Ya está alejándose de la costa y el puerto de Olivos se ve chiquito. Tiene hambre; ha instalado el calentador sobre la sentina al reparo del viento y ha puesto carne, papas y un zapallo para el puchero. La vela se hincha, sublime y elegante.

Mientras fuma tiene tiempo de pensar que es la época de la cosecha de zapallos y la brama de los ciervos. Pone a resguardo la escopeta y cubre con un nylon la bolsa marinera. De regreso traerá cigarrillos negros, de contrabando. Comienza el frío y unas gruesas gotas le mojan la espalda y la cabeza. Debe desatender el timón en busca del rompevientos. Ya hierve el agua y pronto tomará sopa para recuperar fuerzas. Cae el sol por el oeste ya, y el río, que ya es mar, también se violenta cada vez más y no tiene manos para atar, ajustar y a la vez ir “achicando” con el balde, porque el agua empieza a inundarlo todo. Milagrosamente el fuego resiste, pero no huele todavía el puchero.

Se estira, se aferra a un cabo, se afirma en sus piernas, cruje el palo mayor y se arrepiente por la manía de navegar solo, siempre. De reojo, ve caer la garrafa, se tumba la cacerola y se apaga el fuego. Habrá que cerrar la perilla del gas, pero no llega. Se extiende para alcanzar una papa que está rodando y la devora en dos mordiscos. Ha perdido el timón, se destrozó un motón y las velas flamean y se deshilachan. Tiene frío en las manos y gotas heladas le perlan la frente. Un chubasco arrecia.

Tritón o Poseidón, por momentos expulsa carcajadas y se burla. Zeus atruena y dibuja en el cielo oscuro cuchilladas de fuego. Luego ambos se calman. Contrariamente, el corazón del viejo se precipita, quiere salirse del pecho, cabalga, como cabalga la pequeña embarcación y se desboca, se tranquiliza y se sacude. Un empellón más, y el barco embica bruscamente en la costa de Maldonado.

-Estaba cargando zapallos en la carretilla y quise refugiarme de la tormenta, cuando vi restos de un barco sobre la playa y ahí lo vi. Debe haber muerto por un ataque al corazón. No encontré documentos, ni el rol de navegación. La Sudestada ha sido brava.

El cadáver tenía en su rostro una sonrisa plácida, como si soñara que lo transportan a lomo de burro en la isla de Hydra, que es un puerto chiquito. Hay mucho silencio y la piedra oscura de las construcciones medievales, parece brindarle la paz que necesita.

jueves, 13 de abril de 2023

Palo Blanco

 

 

Con un poco de cronista, un poco de poeta y bastante pasión llegué a Palo Santo. Pensaba que es un arbusto símil al Palo Santo, o el pino albar de la llanura manchega.

La curiosidad me picaba para indagar, hasta que vi en la plaza principal del pueblo, una escultura figurando un árbol mocho, en cuyo extremo superior está posado un aguilucho que otea el horizonte con avidez; sus excrementos pintan de blanco el tronco seco. Una bandera argentina estática, nos invita a visitar el paraje catamarqueño.

-¿Por qué se llama así este pueblo?

-Está representado en la plaza, vea…

-Debe haber otra explicación, doña. Cuénteme, que ando curioseando. -La anciana, como una pasita de uva y curtida por los vientos del desierto, me mira con sorpresa.

-Nunca me han preguntado cosa así, pero le voy a decir. -Así principia su relato.

-Tengo 104 años y mi abuelita, que en paz descanse, me contaba… -Su voz raspada re busca entre los pensamientos guardados hace mucho tiempo. Se nublan los ojitos tiernos al mirar hacia el norte. -El bisabuelo era arriero de cabritas y ovejas. Traían el piño hasta aquí, desde las alturas.

-¿Sería desde Bolivia?

-No sé decirle, hace tantos años, joven. Y desde el sur también arriaban el ganado. Eso era en el otoño para que los animalitos no se mueran de frío y de hambre. ¿Me entiende?

-¡Ah!, una posta en el camino para descansar del largo trajín de días y reponer energías.

-Dicen que armaban grandes comilonas alrededor del fuego. Cordero al palo, puchero, locro.  No faltaban los recitados acompañados por alguna guitarra. Y los animalitos pastaban los yuyos ralos del arenal y abrevaban en los hilitos de agua que se formaban por el deshielo de la cordillera. Eso contaban.

En la plaza se exponen las artesanías locales y hay un ruedo de tejedoras, parcas en el hablar, que hilan la lana de cabra y tejen relatos que son esperanzas. Una mujer más joven se acerca y va completando la historia, porque la viejita se ha cansado, como si le faltara el aire y así, apantallándola, me cuenta.

-Iban a Tinogasta a comerciar sus productos. En la escuela me enseñaron que eran buenos ceramistas. Arcilla, el material. De ser nómades fueron transformándose en sedentarios y se establecieron aquí. – Relaciono las piezas que vi en el museo municipal, provenientes de la cultura diaguita y después, incaica.

Como el pájaro, que escudriña desde el atalaya, así siento satisfecha mi curiosidad y gestiono mis emociones, cuando percibo la paz del entorno. Una vastedad lejana en el cielo azul, salpicado de nubes blancas. El cielo es tierra, y la tierra es cielo. Hay puñados de silencio entre el barro rojo, como si en el lodo se guardaran los más recónditos secretos. Las vides, los nogales, las higueras, los olivares, están borrachos de sol.

Ahora comienza el ocaso, parsimoniosamente, y es el vino patero mi única compañía, mientras saboreo quesillo de cabra con dulce de membrillo. Y ya siento las ausencias cuando oigo el galope solitario de un caballo por la madrugada del arenal, y me confundo, es el palpitar de mi pecho argentino.

SI DARWIN VIVIERA...y otros microcuentos

 

SI DARWIN VIVIERA

Agregaría la situación actual a la línea del tiempo en la evolución histórica. Homo erectus, Hombre de Neardenthal, homo sapiens…

Luego de tantos millones de años, nos vería como el primer orangután.

 

 

SATISFECHO

Como los anfibios, que se adaptaron al ambiente, los dinosaurios fueron transformándose en carnívoros, aunque todavía degustan a algún vegano.

Hoy, por casualidad, vi que uno de ellos entró a un restaurant y deglutió enterito, al parrillero. Luego, no con saltitos alegres, sino a grandes zancadas torpes, se perdió entre la maleza para hacer la siesta. 

 

DINOSAURIOS (microcuentos)

Llevo un dinosaurio en mis entrañas. Aún puedo roer las raíces escasas que se niegan a morir en el erial.

Las aves carroñeras harán su parte: me deglutirán sin pudor.

Y aquí estoy, sacudiendo mi cola portentosa para espantar a los que me perturban cada día.

MIENTRAS NADO, NADA.

 

 

¿Vieron que hay una expresión que sirve para cortar una conversación, como si se dijera etcétera, o tal? A veces se usa para iniciar una reflexión. Se dice “nada”, como si no hubiera algo positivo que contar. ¿Cómo “nada? Si pasó de todo, todas situaciones buenas y otras no tanto.

La cuestión es que cuando me harto de todo esto, voy a nadar, para aislarme del mundo superfluo y de plástico.  Nado para pensar, para sentir sensaciones un tanto olvidadas. Y me inspiro; en pileta, nado, porque en aguas abiertas, no. Es peligroso. ¿O es miedo? Las aguas marrones y cálidas, de pronto son turbulencias de las palometas que te pueden morder un tobillo, el dedo gordo del pie, los talones, cuando a grandes brazadas, quiero escapar. O de repente, un cocodrilo camuflado entre los camalotes de la costa, te puede tragar sin piedad.

Soy friolenta y además me gusta ver el fondo celeste que ondea con la claridad exterior y con cada brazada me estiro, respiro. Acquawoman, cabalgo en un hipocampo gigante que desafía las tormentas y los remolinos, como el Quijote luchando contra los molinos de viento. ¿Trastornada yo? Mejor, ciclotímica. Exhalo y las burbujas van dejando una estela de ilusiones; cuando vuelvo a tomar aire escucho las voces del entrenador y la gritería de los chicos de la colonia de vacaciones. Vuelvo a sumergirme.

Lo bueno es que estoy en buen estado, pero una cosa me aterra; el infierno de la conciencia es un incendio que no logro combatir. El agua plácida me aquieta los estados alterados, y sigo. Ya estoy apurada. Vuelta americana, me impulso y ya quiero salir para escribir todo lo que las musas me van contando.

Estiro los músculos satisfechos y cansados y ahora veo, desde el ventanal; los copos cayendo mansamente. Las palabras estarán cubriéndose con el manto blanco. Entonces corro para atraparlas, todas esas que fueron amasándose en mi mente, mientras nadaba. Las acaricio, las abrigo y las llevo adentro. Así salen mis emociones escondidas, los recuerdos, las culpas, los deseos y todo ese mundo exterior que observo, que me embronca, que da risa… (que no es “nada”) ironizo, invento ficciones y ahora sí, las palabras van a llenar la hoja en blanco, que paciente, me está esperando.

Las desentumezco, las decoro, las condimento y salen textos poéticos, mordaces, acusatorios. ¿Ven? Todo mantiene a raya la salud mental y el equilibrio con la salud física. Así que no tengo miedo a la vejez. Me convierto en una vieja sabia que no vivió debajo de un felpudo o encerrada en una cúpula de cristal. Una vida intensa con todos los claroscuros, como es natural.

Ahora toca fortalecer el trípode de lo social, para que los mensajes lleguen a los lectores y en ese ida y vuelta, podamos ser puro pensamiento, pura reflexión, pura emoción. Interpelo y sé que lo lograré.

Esta tarde baile con el Quijote

 

 

 

    Voy por la calle de los Recoletos en el centro histórico de Toledo y me encamino hacia la Plaza de Zocodover. “Mercado de las bestias” le decían cuando en ese lugar se hacían las ventas, el comercio de ganado y de mercancías.

    Cerca de la Catedral compré una navaja toledana para regalo y una bota de vino, como presente. Admiré tapices, esculturas, cerámicas, tejidos y toda clase de artesanías de Castilla –La Mancha. Me llamó la atención la exposición en las vidrieras de trajes medievales para hombre y para mujer, en venta o en alquiler.

    Esta tarde, calurosa y soleada, me invita a recorrer calles y callejuelas, el Museo del Greco, la Mezquita de las Tornerías y del Cristo de la Luz, el Barrio de la Judería, el Museo de Santa Cruz, más obras del pintor famoso, conventos, iglesias, monasterios, sinagogas… En su interior, el frescor me recupera el pulso y me embebe el sudor. Me abstraigo de tanta tradición sefardí, de tanto rigor religioso, de tanta Reconquista. Tanta cultura de siglos, cristianos y moros, y la historia agobian mi mente y abruman mi cuerpo cansado. Tanta grandiosidad contrasta con la pequeñez de los paseantes que, como yo, quieren mimetizarse con el monumental cielo azul de Castilla.

    Quiero salir otra vez al trajín de la ciudad, el Ayuntamiento y los dibujos y caricaturas del Ingenioso Hidalgo. El teatro Rojas es una romería de lectura silenciosa y continuada de la épica castellana. “Aniversario de la muerte de Cervantes. Día Internacional de Libro” –anuncian en cartelera un variado programa.

    Ahora camino hacia la feria;  los feriantes ofrecen sus productos y me asombro; una aldeana de falda larga, camisa y cofia invita a degustar una cazuela campesina, entre vapores aromáticos; un mozo de sayo corto con volados y  calza, muestra aros, pulseras, anillos, medallones; otro joven de jubón ajustado, babuchas y pantuflos, vende alforjas, bolsos y valijas en telar; una gorda aldeana bizarra se empeña entre sartenes y jamones, mientras el  labriego flaco y quijotesco, horquilla en mano, hornea unos gordos panecillos. A su lado, un burro viejo se hunde en una parva de heno oloroso. Más allá, una pareja de artesanos rubios con sombrero de copa puntiaguda y ala corta, confeccionan piezas de vidrio y metal. A sus espaldas, un mate y un termo me llaman la atención, dispuestos entre gemas pulidas y piedras rústicas.

-¿Son argentinos? –les pregunto.

-Sí. Estamos recorriendo España para las fiestas patronales – su entonación no es lengua romance ni genuino español, es auténtico rioplatense.

-Yo también. ¿Me convidan con un mate?- les digo - Los reconocí por el aspecto, la entonación y el equipo de mate. Hace días que no tomo y lo extraño – y ese sabor amargo, elixir de los dioses de las pampas, me quita la sed y me reconforta para seguir el recorrido.

    Entretanto, comienzan a oírse unos sonidos dulces mezclados con el rumor de la calle, las voces y el trajinar de los transeúntes. Por un momento, todo se vuelve silencio y muchos corren hacia la calle de la Trinidad, de donde proviene la música. La cadencia de un laúd, los agudos de las chirimías, los graves de un trombón de varas y la rusticidad de los sacabuches de calabaza. Los músicos preceden a los actores disfrazados de caballeros, de pastores, de aldeanas, de labriegos. Entre ellos se destaca una alta figura, gallardo caballero de armadura brillante, peto, espaldar, loriga, morrión y espada enfundada, mas sin escudo, porque no va precisamente a la guerra. Mira con altivez hacia la lejanía, por sobre las cabezas de los curiosos, sin ver, como soñando la libertad; él no sabe que son sólo utopías. A un lado, su escudero Sancho, de caperuza emplumada; el sayo con cuello en lechuguino no alcanza a cubrir su abdomen prominente; capa de vibrante bordó, calzones, medias, abarcas y una amplia sonrisa bonachona. Al otro, una Dulcinea rozagante de cachetes colorados luce refajo a rayas con vuelos, corpiño de terciopelo negro y pechuguín con puntillas blancas; de su cofia asoman unos rulos rebeldes y cubre sus hombros una pañoleta anudada en el torso.

    Al llegar a la esquina se detiene la comitiva y comienzan a danzar chansones, villancicos y rondas. El público se aglomera en desorden y confusión, como si el siglo XVII hubiese reaparecido, de pronto, y como si el siglo XXI necesitara un poco de remanso, un trémulo toque suave de cariño o un bálsamo de flauta dulce y romances. De repente, el  caballero en extremo delgado, sale de la ronda y sacándose las manoplas, con ademan gentil, me incorpora a la ronda y todos bailamos con los brazos entrelazados al compás de la música. Una ensoñación me arrastra hacia la magia de los siglos, mientras recuerdo un proverbio árabe y escucho la canción que habla de letras, de caminos y de días, de sabiduría, de música, del yantar, de la amistad y de la felicidad.

    Un instante fugaz,  muy parecido a la felicidad.

“Don Quijote cabalga de nuevo” -es la propuesta teatral que se anuncia. Es el mes de abril. Son trescientos noventa y ocho años desde el fallecimiento de Cervantes.

    Me alejo finalmente del bullicio para reconcentrarme y disfrutar de la soledad, en las orillas del rico y dorado Tajo magnifico, a esa hora del atardecer, cuando el sol va escondiéndose. Me parece ver a la distancia, al raquítico Rocinante pastando en la pradera, junto a Sancho descansando a la sombra de un pino albar, solitario, en la llanura igual y extensa. Un poco más allá, el caballero de la armadura afila su espada en la sola piedra redonda al borde del camino polvoriento y luego, de un salto, con inaudita destreza, hacia atrás, embiste el aire, tajeando el horizonte una y otra vez, hacia arriba, hacia un lado, hacia abajo en diagonal, y hacia el otro lado, como si luchara con un enemigo invisible que hay que ajusticiar, y partir al gigante por la mitad del cuerpo. El viento fuerte, las ráfagas, y la distancia no dejan oír el entrechocar metálico de la absurda vestimenta. El sol ya débil, por el poniente aun hace relumbrar su espaldar y su corselete entre la grande y espesa polvareda.. No se distingue a Dulcinea. Tal vez está retozando en la laguna que veo brillar allá, a lo lejos.

-Para que no se oxide su armadura.

-Para que no pierda brillo su espada.

-Para que no se empañe su nobleza.

-Para que no se diluya su osadía.

Todo eso estoy pensando, cuando siento una mano blanda sobre mi hombro y mi mochila.

-Niña, no te quedes sola aquí. Hay muchos truhanes a estas horas. Ven conmigo -y Sancho me lleva a la grupa de su jumento gris, como una dama de alta hermosura, una doncella andante. Enfilamos hacia la llanura manchega y llevo en mi mochila la navaja para defendernos de pillos, de endrigos o de sierpes y llevo también la bota de vino que habrá que llenar para menudear unos tragos durante la travesía, sin fantasmas, ni moros encantados.

    El caballero de la triste figura ya no danza. Estará ahora cenando con los cabreros o en la cueva de los Montecinos, para dormir y soñar con el fuego divino de Prometeo. Sancho ríe a carcajadas sonoras de sus propias chanzas y su panza sube y baja como un fuelle resoplón.

La otra cara

 

La otra cara

Los amigos van al encuentro en el lugar exacto y a la imperturbable hora germana. Check Point es el sitio elegido. A esta hora del medio día, la ciudad bulle en su esplendor y se deleita mostrándonos variopintos especímenes que solos, o acompañados, hablan todas las lenguas.

Sin embargo, todo es tan ordenado…hasta el caos es organizado respetuosamente. Es como si los horrores de la guerra hubieran sido superados y la tristeza marcada en los rostros hubiera trocado en busca de libertad.

Desde el sector este va llegando Ann, la estudiante que ha roto con su novio japonés y para calmar su angustia, se irá en breve a Israel para asistir a un curso para futuros médicos, sobre las estrategias psicológicas a aplicar con pacientes y familiares. Ayer ha convocado a los otros, sus amigos, para recibir su afecto y despedirse.

Por el oeste se acerca Reinhold, incansable viajero, más maduro, que según ha dicho por teléfono, trabaja como voluntario en una fundación sin fines de lucro. Será profesor de inglés y director de teatro vocacional en Indonesia, porque viaja en los próximos días.

Por el norte viene Hans Joachim, el díscolo, el bohemio retratista callejero que no tiene éxitos ni ganancias en su oficio, por ahora. Y por el sur, camina rápido Franck, el enamoradizo. Está compungido porque extraña a su novia rusa, ha dicho y se ven cada seis meses, una vez en Rusia, y otra en Alemania.

El Museo del holocausto y el lugar donde estuvo establecida la Gestapo, se llama “Topografía del terror”. Es una muestra documental y fotográfica que impone miedo y dolor a los visitantes.

-No soy masoquista, dice Franck, por eso vengo a encontrarme con ustedes y recorrer otra zona de la ciudad, más colorida y más alegre.

En el metro, el domingo muestra su presencia más activa. Los ciclistas cargan sus bicicletas para pasear por los parques. Sonssouci es una buena opción, así como los jardines de Charlottenburg o el Tiergardner.

En el sector este, el barrio turco muestra toda la algarabía. Se deciden por un restaurante que ofrece pescados y mariscos.

-Parece que pronto daré el gran salto –comenta Hans Joachim- Voy a encontrarme luego con la curadora de la sala donde expondré mis obras. Estoy contento, porque venderé mis cuadros, al fin.

-Brindemos, amigos. ¡Salud! Por los viajes, por el arte, por el amor, por la profesión y por el trabajo voluntario.

Retoman el paseo ahora, hacia la orilla del río. Franck los lleva a un bar caribeño, uno de los pocos que quedan aún en Berlín y resisten la demolición de los viejos edificios para construir otros más modernos. Es la zona donde han dejado casi un kilómetro del muro, que ha sido coloreado por artistas de todo el mundo, festejando la caída del muro.

-Me quedo aquí. –dice Franck,  y se tira en una reposera a beber y fumar mirando el río. Música jamaiquina, reggae, rojo, amarillo y verde, ¡Yeah! Rastas. Dan otro panorama a la ciudad.

Los otros tres amigos se vuelven. Es hora de atender cuestiones personales.

Los he seguido en silencio y he estado disfrutando esta ciudad de tan variados tonos, que atrapa y deleita. Las imágenes se suceden. Potsdamen platz, la isla de los museos, el parlamento (Reichstadt), los palacios señoriales de la dinastía de los Frederick, la villa de verano en Caputh, donde residía Einstein, la rica cerveza alemana y sus comidas, el oso de Berlín… lo viejo, lo nuevo, la guerra, el resurgimiento, la reconstrucción de la ciudad y de las almas de su gente,  y sigo sorprendiéndome.

sábado, 31 de diciembre de 2022

ONIRONAUTAS

 

 

Un arco iris vibrante se muestra con todos sus brillos sobre una pizarra de nubes amenazantes hacia el oeste.  Me había acostado a todo lo largo del banco, el único desocupado. Ese arco en el cielo me hacía pensar en la bandera del inca mágico y milenario.

-Siéntese, señorita –una mujer policía me obligó a interrumpir mis cavilaciones – En el Cuzco hay que estar sentados.

Me acordé, entonces, cuando una joven residente iba corriendo a su trabajo y la detuvieron por la calle Chiwanpata. –Aquí está prohibido correr –le dijeron. Vi también en la Iglesia de Chincheros el lienzo de la última cena. Ttito Quispe, creo, en la mesa de los apóstoles, el plato principal era un cuy y me estremecí. Había visto ese conejito de los Andes en su jaula y tan tímido, se escurrió atrás, a una cueva junto al restaurant de comidas típicas. Ese día no comí conejo. Todavía sentía el regusto del té de coca. Soroche, le dicen al mal de las alturas, 3.600 m. Me sentí como un astronauta flotando en el espacio y quería correr tras el guía que explicaba. Saqsayhuaman, “halcón jaspeado”. No caminen tan rápido, les decía y alcancé a oir algo sobre Francisco Pizarro. Ahora lo veo ahí, adusto, de sombrero emplumado y peto protector que mira hacia abajo la celebración del Inti Rayni, que está empezando. Por la calle Juan de Dios vienen colores, danzas, cantos, banderas del Cuzco milenario Tawantinsuyo , que se mueven pesados, lentos, acompasados. Las momias y las vírgenes del Sol, chirimías, chirimoyos y algodones de azúcar. Es el solsticio de invierno y de la ladera de los cerros Mama Killa, la luna y los chiquillos con sus llamas. “Una foto, un sol”-implora una niña sonrisa de labios finos, carita redonda de cachetes colorados y ojos mansos achinados, sombrerito de ala corta  y trenza de pelos renegridos, falda bordada con dibujos multicolores.

“Un recuerdo para Ud”-me extiende otro jovencito un dibujo –“Esto lo aprendí en la escuela” –Y es el Padre Inti que sostiene un sol desde uno de sus rayos; el otro, es Mama Ocllo que mantiene en alto a la luna. Manos gastadas hábiles de mujeres andinas hilan, tejen y entrelazan los colores de su raza.

Me acuerdo que ayer nomás había visto a los acampados en la Plaza de Armas alrededor de la fuente de la Catedral y las pancartas de los empleados de la salud. “Peligro, fiebre porcina”. “Atrás. Atrás, ministra incapaz! –gritan los manifestantes. A mi lado se sienta una anciana curtida por los años y los fríos de la montaña y expone los productos de la sierra, sus papas, sus ajíes, sus tejidos, sus cebollas.

-Allá traen al Cristo de los temblores- me dice la viejecita – Está estaquiado en su cruz. Es negro. ¿Por qué? Por el humo de las velas, que lo oscurece cada vez más, y yo no me lo creo. ¿Por qué se llama así? Fue capaz de detener la tormenta y los sismos, y al mar embravecido cuando lo traían desde el mar.

-¡Ministra Qurichón, bajete el calzón! -Pasa la manifestación y un borracho que ya no puede sostenerse, empina su botella con jugo de chicha morada, balbucea y babea. Las chicharronerías despiden sus olores. Un vaho de fritangas cruza la plaza y los guías de turismo entonan: “Ministra, cuidado, calabaza, calabaza, vete a tu casa” y el altoparlante atrona…”que los políticos no se llenen más de dinero los bolsillos. Derramaremos sangre, si es preciso,  para que al Perú no lo transformen en inculto”. El Inca Tupac Amarú los aplaude encaramado en la cornisa del convento de Santa Catalina.. Una ancestral épica de la sublevación que no cesa. Se alejan las guardias femeninas, pero desde la otra esquina aparecen unos hombres de negro y no los echan. Se incorporan a la celebración y a los ritmos, cabezas de cóndor-papel maché y alas de craquelé.

-Me robaron sesenta soles –es la letanía junto a las casas de cambio. La Mancomunidad Wilcomayo, de las cuatro regiones, desde Calca a Urubamba vienen desde la plaza del Regocijo y se incorporan a la procesión. Bajan también los zombies de la calle de los Procuradores. “Aeropuerto” le dicen, porque los transeúntes vuelan y carretean por esa zona liberada de alcohol y drogas.

-Come on, baby –un inglés mareado y febril tira estocadas vanas hacia la cintura de una joven.

-¡No, no! Son cincuenta soles, paga primero –le contesta una morenita de falda corta, piernas contorneadas y hombros al descubierto.

-Mira, los echan hacia la cuesta de San Blas! Y allá van “Vamos, guía, que el guía no se rinde”. Los guías y los estudiantes de turismo se reúnen frente a la piedra de los doce ángulos y dicen: “Estos son los trabajos de los incas, y aquellos, los trabajos de los incapaces”, señalando un monasterio cristiano implantado sobre construcciones incaicas.

-Damas gratis. Clases de bossa-nova y salsa –dice el volante que promociona un pub, al lado de la Iglesia de la Compañía de Jesús.

La tarde se ha puesto de oropel cuando un sopor va adormeciéndome. Un coche veloz que baja por el empedrado, por no atropellar a un paseante, derriba una mesa que expone en la acera toda clase de muñecas de fieltro, símbolos de todas las comunidades. Un danzarín del Inti Rayni le hace caer la careta a una niña típica de falda multicolor que no es tal. Es Hiram Bingham travestido, que no lleva su sombrero de explorador, ni su chaleco, ni sus botas acordeonadas. Lleva en su morral un maíz amarillo, una vasija ceremonial de asas rotas, una pieza de oro y una cebolla roja; de un bolsillo asoma su cabeza una serpiente del inframundo, del silencio de los drenajes y de los acueductos. En tanto, Tadeo Escalante, el pintor, me invoca desde sus lienzos, el cóndor custodia el mundo de arriba, desde el altar de la Catedral, de oro repujado y plata junto a un órgano imponente, un cura católico me convoca, mientras un puma feroz salta al púlpito y un angelito rozagante sobrevuela por la cuesta de San Blas, entre nubes bajas, regordetas y redondas.

-¡Señorita, amiga!, despierte que es hora de partir. Y porque me agradó conversar con Ud., tome este presente. -Y me da una miniatura de cerámica que intenta parecerse al cóndor de los Andes.

 Ahora llueve una lluvia fina sobre el cementerio, pero yo sé que el mundo de arriba, el mundo de la tierra y el inframundo me protegen, como el sol y la luna, un cóndor, un puma y una serpiente, desde la vasija sola, abandonada sobre la manta a rayas, en la plaza.

Desde el balcón de enfrente, en el pub, se escucha una canción en francés: “La mala reputación”, y yo aprieto fuerte en mi mano la chacana de piedra verde, como un amuleto.