sábado, 22 de enero de 2022

Futuribles

 

 

 

Será posible cada día

desde el alba a la aurora.

Si se dan las condiciones…

Cuando el corazón contempla

una meseta árida, que se torna verde.

Cuando un cielo hueco se llena de estrellas.

Si se dan las condiciones…

Cuando la música de la vida gira y se posa

por sendas escarpadas y vaporosos sueños.

Si se dan las condiciones…

Retener un instante, una burbuja de jabón,

compartir con amor sincero,

la luz de los que amamos.

Y ¿cómo no amar?

Y ¿cómo no alumbrar?

sábado, 20 de noviembre de 2021

Jirones y rastros

 

 

 

Girar y girar

las mismas vueltas,

las siempre vueltas.

Las huellas del silencio

andan por ahí desgarrando

sonrisas, tristezas, venturas

y quedan rastros

de la insulsa duermevela.

Antes descorría las cortinas del sarcasmo,

sostenía la mirada como amonestando

con la insolencia de una bofetada.

Hoy, las arrugas de la nostalgia

me ven como un pájaro enjaulado

por las rejas del dolor,

así como se oxida al viento

la manzana mordida.

Hay silencios que queman

cuando saco de la hibernación

al maltrecho corazón.

Quiero abrir la celda de la monotonía

y volar, pero sólo camino sin sueños.

Entonces, se dibuja una pieza teatral de enredos,

donde los sibaritas degustan

la ensalada de ira, miedo, culpas y vergüenzas.

Con paciencia y tiempo,

la vida se cuece a fuego lento.

Arranco jirones de esta piel antigua.

Mi gato se agazapa en más silencios.

Sin rencor y con libertad

 

 

El encierro es como una mortaja en una película en blanco y negro. La nostalgia, los desencuentros en una ciénaga, se parecen a las alimañas nocturnas que arrastran a sus víctimas, hasta lóbregas madrigueras.

Atreverse a ingresar en una caverna oscura con una antorcha en la mano el iluminar su interior es descubrir el amor y el odio, las utopías, las locuras, las esperanzas y las desdichas, los destellos y las sombras, la muerte y la vida.  Y osar, al fin, a mirarla sin rencor y con libertad.

Dos estilos. Dos actitudes

 

 

Ante circunstancias similares, como una separación, las mujeres tomamos posturas diferentes, que se ven reflejadas en nuestros actos, a primera vista.

La apuesta es descubrir una y otra, según las siguientes citas:

-Bajo un manto de niebla saborea los cielos.

-Untarse con caricias de vainilla.

-Dar pasos de barro en la oscuridad que gotea entre la nada.

-Se van evaporando los sueños de caramelo y chocolate.

-Erótica fluidez en clave de sol.

-Trueque entre vuelos y ausencias.

-Los verbos son profecías.

-Un Pitágoras sin teorema.

-Cada día canaliza varios sigilos.

-Cuerpos de barro y mieles.

-¿Quién se atreverá a desafiar la sed del desierto y curar mi ceguera de soles?

-Soledad melancólica hasta la médula.

-Celebra el estallido absoluto del alba.

-Suaves rasos ya son olvido.

-Memorias sonámbulas deambulan entre libretos pasados.

-El esqueleto es intemperie en el otoño.

-Escuchar los sonidos del corazón, el palpitar de la sangre, la certeza de las emociones que, al final, son la única verdad.

-Mantras analgésicos. Crujen los fantasmas. Aromáticos insomnios.

-Cronos se deshoja sobre tu pecho quieto.

-Vos, huyendo entre las coincidencias.

-Dejar que la noche negra despliegue toda su bravura, hasta que se desgaste en abrazos.

 

¿Se animan, lectores?

Como un péndulo

 

 

La vida, en su vaivén, nos devuelve casi todo lo que nos arrebata, o nos acondiciona los desbalances que nos atormentan.

Solía acompañarlo en esas excursiones de caza fotográfica, hasta que la intromisión de los ajenos, hizo que nos alejáramos.

Recuerdo algunas de sus obras.

En el ocaso, en primer plano, un cardo oscurecido y detrás, el campo arrasado.

En un cuartucho de baño, detrás de los cristales sucios, amanece. Hay ropas remojándose en la palangana y medias y calzoncillos colgados de un cordel.

Un bandido aplastado junto al vano de una puerta ve alejarse a los policías. En la siguiente secuencia: Salta la balaustrada, frena un poco, y se acomoda detrás de las orejas las crenchas grasientas que caen sobre sus sienes.

El atelier de un artista. Tarros, pinceles, cuadros a medio resolver, una cama deshecha, una mancha de humedad y un cenicero repleto de colillas.

En la gran cama de respaldo de hierro, asoma el enorme cuerpo de la madama. Sobre la almohada, la cara despintada deja ver las bolsas y las arrugas, debajo de un flequillo negro.

En secuencia de imágenes, la silueta de la misma mujer joven en luces, en sombras, de día, de noche, desperezándose, enfadada, reconciliándose, gimiendo, riendo…

Supe al instante una verdad incontrastable. Y comprendí todo.

jueves, 14 de octubre de 2021

En realidad...

 

 

En realidad, empieza con los ojos ensimismados en aparentar un conocimiento inédito y erudito, porque ella es experta en todos los temas con es presunción de grandeza, tanto que no importa el público, sólo escuchar, escucharse esa voz pausada y condescendiente (¿entendés?) Yo trato de extrapolar esos sonidos, como si me pusiera tapones en los oídos, hasta que debo salir de mis pensamientos, cuando con exaltación aguda pregunta ¿Me estás escuchando, Roberto? Es la voz de pito de las maestras. Aunque, ahora que pienso, ella es docente jubilada, un poco histriónica, que debe cautivar la atención de sus alumnos. Es un vicio que todas tienen. ¡Ella sabe de todos los temas!

Arqueo las cejas sin más, y sin poder emitir sonido alguno, porque es una obligación escuchar sus ideas geniales, que harán de mí, una montaña rusa de incertidumbres, en las mentes de la última casta, de los más ignorantes, aún cuando en un asalto de austeridad me mira desde su tarima discursiva, como si fuera una mosca zumbona y molesta, posa su mirada con cierta sensación de pena o de reproche.

-¡Ah! Empieza con “en realidad…”, como para diferenciarse de la “chusma”! que arranca con “la verdad que…”

-Cierto, como si el mensaje testimonial y versátil que va a dar a su platea, fuera una verdad irrefutable. Habla como entre paréntesis, porque necesita mantener la atención y el estupor de la audiencia. Antes de llegar al meollo de la cuestión, inserta sin relación, una anécdota de su viaje por Europa (que nadie le preguntó), o los problemas que tiene su prima que vive en Nueva Zelanda, que no puede recibir a su madre. Ella está inoculada con la vacuna equivocada… “En realidad…” y sigue el soliloquio hasta que decide, abruptamente, que la lleve a la clase de Cerámica que empieza a las 16 p.m.  “La grúa me llevó el auto porque estacioné en lugar prohibido”. Yo me veo a pura tracción a sangre, cargando mi palanquín chino para transportar a la reina.

Mi amigo revuelve el segundo café, reflexionando, o tal vez, haciendo un parangón con su propia mujer. Se interrumpe para escucharme.

-¡Me voy, viejo, no aguanto más esta Monologamia! -él asiente y me augura paz y felicidad.

viernes, 3 de septiembre de 2021

El invento

 

 

Las chicas cuatro E recibimos la invitación. Nos asombró recibir la comunicación de la amiga que hacía tiempo se había alejado. Fue cuando nos contó que había conocido a un hombre excepcional, que la sedujo tanto, como para prescindir de nuestra amistad.

Por las redes sociales se anunciaba la muestra pictórica de una ignota artista; grupos feministas apoyaban. La galería donde se expondrían las obras es reconocida por su alta categoría y distinción. Así que fuimos, más que nada para volver a ver a la amiga que se había esfumado de todos los ambientes a los que solíamos acudir para las habituales confidencias, que fortalecían la amistad.

Escaso público aún. En la sala predominaba el rojo carmesí por los colores elegidos, y por la luz que en algunos casos iluminaba los cuadros allí colgados. En un silencio casi sepulcral, observaban escandalizados por los prejuicios y la vergüenza, algunos.

Pude distinguir a la madre de Milena, siempre exótica en su aspecto, acompañada por su novio nuevo, al parecer. Un hombre que parecía no poder sostenerse, se apoyaba en la pared junto a la puerta de ingreso. Atraían las miradas esos ojos rojos lacrimosos, que por momentos nos alejaron de la interpretación de esas obras.

No veíamos a la artista, Milena Pizzi. El único motivo era por la curiosidad de volverla a ver y conocer la obra de nuestra amiga, estudiante de Bellas Artes, por aquellos tiempos.

Sobre una pared lateral se exponía un video de sexo explícito que atraía las miradas de los libidinosos. Debajo colgaban cinco cuadros. Manos femeninas atadas al respaldo de una cama de hierros torneados. Grotescos juguetitos sexuales en tonos flúor, pero no de madera. Un brazo inyectándose cocaína y varios sobrecitos blancos, una cuchara quemada y un encendedor. Un rostro de mujer que juega al gallito ciego, pero sin barbijo. Una mano masculina aferra fuertemente una correa de cuero negro con un látigo de sadomasoquismo.

Sobre la otra pared, otro video de estilo similar sacudía en estupor a los conservadores y también a las neuronas de las feministas.

Sobre una cama con sábanas negras, se expone lencería erótica de última moda. Unas nalgas enrojecidas, cruzadas de latigazos. Hay publicidad encubierta de un hotel de paso y más novedades de un sex shop. Como una naturaleza muerta, iluminado pobremente, una botella de whisky, una caja de preservativos y unas pastillitas azules. Un bolso de cuero repleto de billetes, junto una caja fuerte ya vacía.

En la pared del frente se ve algo que parece ser una cama cubierta con un paño negro. ¡Y Milena no aparece! Arriba, la imagen de Liza Minelli en “Cabaret” y a su lado una Edith Piaff en los peores momentos de su decadencia.

Los asistentes comentan.

-¡Fiesta, fiesta, fiesta!

-Es una apología, una incitación al consumo de drogas…

-¡Pobres chicas que cayeron en esa vida miserable!

Los rumores se acallan cuando se oscurece la sala y sólo se ilumina el objeto tapado. Por un costado se ilumina a giorno la figura de Milena que se acerca. Descalza, una túnica blanca no logra disimular su piel, tan pálida que parece transparente. Sus cabellos caen lánguidos. Se destaca su boca roja, delineada con premeditación, como para compaginar otro de sus cuadros.

-¿Estará enferma? -se preguntan.

-Agradezco su presencia. Voy a proceder a descubrir la sorpresa que se anunciaba en la invitación. Por favor, no necesito ayuda. -se dirige a los asistentes que la rodean.

El silencio es enigmático cuando retira el paño negro. Efectivamente es una cama cubierta con sábanas blancas, que se introduce en un amplio tubo, como un túnel que se usa para estudios de imagen en Medicina. Ella misma se ata los pies con una correa negra y a continuación se recuesta. Apoya su nuca en la muesca de madera. Extiende un brazo y comienza a hacer girar una manivela que va acercando el dispositivo que pende sobre su cabeza, redondeado y coincidente con la forma de su cráneo. Ambos se acercan cada vez más.

Hay gritos de horror cuando la sangre destila por los costados. Milena sólo aprieta los dientes y tiembla. Todo su cuerpo tirita. Ahora, un pasmoso silencio hace interpretar al invento. Pasan imágenes rojas, castigos, como si luces estroboscópicas destellaran en su mente. Quiere apagarlas. Ambos globos oculares, caen.

Quiere no oír más insultos y gritos de terror. Ambas orejas se desprenden como las hojas de otoño. Cuando pretende gritar ella misma, su lengua es atrapada por la guillotina. Milena deja de accionar el mecanismo. Ya no tiembla. Su mano cae inerte. No podrá alcanzar los despojos de su cabeza.

 

Encontramos la tumba por el montículo de terrones negros, recién acondicionados. Ni una ofrenda, aunque vimos un trozo burdo de madera tallada: “Perdoname, amor”. Una botella a medio beber estaba tirada al lado. Nosotras pensamos que era el cafiolo que vimos en la muestra. Un desconocido.

Dejamos sobre la tierra, un ramo de flores con una tarjeta: “¿Por qué no nos buscaste, Milena?”

          Elena, Erika, Elsa, Emma.